lunes, 16 de enero de 2017

Gracias, amores



Hace casi cinco años que abrí este blog casi por casualidad, básicamente con la idea de contar mis pinitos como madre agotada de una pelirroja loca y ahorrarme en psicólogos los que me iba a tener que gastar en antiojeras. Sinceramente, no tenía más expectativas que escribir y que enganchar con suerte a cuatro o cinco amigos benévolos y temerosos de dios, que me leyeran y compartieran sus experiencias con el negocio de la crianza y, el anexo de estrés añadido que trae, y pudiéramos echar unas risas 2.0. 

Pero el blog creció y cada día tuvo más y más seguidores y casi sin darnos cuenta llegamos hasta los más de 5.000 lectores diarios que abrían estas páginas desde los rincones más recónditos del mundo. Una pasada. Una verdadera pasada. 

Así, primero cada día y luego cada semana, compartí parte de mi vida con vosotros y fuisteis testigos de cómo mi vida, y también la vuestra iba cambiando: la pelirroja crecía, cambié de curro, me apunté y me desapunté al gimnasio como cinco veces, hice siete dietas infructíferas, cambié los muebles del salón y aumentamos la familia con un hermanísimo que al igual que su hermana, se debate entre ser una monería y un demonio del inframundo. 

Pasamos agotadoras semanas santas, las no siempre divinas vacaciones, las estresantes vueltas al cole, el temido paso de la guardería a infantil, la operación pañal fuera, el embarazo y sus achaques, las bonitas navidades, los nervios de los Reyes, el primer Ratoncito Pérez y prácticamente todo lo concerniente a la maternidad desde la distancia y compartiendo anécdotas hasta para criticar a las suegras y reírnos un rato.

Desde 2012 que se abrió, este blog me ha dado muchas alegrías y no sólo por su éxito o porque me diera la oportunidad de escribir un libro, sino por conoceros a todas, por vuestros comentarios llenos de humor y de cariño, las que me decís que esperáis los lunes con ganas por leer estas líneas, las que contáis vuestras anécdotas, las que compartís vuestro tiempo leyendo, las que me escribís emails contándome vuestras cosas y las que os molestáis en comentar en el blog, en Facebook y en dar likes en instagram a pesar de mi mala cara y de que ya apenas tenga tiempo de contestaros. A todas gracias. Muchas gracias. A lot of gracias.

Sin embargo, como imagino que comprenderéis como madres agotadas que sois, no me da la vida. Lo intento, pero no me da. Y con esto de la bimaternidad, el curro, las clases de inglés, las extraescolares, el logopeda, la casa, los deberes y el bilingüismo escolar, no es que no tenga tiempo ni para depilarme las cejas  -si me vierais ahora mismo entenderíais que no es una manera de hablar- es que no tengo tiempo de vivir. Y no se puede vivir con tanto estrés. Así que no me queda otra que ganar de tiempo de donde pueda y por tanto, de hacer un parón en el blog de por lo menos seis mesecitos o un año o lo que haga falta para poder llevar a buen puerto a esta familia de locos que al contrario de lo que parece, a medida de cumplen años cada vez necesitan más.

No es un adiós, amores míos. En absoluto. Pienso volver en cuanto la vida me dé una tregua o me toque el Euromillón y pueda dedicarme a escribir y a comer Nutella y entonces, ojalá pueda encontraros otra vez al otro lado de este ordenador. Os echaré mucho de menos, aunque espero seguir viéndoos por las redes sociales o por los bares. ‘Sus quiero mussho’, que sepáis que me habéis hecho muy feliz estos años y que os llevo en este corazón de madre estresada que hoy se ha roto un poquito.

¡Sed felices!

lunes, 9 de enero de 2017

La Navidad, los Reyes y el gato maldito



Si la vida de madre es dura siempre, no te digo nada cuando llegan las navidades. Y si encima tienes una familia grande, ruidosa y festiva como sacada de una película italiana pero en peor, la cosa se complica y con suerte, llegas a Año Nuevo viva y con los pantalones abrochados.

Yo que además soy mucho de huir hacia adelante y tirarme a la calle en días laborables y en fechas de guardar, tengo la amenaza de ictus severo más marcada que nunca, sobre todo, después de las compras de Reyes, donde además del presupuesto del próximo año, me he dejado la poca tersura epidérmica que me quedaba.

A ver, que nadie se confunda, que a mí me gusta comprar más que a Paris Hilton, pero claro hacerlo a contrarreloj con los pelirrojos a cuestas, con los ojos desencajados y al acecho, mientras yo trataba de distraerlos con cutre argucias y comprar algo a escondidas para que no se coscaran, me ha hecho envejecer el corazón como siete años.

Por suerte, pude endosar una tarde a la prole para dedicarme en cuerpo y alma al mundo del consumismo y liquidar, por lo menos, la carta de los pequeños antes de que la muerte súbita me diera caza. Así que me lancé a El Corte Inglés para comprarlo todo rápidamente y sin salir del edificio. Y medio drogada por la calefacción mortal y el bullicio, me dejé atrapar por la mirada amable de un gato que ronroneaba en la estantería y con los ojos gigantes me pedía asilo político. Así que me lo llevé porque mi amiga que trabaja allí me dijo que era la sensación del momento y yo que soy mucho de sensaciones y de momentos y que ya estaba hasta el moño de buscar cabezones para maquillar y Blaze parlanchines y Playmobil, que ya tenía en mi poder destrozándome la falange proximal a base de bolsones oscilantes, lo hice mío como nueva arma para dejarme las corvas en sus esquinas.

Lo que no sabía yo es que el felino era un mundo de onomatopeyas en sí mismo y desde el mismo momento en que lo pagué, no dejó de gritar y maullar y ronronear y hacer toda clase de ruidos a voz en grito desde el fondo de la bolsa, para terror de los transeúntes que me miraban como si fuera yo la que hacía los ruidos o como si llevara una alimaña salvaje y hambrienta en el bolso. Tanto así que mientras esperaba pasar por un paso de cebra, el señor que iba delante se giró hacia mí y tras ponerme cara de ‘eres una maleducada’ se apartó para dejarme paso, como si los ronroneos del gato los hubiera yo de manera gutural como MariCarmen y sus muñecos, como tengo yo las cuerdas vocales.

Pero lo peor no fue el trayecto, sino llegar a casa, donde ya estaban los pequeños esperándome, así que para que no se percataran de las compras las dejé en un cuartillo que tenemos en el portal y subí como si nada hubiera pasado. 

El problema es que el gato permaneció allí unos días y cada vez que le venía en gana, que era como cada tres segundos, se ponía a ronronear como un loco y hacer ruidos imposibles y me tenía a los vecinos acojonados escuchando desde la escalera y creyendo que aquello era una rata o un mamut que se nos había colado por un portal temporal. Así que tuve que explicarles a los del primero que era un gato, que había tenido que esconder porque hacía mucho ruido y tras una cara de espanto y una posterior explicación de que no era un gato de verdad sino un monstruo chillón de peluche, la cosa acabó bien.

La gente normal se preguntará que por qué no lo apagaba, pues básicamente porque no podía. El gato venía en modo demo para que las madres panolis como yo cayeran rendidas a sus encantos, y el botón para apagarlo lo traía en sus partes nobles, a las que no había manera de acceder a no ser que tuvieras un par de horas libres para quitarle todos los anclajes nivel bomba nuclear que traen estos juguetes y, como yo y los pelirrojos hemos sido siameses estas navidades, pues no había manera.
Pero lo peor fue la víspera de Reyes, que lo subí a casa mientras la niña se dejaba los ojos en el ordenador y lo colé junto a las otras bolsas en el armario, sin sospechar que la mierda del gato se pondría aún más violento y acrecentaría su ronroneo infernal e incluso inventaría un nuevo giro de cabeza con una cara de mala uva nivel Expediente Warren.

Y ahora cada vez que el gato ronroneaba, yo me hacía la tísica y tosía fuerte o chillaba, daba igual que estuviéramos en plan mantita y película o me levantaba de un salto y cantaba ‘Puro Chantaje’ a voz en grito para terror de los pelirrojos que me miraban desde el sofá con cara de alucine.
Y para el colmo, ante el ruido del gato, el Blaze parlanchín se activaba y decía no sé qué de los propulsores. ‘He ezcusshado argo, mamá’, decía el pelirrojo y se ponía la mano en la oreja mientras yo saltaba del sofá y cantaba por Shakira o tosía como si acabara de pillar la tuberculosis.

Y así estuvimos hasta que pude lanzar a la pelirroja con mi hermana y atrincherarme en el cuarto a quitar alambres y por fin apagar al felino sin piedad y recuperar mi vida y mi dignidad.

Lo peor es que a la niña la mierda del gato ni fu ni fa, con lo que me costó a mí el asunto, y ahora el tiparraco no sólo ha bajado la intensidad de sus ronroneos sino que ha elegido como favorita su cara de voy a arrancarte el pescuezo, que nos pone cada vez que nos acercamos.
‘Yo creo que no es muy amable’ dice la pelirroja y yo creo que lo que le pasa es que está resentido por los días que ha pasado en el zulo acallado por mis estrategias de madre navideña aterrada. Así que no me extrañaría que una mañana de estas me lo encontrara en mi mesita de noche clamando vendetta.

Por suerte, los demás Reyes fueron un éxito y los míos también y aunque ahora tengamos miniespadas y miniarcos por toda la casa y el benjamín ya se haya comido un par de bolas de Tragabolas y yo haya tenido que jugar a dos partidas diarias de Patito Cuá Cuá y el Party Disney de las narices, acordadas por decreto ley, lo mejor es que ha pasado todo, por fin termina la navidad y empieza la tranquila rutina y ahora sólo me queda el colegio, las extraescolares, las nuevas clases de inglés, la vuelta al curro, la dieta extrema, el gimnasio, los deberes, el ortodoncista…
Vamos, que no hay salida.

PD. En Instagram (florenjuto2) tengo la foto del gato, por si alguien lo reconoce, jajajja

lunes, 26 de diciembre de 2016

¡FELIZ NAVIDAD!

Sí, soy lo peor, pero es que con esta bimaternidad tan mala, el curro que no cesa,las fiestas infantiles,  las compras, las luces, los chocolate con churros, la familia, los amigos, Papa Noel, los Reyes, la Nochebuena y el bullicio eterno, no tengo tiempo ni para morir en una esquina, así que como veréis he estado un poquillo flojilla por aquí, mea culpa, pero es que no me da la vida... pero prometo ponerme las pilas a la vuelta de las vacaciones, que ya sabéis lo que os amooo...

Entretanto, os dedico nuevamente este post de Navidad del año pasado que lo resume todo. ¡FELIZ NAVIDAD, AMORES!!


Puede que tu niña sea la más despeinada de la clase, que tengas la casa hecha un desastre y haga demasiados días que te acuestes en una cama sin hacer. Que los bizcochos nunca te suban. Puede que en tu trabajo no seas la primera y haya mañanas que quisieras reventar la oficina con un bazoka.

Puede que te pases cinco días a dieta extrema y que al sexto te comas dos cajas de galletas oreo. Puede que a veces seas un desastre y creas que nada te sale a derechas y a veces sea verdad. 
Puede que a veces seas bipolar y te plantees hacer justo de lo que ayer renegabas y que mañana reniegues otra vez. Puede que tengas el pelo de loca y no tengas tiempo de hacerte la plancha y que cuando lo tengas, no tengas ganas y que cuando las tengas, se te acabe erizando al minuto y que nunca tengas la melena que se supone que debías tener. Ni la melena, ni el cuerpo, ni la postura ni la tersura epidérmica.

Puede que la cagues y metas la pata. Puede que a veces te enfades más de la cuenta, que la vida se te ponga cuesta arriba y maldigas hasta al último elfo del Polo Norte. Puede que tus niños no saquen sobresalientes aunque te pases todo el día repasando las tablas con ellos y que sean los más cafres del parque.

Puede que no llegues a fin de mes por mucho que ahorres y que se te acumulen las facturas impagadas y las tareas pendientes. Que prometas a tus amigas cuidarte más y ni siquiera te eches el sérum que te regalaron porque por la noche ya no te quedan fuerzas en los brazos y hayas perdido la cuenta de las siestas por echar.

Puede que no seas cool, que a ti el rollo casual te haga parecer una mendiga, que no te sienten bien los labios fucsia, que no te guste el gin tonic. Puede que nunca cumplas las listas aunque quieras hacerlo, que no tengas tiempo de casi nada y que se te olvide comprar el pan, el traje de pastora o la vela que hay que llevar mañana al colegio para la procesión de la Virgen niña y tengas que inventarte otra excusa para que la señorita no te mire mal.

Puede que creas que no llegas nunca a ningún sitio y que te castigues por no ser omnipresente pero ¿sabes que te digo? Que dejes de castigarte porque lo estás haciendo muy bien. Que tienes hijos y eres capaz de levantarte siete veces por noche y acurrucarte con ellos bajo las sábanas y quitarles los miedos de un plumazo, que no tienes fuerzas para sérums pero nunca te han faltado para mecer a tus bebés y consolarlos de sus cólicos y sus males o vitorearlo en un partido de fútbol hasta quedarte afónica, que vas cada día a trabajar y rindes como la primera aunque no hayas pegado ojo, que no dejas de intentarlo, que sonríes a los vecinos en el portal y lloras con un anuncio bonito, que siempre estás ahí para consolar a un amigo, que igual no pagas todas las facturas a tiempo, pero nunca te falta para comprarle un helado al peque, que lloras y empiezas de nuevo, que te cansas pero nunca te rindes, que bailas en el salón y te saltas la dieta cuando lo merece aunque nunca te acabe cerrando el pantalón, que te armas de paciencia para explicarle a la nena las decenas y celebras su aprobado como si fuera un Nobel, que a veces no llegas porque te detienes a oler las flores del camino y no lo sabes, pero eso es lo que te hace especial. No lo olvides nunca y quiérete mucho porque yo ya te quiero. Y lo más importante, me gustas un huevo.
Feliz Navidad 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Recordando cartas de Reyes

Pensaba escribir el post de hoy sobre la carta de los Reyes Magos que hemos escrito este fin de semana aprovechando la tromba de agua malagueña que nos tiene confinados en casa viendo Toy Story en bucle, dejándome hacer trenzas, que más que trenzas son coletones de rasta con nudos como puños y estudiando inglés a destajo para desgaste de mis tres neuronas. Y en eso estaba cuando me he encontrado este post de 2013 con la carta que la pelirroja le hacía a los Reyes y me he reído tanto recordándola que no me queda otra que compartirla again. Era tan chica... El lunes os pongo la de este año en la que incluye, entre otras cosas, un bebé de verdad, un sujetador rojo y unos tacones de punta. Menos mal que los Reyes no existen o ya me veía haciendo de abuela a mis 38 y mientras, mi hija díscola con aires de mujerzuela de extrarradio pasándose las noches de alterne. Un sin diós.

Remember 2013:
No sé cuántas cartas a los Reyes hemos escrito ya, ella me dicta y yo lo copio y luego le hace dibujos, pega caras de las Monster High y le echa pegotes de purpurina sobre las letras y la empapa hasta que está ilegible y pegajosa. Como si fuera nuestra nueva tradición navideña. Ésta la hicimos ayer y no puedo resistirme a colgarla. Está transcrita de manera literal aunque omitiré las z para que podáis entenderla… aunque ya aviso que está complicado.
 
Hola, Reyes Magos, por favor, me traes todos los regalos que te digo
 
Un micrófono grande pero con un cacharro dentro que hable muy ‘juelte’ como el que tenía Carmen pero un poco diferente y con brillantes. // Lo del cacharro dentro me entusiasma pero lo de ‘que sea igual pero un poco diferente’ me deja muerta.

Un micrófono de mentira ‘para pequeñinez’ para morder para el hermano pero que sea de mentira o que hable un poco ‘juelte’ pero no muy ‘juelte’ para que no despierte a los vecinos. // La idea era que no sonara pero se ve que luego le dio pena del hermanísimo y accedió a que también tuviera un cacharro dentro pero éste que no hable ’juelte’ porque una cosa es que los vecinos la escuchen a ella y a su voz angelical y otra al hermano que ni entona ni ná.
 
Un cesta de juguete con comida de mentira pero que parezca de verdad para hacer picnic y que traiga ‘chalchichas, tarta de freza y musha zanahoria’, que no se pueda comer pero que si se come un poco no te mueras por si el hermano la chupa. // Sin duda, una ‘chalchicha’ de mentira que matara al hermano sería peor idea.

Unos platos, que sean de verdad pero que no se rompan sólo si se caen al suelo mucho rato y los pisas. // No tengo muy claro por qué una vez rotos hay que pisarlos. A no ser que seas fakir, claro.

Unos tenis para pintar. // No me queda claro si quiere pintar los tenis o si lo que quiere son unos tenis para pintar con las acuarelas a modo de uniforme mitad artístico mitad deportivo. Investigaré.

Un libro de flor para plantar flores y lechugas y uno de princesas que sea corto pero un poco largo para que dure muchísimo tiempo y no me duerma nunca. // Me niego a plantar nada en cuya tierra puedan nacer lombrices y menos lechugas y me niego de la misma manera a comprar cuentos largos para pasarme dos horas cada noche relatando a la luz del móvil con la espalda como el Pozi.

Una silla para entrenar para papi. // Aunque en un primer momento parezca un acto de bondad, en realidad es un golpe bajo porque deja claro la necesidad del pater de hacer deporte, pero es benévola y le deja hacerlo en una silla. Algo es algo.

Un bolso precioso de colores y purpurina para mamá y grande para meter mi maletín de doctora. // Ya sabía yo que había trampa y que el bolso de colorines y purpurina que ya era horrible de por sí, venía con intenciones ocultas… pero al menos no implica sudar como la ‘silla de entrenamiento’ del pater.

Una muñeca de cabeza de las que no tienen manos ni pies ‘ni cuelpo’ sólo ojos y boca y pelo y que sirven para pintarlas. // Después de quedarme horrorizada durante unos minutos ante la idea de una muñeca desmembrada que sólo tiene ojos y boca y pelos, entendí a lo que se refería y no veo la hora de que alguien que no seamos mi melena y yo suframos con su terrible vocación peluquera. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Pasados por agua


La lluvia, como el ventolín o las manualidades, es uno de los peores enemigos de las madres, imagino que no para las irlandesas acostumbradas a estos asuntos, pero para mí que no tengo capacidad para sostener un paraguas sin mojarme la espalda a goterones y taladrarle los ojos a los transeúntes, y que voy con dos pelirrojos dementes, lampones por saltar en charcos y pillar una pulmonía, el tema se complica mucho. Pero mucho.

Luego está el asunto éste de haber perdido la cabeza, de no medir las consecuencias ni los metros y huir hacia delante siempre. Ante la duda, correr, aunque lo que haya enfrente sea un dragón de dos cabezas.

Así el otro día, que el cielo estaba gris tirando a negro tizón me lancé a recoger a los pelirrojos del comedor sin un paraguas que echarme a la boca ni un impermeable ni un na. A lo loco, que total eran quince minutos y no creía yo, oh ingenua de mí, que fuera a llover. Así que trinqué el carro del hermanísimo y enfilé el camino al colegio, como siempre sin aliento que una tiene ya una edad para el ejercicio físico y el estrés de llegar siempre tarde y poco después de torcer la esquina, empezó a llover.

Una persona normal se hubiera dado la vuelta, pero yo y mis neuronas fritas por la maternidad seguimos hasta el colegio para llegar a la puerta hecha una sopa. Llegados a este punto, la persona normal se hubiera quedado en el colegio a esperar, hubiera llamado un taxi o se hubiera sincronizado los chakras a cobijo, pero yo ante la duda, cogí a los pelirrojos y me tiré a las calles donde llovía tanto que ni se veía.

Yo no sé por qué hago estas cosas, es como cuando me mato a verduras crudas y por la noche me zampo un donuts. Imagino que todo empezó con la primera contracción y el apagón neuronal, la cuestión es que me pareció una buena idea lanzarme a la aventura con los dos pelirrojos llenos de tomate, con un solo miniparaguas de las Tortugas Ninja que le habíamos mangado a una madre del cole y con el carro empapado nivel fiesta de la espuma.

Y nos lanzamos calle abajo, tragando agua como en natación, el niño llorando amargamente porque quería bajarse del carro y navegar en los charcos y entre quejidos de dolorosa, tragaba dos bocanadas de agua de lluvia y se lamía los goterones que le caían del flequillo porque meterse bajo la capota era para él lo más parecido a la muerte.

La pelirroja que era la única que llevaba paraguas iba la más mojada de todos. Con su desparpajo habitual se iba metiendo en todos los charcos, si tenían barro mejor, y derrapando en cada esquina, con los leotardos llenos de bolsas de agua y clavándome el paraguas en el costado.

Yo, por mi parte, que en estos casos tiro de malhumor nivel violencia callejera iba maldiciendo mi suerte calle abajo, con la capucha de la parca puesta como un rapero del Bronx y con el vestido de felpa tan empapado que me pesaba como una cota de malla de las Cruzadas y me tiraba para atrás de los dos litros de agua que me habían caído en la espalda e iba como haciendo el pino puente, con el rimel corrido nivel me ha dejado el novio tres veces seguidas y abroncando al pelirrojo que sin capacidad de abrir los ojos de lo que le estaba cayendo a la criatura, trataba de ponerse de pie no sé si para invocar a la madre naturaleza o para tirarse de cabeza y terminar con el sufrimiento.

Al final llegamos a casa. Aún no sé ni cómo. Y me prometí que a la primera gota, me quedaría encerrada en casa como Rapunzel. Hasta la primavera.

Y aquí estamos. Llevo encerrada desde el viernes que empezó el diluvio universal y hoy es domingo. Eso son 72 horas. 72. 72. 72 horas. Hemos hecho trabajos manuales, me he dejado maquillar y hacer trenzas, he visto siete veces Toy Story, he cantado Yo soy Luna, he hecho pistas de carreras y castillos de trolls, hemos hecho un bizcocho manoseado, hemos puesto el árbol, hemos estudiado los dolores en inglés, me he comido una pizza de plastilina y soy oficialmente uno de los Vengadores.Con capa y todo.

No sabéis cómo echo de menos tragar agua.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Los cazadores de libros y el mal perder


Yo soy mucho de venirme arriba, imagino para mantener viva la esperanza en un mundo mejor y en un día que no acabe conmigo arrastrándome por el pasillo y debatiéndome a las once de la noche entre el ataque de nervios y el coma, vamos lo habitual.

Así que el sábado por la mañana, que el pater trabajaba y yo estaba sola al frente del abismo pelirrojil, decidí, por aquello de que había tenido una semana horrible, buscar un colofón final digno de aplauso y lanzarme a la calle en plan madre kamikaze a participar en el buscador de libros, una iniciativa para niños y jovenzuelos que consistía en encontrar libros que habían sido previamente escondidos por las calles, con un mapa interactivo donde estaban señaladas las diferentes ubicaciones para ansiedad paternal.

La idea, así a priori, de lanzarme a ese infierno sola con la prole era para echarse a temblar pero así soy yo, una rebelde, y me tiré a las calles un cuarto de hora antes para estar preparados y lanzarnos a la búsqueda con éxito.

Cogí el carro del hermanísimo por aquello de ir más deprisa, que la pelirroja que tenía la competitividad por las nubes decía que el benjamín era un ‘paquete’ que nos iba a retrasar, como si ella fuera Usain Bolt, así que lo metimos en el carro lisiado que va por libre y tuerce las ruedas cuando cree oportuno y nos lanzamos a la aventura a trompicones.

He de confesar que yo soy esa mujer de los chistes machistas que no tiene huevos de interpretar un mapa y entre eso y que tengo móvil nuevo –oh, Blackberry cuánto te echo de menos- aquello era un despropósito de mapas y referencias que cambiaban de sitio cuando ampliaba  la pantalla y calles que se ponían del derecho y del revés y todo muy horrible como si estuviera en el Laberinto de David Bowie. Así que mientras yo me peleaba con la pantalla, la pelirroja empujaba el carro corriendo como si se nos quemara el puchero, derrapando por las calles y atropellando ancianos ociosos y a otros niños malvados que también buscaban lo mismo. Luego, una vez decidido el trayecto, cambiábamos las tornas y la primogénita corría dejándose las rodillas por las esquinas y yo empujaba el carro poseído mientras unos globos contra la diabetes que unos voluntarios nos habían endiñado a traición y anudado al manillar, me iban dando golpes en la cara ininterrumpidamente como en un episodio de Humor Amarillo.

El hermanísimo que había oído algo de encontrar un tesoro también estaba poseído por un instinto demencial y sabedor de que su hermana le había dicho que era un paquete, se resignó a quedarse en el carro, eso sí, de pie, dando instrucciones de ‘máz depriza, mázzzz’ y dificultándome la visión que ya era de por sí limitada con los dos globos que me tenían sin aire lamiendo plástico desde las doce.
Sobra decir que no encontramos ningún libro. De hecho creo que sólo llegamos correctamente a una de las ubicaciones para ver a una niña de trenzas perfectas ser fotografiada con el premio por sus padres lamiosos y nosotros, tres malos perdedores envidiosos, más enfurecidos a cada rato.
Hora y media después, decidimos abandonar el asunto, cabizbajos y deprimidos y para paliar la tristeza nos fuimos al McDonalds a matarnos a carbohidratos  como si acabáramos de llegar de la guerra, sudando como pollos a pesar del frío y con cara de dibujos de Tim Burton, tanta pena debíamos de dar que hasta nos regalaron un helado a cada uno.

‘Eso va a ser que nos han visto lo bien que lo hemos hecho, mamá’ –me dijo la pelirroja entusiasmada.

Y fue ver la cara del camarero que nos miraba con infinita compasión, como si acabáramos de cruzar el mar en una patera, que tuve claro que sí que nos había visto.

Porca miseria.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Yo quiero ser una instablogger


Nunca he sido Olivia Palermo, para qué nos vamos a engañar, pero hace mucho mucho tiempo en un país muy lejano, o sea antes de la maternidad, yo era una chica que siempre iba arregladita y todo lo sofisticada que se podía, devoraba las revistas de moda y cazaba todas las tendencias antes de que estuvieran en las tiendas. Así era yo, una visionaria. Y mira tú, me gustaba.

Como ya no tengo tiempo ni de echarme crema en las piernas resecas como mojamas y las revistas se me caducan y antes de que pueda siquiera ojearlas, me las pintorrean con ceras de las gordas de ésas que son capaces de cubrir una existencia entera, como ahora si no fuera por Clara Delavigne me llamarían la yeticejuda y como apenas tengo tiempo para repintarme las uñas encima de los desconchones a lo travesti trasnochado o anciana con cataratas, mi única relación con el mundo de la moda y el glamour es Instagram y algunos blogs molones que me da tiempo a mirar en el móvil y a empujones mientras recojo a los niños del cole o hago cola en el cajero.

Y allí me embeleso con bloggers monísimas de cuerpos perfectos y modelitos ideales, que toman zumos détox que seguramente saben a mierda pero que tienen los colores del arcoiris y los toman en sus casas blancas e impolutas llenas de cactus minimalistas y rollo zen y que encima tienen unos pelucones que ríete tú de la Patiño mientras yo cepillo mis tres mechones de paja seca y me enyonkizo con un redbull light para que me dé la vida al menos hasta la hora de la caligrafía.

A veces trato de copiar alguno de sus estilismos pero al final la camisa siempre está lavándose o los pantalones sin planchar y dada mi falta de voluntad para planchar a las siete de la mañana –de ahí los looks centrifugados de los pelirrojos- me tengo que poner el pantalón con otra camiseta y al final acabo pareciendo una teenager majara. Otras veces me vengo arriba y me hago la plancha sin que sea un día especial ni nada, ahí a lo loco, y a las tres corridas calle Larios arriba y abajo, ya tengo el cogote mojado cual premenopáusica y se me empiezan a erizar los pelos en plan Lucía Etxebarría con resaca. Vamos, que no hay manera.

- Pero eso es porque no tienen hijos – me dijo una amiga-. Ya te digo yo que ésa con dos enanos a su alrededor ni détox ni détax… Y esos peinados y esa manicura, que no, que ya te digo yo que cuando sea madre se ve peor que nosotras.

Y yo me vine arriba cual callo envidiosa porque es verdad cuando una es madre se da cuenta del tiempo que tienen las nomadres incluso las que se quejan de que no lo tienen, que cuando una sale con la prole a la calle no puede ni hacerse un selfie en condiciones, como yo que salgo bizca porque con un ojo miro a la cámara y con el otro vigilo que el pelirrojo no se me despeñe escaleras abajo. Y, claro, así no hay manera de hacerse la interesante.

Y así sobrevivía feliz tachando a toda guapa del instagram de nomadre y augurándole un futuro de pelo crespo y ojeras infinitas y cafeína, mucha cafeína cuando decidiera darle a la procreación.

Pero cuando compartía estas declaraciones de madre calluna y envidiosa con otra amiga que también había perdido el brillo de los ojos y la lozanía del trasero con la maternidad para que se viniera arriba, me soltó a bocajarro ‘Pero tú ¿cuánto tiempo llevas siguiéndolas? Si el pasado día de la madre todas pusieron fotos con sus retoños y prácticamente casi todas tienen. Precisamente, ésa que tanto te gusta tiene tres y uno de menos de un año’.

Y así fue como entré en depresión.


lunes, 31 de octubre de 2016

Qué sabe nadie o cómo mi endocrino quiere que salga a correr a las once de la noche


Dice mi endocrino que no pierdo porque no me muevo. Será sinvergüenza el tiparraco. Que no voy al gimnasio es verdad, aunque lo pago religiosamente desde enero  y correr lo que es correr, así con tus zapatillas y tus mallas haciéndote la moderna, tampoco, pero parar y sentar mis posaderas en el sofá menos, que en esta casa eso es como aspirar a que te toque el euromillón. 

Así que le miré con la mirada del tigre y le conté como es un día cualquiera en esta vida infernal de idas y venidas que llevo, para que viera cómo me las gasto y si eso puede o no convalidar una elíptica
A ver, yo me levanto a las siete, si antes no hemos tenido movida familiar de miedos, pipís, aguas o corridas al salón para ver La Patrulla Canina a las cuatro de la madrugada y a las ocho ya estoy sentada en el curro, con los ojitos pochos pegados a la pantalla hasta las tres de la tarde sin pestañear y aunque son siete horitas sentada con lo que eso acumula de calorías haciéndose un hueco en las caderas, es un sinvivir de prisas, trabajos urgentes y ansiedades varias, vamos que un día me meto en el ordenador y me quedo allí como los malos de Superman.

Cuando salgo, más mareada que Baby la de Dirty Dancing después del primer baile y con una manzana en el cuerpesito y tres litros de cocacolazero, paro en casa treinta segundos, cojo el carrito de peque y me encamino a recoger a los pelirrojos al comedor, amenazando a los transeúntes que se van cruzando por mi camino para que no me retrasen, que siempre voy justita ,y quince o veinte minutos más tarde, ya tengo a los pelirrojos llenos de tomate y otros restos de comida, en mi poder.

Peleo con el pelirrojo para que se siente en el carro – o es eso o llego a casa para Navidad- y adoptando mi habitual postura de jorobada empujo el carro como si se me fuera la vida en ello para que no vea el parque de columpios y no entre e violencia callejera, mientras la pelirroja me cuenta las últimas intrigas palaciegas del patio y yo corro y corro, no vaya a ser que el hermanísimo se nos cabree y se lance del carro en plan suicida y ya no haya manera de volverlo a meter.

Luego llegamos a casa y malcomo mientras amenazo a los niños para que se quiten la ropa o dejen los zapatos en su sitio o en cualquier sitio que no sea el sofá . Aunque para poco rato porque cuando no tenemos catequesis, salidas con la familia, extraescolares o recados varios, la nena tiene deberes o examen o tengo que recortar dos millones de letras feísimas con cara y patas que nos ha endiñado la seño del hermanísimo, no vaya a ser que no nos involucremos en su educación, con lo feo que está eso.

Pero lo peor es cuando hay clases por  la tarde, que este colegio nuestro es muy moderno y claro, a esas horas no hay quién diga que no a un rato de parque . Antes yo iba con la primogénita que se lanzaba columpio abajo y arriba y yo me ponía al día con las otras madres, pero ahora, viene el loco de la colina, que sólo se divierte si se tira de cabeza por el tobogán grande, se cuelga del palo de bomberos o coquetea con el suicidio al borde del castillo para adelantar mi infarto de miocardio. Así que me paso el día persiguiéndolo, mientras la pelirroja quiere que la mire hacer sus malabarismos de agilidad reducida y las madres me hablan del último examen de Natural, como si yo tuviera cuerpo para algo más que no fuera la inyección letal.

Con suerte, después de una hora, puedo volver a casa tirando del brazo del hermanísimo que sólo quiere lamer persianas oxidadas y aguantando a la pelirroja cantándome los últimos hits de la catequesis, todo ello sudando como un pollo, aunque haga tres grados, porque a mí el estrés me hace sudar como una premenopáusica tropical.

Pero otras veces no puedo volver a casa porque mi madre cree de vital importancia que vayamos a comprar sábanas o leotardos de los que no hacen bolas, como si a mí las bolas me importaran un pimiento. Y así después de varios cara a cara con la muerte en las escaleras mecánicas de El Corte Inglés y de corridas por los pasillos, volvemos a casa, no antes de las nueve, con el tiempo justo de baños variados, repelentes piojiles, lecturas, cenas y negociaciones de ocio multimedia hasta que por fin conseguimos meterlos en la cama y que pierdan la conciencia.

Y entonces me dice el pater que veamos una serie o un algo mientras el plancha y yo preparo los uniformes y los desayunos y yo finjo que sí, que voy a verla y hasta me voy a enterar pero antes de que termine la cortinilla ya estoy en coma, pero me tengo que levantar a echarme la crema, el contorno,-del sérum ni hablamos-, el líquido reactivador capilar, lavarme los dientes y arrastrarme al camastro a ver si mañana no me levanto con esta cara de coplero antiguo que se me está poniendo.

¿Y a esa hora no puede usted salir a correr un poco? – me suelta el psicópata de mi endocrino. Pero debe de ser tal la cara de asesina en serie que le pongo, que antes de que diga nada recula, mira mi ficha y me dice, ‘Bueno, mejor de momento sólo vamos a concentrarnos en reducir los carbohidratos’.

Pues eso.