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viernes, 30 de noviembre de 2012

Historias de mi embarazo. 6.- Cambios físicos.


Hay gente que dice –de verdad que lo he escuchado- que la mujer cuando se embaraza está más guapa que nunca, que se ilumina la cara, se le suavizan las facciones y se le nota toda la felicidad en la mirada.

Pues a ver, conmigo eso no funcionó. Se ve que como yo tenía muchas náuseas y muchos ardores y estaba desprendida y acojonada -por culpa de todos esos foros comecerebros en los que me apunté en plan madre psicópata-, lo que mi cara reflejaba no era felicidad propiamente dicha, era más bien un ‘¿alguien puede, por favor, inducirme el coma y no despertarme hasta que haya cumplido la semana 40?’ y claro, eso belleza lo que se dice belleza, no daba mucha.

Digamos que yo me convertí más bien en una versión chunga de Falete, pero con menos rimel –y sin kimono, Dios me libre- y más espinillas porque para mí los embarazos son una vuelta a la adolescencia y al Clearasil la mar de mala, que se ve que mientras las hormonas les dan a otras luminosidad, a mí me dan acné juvenil y un curiosón tono verdoso poco favorecedor. Injusta que es la vida.

Y es que aunque la barriga me creciera hasta términos insospechados –que la gente me preguntaba si llevaba gemelos o una cría de mamut- la cara, además de ponérseme verde aceituna, me iba adelgazando y alargándose para luego hincharse por lugares rarunos hasta convertirme en un indio viejo feísimo, en el de Poltergeits para ser exactos.

Imagino que el tener una cara de ‘oledora de mierda’ perenne no ayudaba mucho a mi belleza exterior, pero es que pasarse la vida con el vómito detrás de la oreja, olfateando alrededor en busca de la causa de tanto malestar gástrico y tantas ganas de morirse no era un estado muy agradable que digamos.

Pero para ser justos diré que es cierto que durante el embarazo tuve pelazo, bueno a ver, pelazo para mí, acostumbrada como estoy a mi pelo de rata y me crecía como a la Rosaura que tenía mi amiga Eu que con apretarle un poco los tornillos que tenía en las axilas se le alargaba hasta diez centímetros. Eso sí, el pelazo era un poco indómito y crespo, que todo se puede tener en esta vida, pero fue desembarazarme y volver al estado inicial, así que poco me duró el cuento, algo injusto digo yo, sobre todo, teniendo en cuenta que la cara de indio no sé si he acabado de superarla…

martes, 23 de octubre de 2012

Historias de mi embarazo. Capítulo 4.- Diagnósticos terroríficos


A pesar de lo que mucha gente cree, el momento desprendimiento cigotil no fue tan terrible ni desasosegante para mí, quizá porque todavía no era una hipocondríaca de carné o quizá porque los médicos no le dieron mucha importancia y entonces yo era una persona cuerda o casi cuerda al menos y muy probablemente porque reservaba toda mi histeria para futuros momentos de terror que aún estaban por venir.

Nunca he dudado del buen hacer de la Seguridad Social ni de los médicos que la componen, de hecho conozco muy buenas experiencias, pero en lo referente a mi persona y a mi embarazo pelirrojil, aquello fue de traca, un caos, una locura, probablemente porque en realidad yo era la protagonista de un programa de esos de cámara oculta para averiguar el aguante de una persona frente a la incompetencia más absoluta, pero que al final no emitieron por falta de presupuesto.

La cuestión es que yo alternaba las revisiones del ginecólogo privado bueno –el no loco quiero decir- con la de la SS por aquello de doble revisión y doble control que dos ginecólogos ven más que uno y total, parada como estaba tenía tiempo de esto y hasta de un tercero si me apuraban.

Como yo no tenía embarazo de riesgo ni nada –gracias a Dios- me veían en el Centro de Alta Resolución de Málaga, que está relativamente cerca de casa y donde me hacía las ecografías una niña de 12 años que yo juraría que aún no había terminado la ESO y que además se mordía los muñones -porque ya uñas no le quedaban- sin parar.

La consulta era una cosa muy terrible porque era oscura y tan pequeña que cuando me tumbaban en la camilla para hacerme la eco, el pater tenía que ponerse de lado y no respirar para no desmontar el chiringuito. Pero lo peor era la máquina que probablemente habían sacado de la extinta Unión Soviética porque era como el monitor de un Spectrum en el que no se veía nada de nada y que, además, precisaba de hundir el aparato en mi barriga hasta deshacerme el hígado y hacer del estómago y el intestino uno solo para que la niña mordeuñas viera algo.

Aparte del dolor infinito que eso provocaba, las ecografías duraban toda una vida mientras la ecógrafa prepúber iba poniendo caras de terror mirando la pantalla de la posguerra y dejándonos al pater y a mí al borde de la histeria en cada consulta y es que no sólo nos ponía miradas rarunas sino que nos daba una serie de terribles diagnósticos que a punto estuvieron de matarnos.

‘Parece que la niña no traga y puede que tenga el estómago del revés, pero es que aquí se ve regular, así que te voy a mandar al Materno para que te la miren’, me decía la teenager mordiéndose la nouña mientras el pater se quedaba con la mirada fija de loca y yo empezaba a hiperventilar.

Como la cita con el Materno era para días después, me fui corriendo a la consulta de mi ginecólogo llorando y explicándole lo del estómago del revés y el no tragar y la mordeuñas. El pobre, con la paciencia del santo Job me decía que eso era imposible porque él me había hecho 3.000 ecos, pero que me miraría otra vez no fuera a ser que le hubiera rotado el estómago y se reía como luego me reí yo cuando efectivamente vimos como tragaba y como su estómago era perfecto. Y me prohibió volver a la SS o al menos a aquella SS.

Pero como yo soy muy apretada, volví a ir al trimestre siguiente.
‘Parece que la niña tiene un quiste cerebral’ me dijo mientras pegaba la cara a la pantalla’. ¿¿¿perdón??? ‘Es que digo parece porque no lo veo muy claro, llégate al Materno a que te la miren’ / ‘¿Pero eso es grave?’ / ‘A ver yo eso no te lo puedo decir, llégate al Materno’…

Y volví a salir corriendo en busca de mi ginecólogo, que me hizo otra eco mientras el pater estaba en shock y yo lloraba como una loca y gracias a Dios y tal y como él precedía allí no había quiste ni quista ni perro muerto y cuando le pregunté si estaba seguro, me soltó aquella famosa de ‘Mira, la niña te puede nacer rubia, fea y hasta china si me apuras, pero sin quiste porque quiste no tiene’. Y, claro, no tuvo.

Y esa fue la última vez que fui a la SS. Mi masoquismo había llegado a su límite.

martes, 16 de octubre de 2012

Historias de mi embarazo. Capítulo 3.- El Desprendimiento


Como no podía de ser de otra manera -dada la hiperactividad futura de la nena- el recién estrenado cigoto pelirrojo decidió con apenas unas semanas de vida, semidesprenderse de mi pared uterina quedándose en suspensión, agarrado de dos terceras partes de sí mismo, en plan equilibrista de circo o como el bueno de las películas de espías que siempre se queda medio colgado de una cornisa de Nueva York, aunque a este último siempre lo salva un helicóptero del gobierno, que no lo veo yo como mejor opción para rescatar un cigoto suicida, máxime si la puerta de entrada es la que imagino.

De hecho, lo que había manchado antes incluso de hacerme el predictor y que yo creía que era el famoso sangrado de implantación –del que todo el mundo ha oído hablar pero nadie ha visto- no era otra cosa que fruto del desprendimiento cigotil, según me explicó el ginecólogo loco, señalándome algo en una pantalla en la que el nopater y yo fingíamos que veíamos cosas que en realidad no veíamos y que creo que nadie veía, ni siquiera el propio ginecólogo.

La cuestión es que el ginecólogo loco no le dio mucha importancia al asunto, me mandó unas pastillas de progesterona y me acabó contando la surrealista historia de una china trapecista y embarazada como ejemplo de que lo que estaba de Dios, estaba de Dios ‘Y eso que yo soy ateo’, decía y se reía para adentro –como Shakira- y daba mucho miedo.

Sin embargo, yo como buena hipocondríaca –que ya os dije que yo en el embarazo abandoné mi cuerpo y fui poseída por una histérica- decidí hacer un cutre reposo por mi cuenta, que en realidad era pasarme la mañana sentada en el sofá leyendo revistas y viendo telebasura –quién lo pillara ahora-, inspeccionar el papel higiénico cada vez que hacía pipí y pasarme por urgencias de la clínica que está a tres minutos de casa, día sí y día no, para que vieran si el cigoto seguía ahí enganchado o si había optado por el suicidio definitivo. 

Y todo ello con la progesterona por bandera -que es el infierno en pastillas- que se podía tomar vía vaginal u oral y yo como tenía mucho miedo y soy muy lista y no quería movimiento alguno por ahí abajo, decidí tragármelas con el consecuente oleaje matutino -y vespertino y nocturno- de náuseas nivel extremo que traían consigo y que me hacían vomitar sólo con ver un Phoskitos o un Tigretón –con lo que yo daría ahora por pillar uno-, así que ni os digo del pescado o la verdura que era meterme un trozo de lechuga en la boca y estar tres días dando arcadas –aunque ésa es otra historia-.

Así me pasé tres meses viviendo en lo que mi cuñada vino a denominar el ‘embarazo braga’ que no es otro que el de andar analizando cada milímetro de la braguita en busca de alguna pista del cigoto huidizo. Pero no la hubo, bueno, no la hubo hasta una noche en la que en mi habitual estado de locura en pijama creí ver algo entre las fibras de Women Secret y salí del baño en estado de hipertensión nivel muerte por infarto, haciéndole aspavientos al pater que trataba de leer un libro, tirándole a la cara las braguitas cual stripper de carretera en la que por supuesto no se veía nada y obligándole a analizarla mientras yo me vestía para encaminarnos rumbo a mi segundo hogar que no era otro que la clínica. 

Y allí llegamos, a las tantas jigonas que diría mi abuela, -cruzándonos en el camino con unos pocos tronos porque para más inri era Semana Santa y tuvimos que lidiar con una comitiva de dos millones de personas y cirios y nazarenos e incienso y empujones- yo aterrorizada con los ojos desencajados y el pater, que es mucho menos loco que yo –aunque menos loco que yo es el sombrerero de Alicia-, incrédulo y avergonzado de que en el hospital ya nos saludaran por nuestro nombre.

Y salió el ginecólogo de guardia -al que yo quería llevarle la braguita pero el pater me amenazó y desistí- y me hizo una eco –la número 15.000- y no sólo no había sangre, sino que ya tampoco había desprendimiento. La progesterona y el reposo habían dado sus frutos y la buena suerte había hecho el resto: El cigoto había decidido quedarse con nosotros. Y fue la primera vez que me di cuenta de que de verdad iba a ser mamá. Y lloré, pero esta vez de emoción.

jueves, 11 de octubre de 2012

Historias de mi embarazo. Capítulo 2.- Los ginecólogos


Nunca he sido una mujer fiel ni con los médicos ni con los peluqueros, por aquello de que siempre voy con prisas y cuando pido cita la quiero para ya, así que el que primero me la dé, allá voy, aunque no lo haya visto en mi vida y me pille a dos autobuses de casa, que una es impaciente de fábrica y quiere las cosas para anteayer –como decía un jefe loco que tuve una vez-.

La cuestión es que yo me embaracé sin tener un ginecólogo propio –habitual quiero decir, no en propiedad comprado a plazos- ya que de hecho me había hecho una citología un mes antes para ver que todo estaba correcto, en uno que cogí al azar y que no me acababa de convencer por su cara de sacristán deprimido y porque encima no atendía en el hospital en el que yo quería dar a luz, así que ruina. No tenía dónde rascar.

Así que cogí el cuadro médico de mi seguro privado y di con uno que atendía partos en mi hospital y que además tenía consulta en un buen edificio, lo que es absurdo pero me daba la tranquilidad de que eso significaba que era un buen médico con muchas pacientes, que le hacían ganar mucho dinero y así poder comprar una buena consulta. Un ridículo sistema deductivo que ya me ha causado algún que otro problema...

La cuestión es que pedí cita al presunto gran doctor y a mi doctora de la Seguridad Social, por llevar ambos sistemas a la vez, por si uno trataba de matarme, tener siempre otro al que recurrir.

Mi doctora de cabecera de la SS –esto de las SS como siglas de la Seguridad Social va sin connotaciones chungas o sin muchas, al menos- es un encanto, pero me derivó a una matrona bastante malaje que no me miró a la cara ni una sola vez –de hecho, si yo hubiera sido un hombre con bigote de cocinero francés, no creo que se hubiera dado cuenta-, acompañada de una auxiliar que era el mismísimo diablo y que, desde que se enteró de que pretendía ir a un ginecólogo privado, entró en cólera extrema y no la puede sacar de su bucle de odio hacia mi persona en ningún momento.

De ese modo, las consultas en las SS fueron un verdadero infierno, principalmente por la auxiliar con problemas para controlar la ira y que me gritaba cada vez que me pesaba y se volvía muy loca cada vez que recordaba lo del ginecólogo privado –que ya nunca más mencioné- llegando un día hasta a dar un puñetazo en la mesa, mientras la matrona se hacía la muerta frente a mí, dejando al pitbull maltratarme a su antojo.

Por suerte tenía que verlas poco, ya que iba una vez al trimestre para presentar pruebas que tenía que hacerme también en la SS de manos de falsas doctoras de 12 años, que se encargaron de hacerme mil y un diagnósticos terribles e inventados –que pasaré a relatar en un capítulo íntegro- y que me hicieron desistir de este sistema y arrojarme a los brazos del ginecólogo privado en exclusiva, que para más inri resultó ser un majara inquietante.

Estaba tan loco que cada vez que me hacía una ecografía me miraba muy serio y me decía ’6 semanas y 8 milímetros ¿ehn? ¿ehn? ¿qué te parece?’ / Y yo, espatarrada en ese humillante potro de tortura decía ‘No sé… ¿bien?’/ ‘¿Tú crees que bien? ¿ehn? ¿eso crees?' / Y míraba al nopater, también aterrorizado. 'No sé, dígamelo usted 1ue es el médico', le replicaba con mi mejor sonrisa para que no se enfureciera como el pitbull. / Y se reía a carjadas rumbo al despacho y me dejaba allí, espatarrada y alucinando.

Y así con todo. 

Yo que ya había desistido de ir más a la SS, dudaba de mi cordura y de que a lo mejor este hombre era normal y yo era la rara, pero cuando le dio la prueba del pliegue nucal al nopater para que le diera su opinión, decidimos huir nuevamente y buscar otra opción más fiable.

Y así dimos con el santo varón de mi ginecólogo 'forever and ever you'll be my friend', que también está muy loco, pero de otra manera, y que sabe que yo estoy muy loca también y que soy la representante universal de la hipocondría y aún así, me aguanta y hasta me sonríe.

Sin embargo, fueron tantas las visitas que le hice, las oficiales y las de hipocondría nivel psicópata, a su consulta y al hospital donde hace guardia, las llamadas para que me resolviera dudas o me calmara histerias, que cuando por fin di a luz, vino a visitarme a la habitación y me dijo aquello de ‘Oye, Flor, que si quieres tener otro, que sepas que yo tengo un colega experto en llevar segundos embarazos' mientras se alejaba partiéndose de risa y mirando de reojo mi gigantobola de pelo a punto de tomar vida propia.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Historias de mi embarazo. Capítulo 1. La noticia


Yo, como no soy muy normal, decidí embarazarme cuando me quedé sin trabajo por aquello de emplear el tiempo en algo de provecho y de paso no andar agobiada pidiendo horas libres para el itinerario de ginecólogos y pruebas variadas que toca hacerse, que una es muy empollona para esto de los trabajos y prefería ser más pobre pero estar más tranquila vomitando a gusto cada mañana y queriéndome morir de náuseas pero en mi casa, sin tener que ponerle la mesa perdida a nadie, con lo feo que está eso.

Yo que estoy muy loca y soy muy ansiosa para casi todo, me compré el predictor antes incluso de abandonar el preservativo, que yo quería saber cuanto antes lo del embarazo no fuera a estar yo dándole al vino y al jamón y mi cigoto ahí, muerto de asco, ebrio y lleno de toxoplasmosis por todos sitios. Así que tenía planeado hacérmelo dos días antes de que tuviera que venirme la regla, que me había dicho la farmacéutica prepúber de al lado de mi casa que a esas alturas ya podía tener un resultado válido.

Como ese día –señalado con alarma en el móvil- me iba a pillar en el Puerto de Santa María, adonde me iba a pasar unos días con el pater –que aún era nopater- mi hermana, mi cuñado y el primísimo -que aún no era primísimo de nadie-, eché el predictor en la maleta, junto a las pinturas y las revistas, dispuesta a orinar sobre el palito en pleno Romerijo si hacía falta, que yo soy muy intensa para según qué cosas y caprichosa hasta decir basta y si yo quería un bebé, quería saber si podía ilusionarme desde el minuto uno o darle al vino blanco gaditano, que tampoco era una mala opción.

La segunda mañana que me desperté en el hotel descubrí que había manchado un poco por lo que supuse que era síntoma de que venía el reglazo en camino y que aquí ni gameto ni cigoto ni nada de nada por lo que pasé un poco del asunto y me di a las patas de cangrejo, al fino y al cachondeo que, como premio de consolación, no estaba nada mal.

Pero a la mañana siguiente sonó la alarma en el móvil y dado que la regla no había acabado de llegar y que el predictor me miraba con ojitos golositos desde el maletón, decidí hacerme la prueba con el beneplácito del nopater, que con tal de no escucharme, se la hubiera hecho él mismo.

Así que hice pis sobre la tirita –en un curioso ejercicio de contorsionismo matutino- y coloqué el aparatito sobre el lavabo mientras me duchaba y me quitaba la cara de muerta en vida a base de maquillaje… Y cuando ya habían pasado unos diez minutos, llamé al nopater, cogí el predictor con una mano, tapando el visor con la otra y nos sentamos en la cama segundos antes de que levantara la mano y descubriera dos maravillosas rayas en la micropantalla, que venían a confirmarnos que el pelirrojismo venía en camino. 

Tras un aluvión de besos, abrazos, risas y nervios, empecé a dudar –como buena majara- de que realmente estuviera embarazada porque una de las rayas parecía que estaba ligeramente más clarita que la otra.
Así que decidí meterme el predictor en el bolso para enseñárselo a mi hermana y verlo a trasluz aunque luego pensé que colocar un plástico con restos de orina sobre la mesa del desayuno junto a los croissant y el queso de barra estaría feo, por lo que me decanté por hacerle una foto con el móvil para poder ir recabando opiniones para desgracia y vergüenza del nopater.

Tras un par de divertidas anécdotas como que mi hermana me cerrara la puerta de su habitación en las narices sin darme tiempo a darle la noticia y se negara a abrirme porque estaba ‘en braguitas’ obligándome a darle la buena nueva en el restaurante, para recibir sus felicitaciones y las de medio comedor, le enseñé la fotografía y todos convinieron en que eso eran dos rayas como dos soles y que se había acabado el jamón del bueno –y la buena vida, aunque eso no me lo dijeron-.

Pero como yo seguí dándole vueltas al asunto y mi hermana –que ya estaba inmersa en el malvivir maternal- tenía que comprar un suero nasal para su hijo en la farmacia, aproveché la ocasión y sin darle tiempo para morirse de vergüenza, le saqué el móvil a la farmacéutica gaditana y le enseñé la foto para que me confirmara si ella también veía dos rayas. Y las veía. Ella y su auxiliar y la señora que iba a comprar los antiácidos y que se puso hasta las gafas de cerca, mientras mi hermana y el nopater se iban haciendo cada vez más pequeñitos, humillados ante la situación y temerosos de lo que se le venía encima con el recién estrenado embarazo. Y no se equivocaban.