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viernes, 21 de junio de 2013

Crónica de un nacimiento anunciado. Parte IV


No sé si sería la anestesia epidural que evitó el atontamiento prolongado de la otra vez o que una ya está acostumbrada al malvivir maternal, no como en 2009 cuando yo venía de un mundo de lujos horarios, cenitas románticas, fiesta y jaleo y maratones de películas y todo parecía más estresante y agotador que ahora, que apenas si tengo tiempo para peinarme… La cuestión es que esta vez todo fue sobre ruedas y es más, hasta relajado diría yo, que no es tan difícil pasar de tener a una pelirroja hiperactiva danzando alrededor día y noche a estar en una habitación de hospital –que no parece de hospital- con un bebé que sólo duerme y pide el bibi, visitas con las que hablar sin decir el clásico ‘espérateunmomentoquelaniñasemevaamatar’, revistas y una televisión sólo para mí en la que el Disney Chanel ni se huele.

Así que cual Padrino fui recibiendo la visita de más de 70 personas –que las he contado- que venían a conocer al pequeño Nicolás y a dar su veredicto sobre si sería pelirrojo o rubio o chino mandarín. Si se parecía a la hermana, al pater o al ministro del aire, si tenía las manos grandes o pequeñas, la cabeza redonda, los ojos más o menos azules o la risa del primo segundo de parte de madre que vivía en el pueblo.

Nicolás fue bueno desde el primer día y sólo abría los ojos para las tomas y a veces ni para eso, traía locas a las enfermeras del hospital, sobre todo porque es un gordilirondi y redondito y lo trataban como a un rey, visitándolo incluso cuando no tocaba, sólo por verlo por lo que mi hipocondría estaba calmada ya que siempre había alguna a la que comerle la cabeza con neuras variadas y que me mirara mitad con compasión, mitad con espanto ante la mente tan perturbada que puedo llegar a tener.

Probablemente, el primer día fue el peor de todos porque tuve que pasarme 24 horas tumbada mientras la gente me hablaba mirándome desde arriba como si yo fuera Blancanieves en su urna de cristal y las enfermeras, que debieron pensar que yo estaba muy sucia, vinieron a lo largo de aquella tarde nada menos que tres veces a lavarme, en un jaleo de toallitas jabonosas, levantándome las piernas que seguían ajenas a mi persona, obligándome a ponerme de lado con ese dolor y sobre todo ese miedo infinito a que se me abriera mi recién estrenada cicatriz, con miles de palanganas y toallas y compresas y un infierno muy grande, que me hizo darme cuenta que si alguna vez soy una anciana impedida voy a ser de ésas que no quieren lavarse nunca y se esconden de las auxiliares detrás de los armarios oliendo el gel a lo lejos como quien huele gas butano.

El problema vino cuando a las 24 horas tocaba levantarse y descubrir si tenía el cuello de persona normal o no y una, que es cobarde por naturaleza, como que no quería descubrirlo y tuvo que venir medio hospital, incluido mi propio ginecólogo, que descubrió que seguía siendo la misma loca de siempre para animarme a levantarme y andar, como el Lázaro aquél, aunque claro, a él no le habían clavado una aguja en a espalda ni tenía la barriga abierta como una víctima de la mafia colombiana. Y además contaba con ayuda divina.

Hay que explicar que desde un primer momento yo me sentí con el cuello bien, pero claro, mientras estaba postrada en la cama decidí ponerme mi fabulosa camisola de Minnie con gafas de sol para dar el golpe de cara a las visitas y dejar de mostrarme tapada por la sábana pero como me dios me trajo al mundo debajo, que una es una señora y se viste por los pies, y aunque me lo puse tumbada con unas contorsiones que ni un niño chino del Circo del Sol, noté algo al metérmelo por la cabeza y aunque no compartí mis locuras con nadie, pensé que me había jodido el cuello.

Pero no me quedaba otra, así que antes de que acabaran levantándome ellos, aproveché un hueco de treinta segundos sin visitas y con ayuda del pater, decidí ponerme pie, con la agilidad de un octogenaria, supurando miedo por todos sitios y sin dignidad alguna, que aún tenía colgando de la nueva gigantobola enmarañada de pelo –sí, otra vez- el gorro verde del quirófano, los sueros con su respectivo palo de Gandalf el gris, la sonda de ‘estáustedmuyenferma’, las manosglobo y los piesglobo a lo Kim Kardashian… y todo con la cara de loca de ‘seguroquemecaigoenredondoentressegundosymuero’…  

Primero bajé una pierna, que ya volvía a ser mía, y luego la otra y entonces traté de incorporarme agarrándome a las sábanas y al pater que casi lo dejo sin camisa y a todo lo que pillé a mano para no tirar de mi nueva herida de guerra maternal y haciendo todo tipo de sonidos de la selva, que tuvieron que aterrorizar a toda la planta, me puse en pie para comprobar que mis piernas eran del todo mías y además respondían a las órdenes de mi cerebro, aunque tenía unos tobillos de metro y medio de diámetro nunca vistos hasta entonces, que mi herida dolía mucho menos que la otra vez y que la cabeza empezaba a darme vueltas…

‘No te asustes que es normal’ dijo el pater con una cara de terror que lo delataba. ‘Es que llevas muchas horas tumbada y por eso te mareas’, me decía con los ojos de un lemur lastimoso, mientras yo con cara de apio, lo veía todo dando vueltas, pero antes de poder entrar en bucle de locura, maldecir mi suerte y tirarme nuevamente a la cama; el pequeño Nicolás rompió a llorar y casi sin darme cuenta, me giré para ver qué le pasaba y de pronto el mundo se paró en sus ojos Y no volvió a moverse.

Esta vez todo había salido bien.

jueves, 20 de junio de 2013

Crónica de un nacimiento anunciado. Parte III


‘Es muy guapo, muy grande y parece pelirrojo’ me dijo el ginecólogo y una vez más me lo tomé a broma, sobre todo cuando el otro cirujano dijo que para él era rubio como las candelas… así que yo seguía a lo mío, medio hipnotizada por el llanto del bebé y sin creerme nada, que mucha puntería tendría que haber tenido para volver a hacerle una carambola a la genética y tener un segundo hijo exótico cuando tanto el pater como yo somos morenos tirando a gitanos, que se supone que son los genes dominantes o si no que baje Gregor Mendel y me lo explique.

Y en ésas andaba, con mi medio cuerpo cadáver y mi otro medio lampando por ver al pequeño, cuando la matrona lánguida, sigilosa y sin decir esta boca es mía, apareció a mi lado con el que me pareció el niño más bonito del mundo, hecho una bolita minúscula a pesar de sus 4,065 –cinco gramos más que la hermana, que otra cosa no, pero ojo tenemos- y untado de arriba abajo con una especie de pasta blanca que apenas me dejaba verlo bien, pero era tan redondito, tan blanquito y tan guapo que hasta la manteca ésa le sentaba bien, que no se diga que una no es madre chocha.

A los cinco segundos se lo llevaron y me lo volvieron a traer limpito como un señor y no había coñas, el niño era pelirrojo o al menos, rubio pelirrojo –para no echar gota- y guapo como él sólo –aviso, aquí puedo no ser objetiva- y se lo volvieron a llevar y me cosieron y me recosieron y me pasaron a otra camilla como al Cristo del santo Traslado, haciéndome temer por mi vida y viendo cómo me movían las piernas de un lado a otro como si fueran las del vecino del quinto, mientras sacaban al niño de la zona de quirófanos para que el padre, que había permanecido a las puertas del quirófano con su traje de astronauta de la NASA, pudiera mostrarlo al resto de la familia como en el Rey León.

Y a los cinco minutos me sacaron a mí en mi nueva camilla –en la que ya me cabía el culo decentemente- por un pasillo lleno de gente a la que le faltaba aplaudirme en una escena muy de Almodóvar, que me recordó a las imágenes de los toreros rumbo a la enfermería tras una cornada mientras el respetable le aplaude y mueve pañuelos como si no hubiera un mañana, y entretanto llegué a mi habitación cuchitril que me pareció más bonita que nunca.

Como esta vez no había sido por anestesia general, tenía la cabeza perfecta –si obviamos el pelo enmarañado enredado en el gorro y el trastorno habitual, claro- y aunque allí había mucha gente concentrada dispuesta a felicitarme por el alumbramiento, no fue nada agobiante o al menos no tan agobiante como la otra vez, más bien todo lo contrario, ni siquiera la pobre pelirroja que se debatía entre morirse de miedo de ‘loz cablez’ que me salían del brazo –léase los sueros con los que yo la amenazo cuando no quiere comer y le digo que se va a poner malita- y de emoción ante la llegada del nuevo hermanito y de su mama ‘zin barrigota’, dio guerra. Mucha guerra quiero decir.

Y antes de expulsar a las visitas que se iban a almorzar en trupe –para luego volver al epicentro de la fiesta hospitalaria, por supuesto- me trajeron al nene en su cunita transparante, con un gorrito calado hasta las orejas, un pijamita celeste y una carita redonda y monísima que me recordó a la de la pelirroja cuando nació, aunque eso sí, ligeramente más varonil y algo menos pelirroja.

El pater, emocionado, me lo colocó bajo el brazo para que pudiera achucharlo, mientras la pelirroja se empinaba sobre sus pies regordetes, apoyándose en su padre para darle al hermano el primero de una interminable cadena de besos. Y sin apenas mover el cuello por aquello de respetar el reposo de la epidural y que no me volviera a pasar lo de la otra vez, bajé la mirada para verle la carita y me crucé con sus ojos achinados que me miraban como si lo hubieran hecho toda la vida. Y miré a la pelirroja que a su vez  miraba a su hermano con los ojos como platos. Y miré al pater, exultante, que no podía dejar de sonreír. Y volví a mirar a Nicolás, tan pequeño, tan bonito, tan indefenso, tan mío.

Y entonces tuve la maravillosa sensación de saber que, por fin, ya estábamos todos. Como si siempre hubiera tenido que ser así.

Y juraría que nunca había sido tan feliz.

miércoles, 19 de junio de 2013

Crónica de un nacimiento anunciado. Parte II


Obviamente, aquella tranquilidad que se respiraba en la habitación cuchitril no duró más de treinta segundos, el tiempo aproximado que precisó el familieo en invadirla con el habitual jaleo que nos suele caracterizar, muy al estilo ‘Mi gran boda griega’, pero en peor. Así que nada más que ponerme las banderillas en forma de vía  y engancharme unos pocos de sueros, empezó a llegar la comitiva de cerca de 20 personas que se fueron apretujando en la habitación para dar cada uno su opinión no pedida sobre la habitación en sí misma, mi opción de cesárea programada o la elección entre anestesia epidural o general, a grito pelado como en un parlamento ucraniano –pero sin agresiones físicas al menos no por el momento- y con argumentos muy surrealistas e inventados, todo ello dejando tiempo para terminar una porra que habíamos hecho sobre si cigoto sería o no pelirrojo, si pesaría o no cual elefante africano y alguna otra cuestión adicional, básicamente porque nos gusta el cachondeo y la algarabía y estamos todos majaras.

Y en mitad de ese caos, que incluía al pelirrojismo y al primo Ale -idea fantástica de la mamma- saltando por la cama con los zapatos puestos, pegando alaridos cual hienas salvajes y matándose vivos como siempre, yo perdí el miedo a quedarme tiesa en la mesa de operaciones, cualquier cosa con tal de salir de aquel infierno, así que cuando el gine vino a buscarme lo vi como una aparición de la mismísima Virgen del Carmen.

Después de la otra cesárea en la que empezaron pinchándome la epidural y terminaron con la general por aquello de que no me hacía efecto, pero eso sí, dejándome lisiada durante cerca de un mes con la cabeza de las dos mil toneladas, esta vez pensé en pasar de epidural y ponerme directamente la general que una es gafe por naturaleza y quién sabe si aquel pequeño hobbit de cejas peludas que me pinchó la otra vez no era en realidad el culpable del asunto sino mi espalda torcida y mi suerte maltrecha.  Pero no. Al final por presión popular y por la insistencia del ginecólogo decidí dejarme llevar y ponerme la epidural. Con la boca chica, eso sí, para poder echarle la culpa si volvía a acabar como la madre del Rey.

Y entré en quirófano y me sentaron sobre una camilla a la que a Calista Flockhart se le hubieran salido las caderas, con mis doscientos sueros reliados por la muñeca, mi gorro verde de ‘notieneusteddignidadalguna’ y mi camisón de enferma que me hicieron arrancarme como a una cualquiera en cuanto llegó el anestesista con su mascarilla verde, su aguja infernal y lo que es peor, con las mismas gigantocejas de la otra vez. Vamos, que de todos los quirófanos del mundo, había tenido que entrar en el mío. Otra vez.

Pero antes de poder protestar y hacerle una llave tipo Chuck Norris enfurecido y apartarlo de mi persona y mi columna vertebral, me clavó su aguijón mortal y las piernas empezaron a pesarme nivel tanque de hormigón y se convirtieron en las piernas de otra persona, más bien de una persona muerta con obesidad mórbida, en una de las sensaciones más extrañas del mundo mundial.

Y me pusieron una cortina azul a modo de telón para que no pudiera ver la sangría que se sucedía al otro lado, como si alguien que no fuera Dexter quisiera ver aquello,  y tras unas cuantas sacudidas como si estuvieran desempolvando una alfombra, unas ganas terribles de echar la pota -que mi nuevo muy mejor amigo el anestesista solventó con un suero de Primperán- y unas risas con mi ginecólogo, el otro cirujano, la matrona lánguida y el anestesista de cejas peludas como si estuviéramos en la terraza de una cafetería en lugar de una operación a útero abierto, de pronto se hizo el silencio y antes de que pudiera preguntar en mi nivel de paciente hipocondríaca si algo iba mal, Nicolás rompió a llorar.

Y ya no importó ninguna otra cosa.

martes, 18 de junio de 2013

Crónica de un nacimiento anunciado. Parte I


Hospitalizarse es una cosa muy mala siempre. Incluso si la razón es buena y junto al alta te dan un bebé para que te lo lleves a casa para acabar con la poca cordura que te quede. Incluso así. Básicamente porque los hospitales huelen a hospitales y tienen vías para clavarte en las venas en un descuido, sueros variados que enchufarte, médicos y enfermeras que se miran entre ellos y te hacen imaginar que vas a morir en los próximos cuatro segundos, baños con cuñas en el bidé, camas reclinables –bueno, esto en realidad mola-, jamón cocido, emblanco y otras cosas tristísimas que le hunden el ánimo a cualquiera.

Sin embargo, como una es madre desde hace tres años y medio y vive sin vivir en ella de estrés galopante, la idea de hospitalizarme esta vez para el nacimiento del hermanísimo no sólo no se me antojaba mala sino que me parecía el plan perfecto, sobre todo si me encamaban la noche antes de la rajada de útero, pudiendo así tener una noche entera de silencio, televisión y revistas. Que sí, que serán unas aspiraciones muy cutres, que no digo yo que no, pero es lo que nos queda. Así que cuando me dijeron que el encame sería la misma mañana de la cesárea, casi pongo una hoja de reclamaciones.

La pelirroja había sido expulsada rumbo a casa de los abuelos, que era donde ella quería quedarse imagino que porque sabía que no la llevarían al cole o porque mantiene un idilio con el abuelo o porque estaba segura que la dejarían hacer todas las maldades que se le ocurrieran –como transportar con su fuerza de Hulk por toda la casa las garrafas de 20 litros de agua del dispensador y tratar de vaciarlas sobre el sofá-, unas maldades que a lo largo de cinco días, son muchas, tantas que la mamma pide a gritos un internamiento en un balneario y mi padre que es un tipo grande y fuerte llegaba cada día más cabizbajo al hospital, arrastrando los pies y el ánimo y perdiendo altura y ganas de vivir por día. “es que no te puedes hacer una idea de lo que habla esta niña, es que no calla ni debajo de agua’ me decía. A mí. Como si fuera una que pasaba por allí.

La cuestión es que lo teníamos todo organizado y antes de las ocho ya estábamos el pater y yo en la clínica, con mi macutón y mi mala cara de enferma terminal debido al sueño mortal y a la falta de maquillaje y al miedo, que todo hay que contarlo, que no sé por qué esta segunda cesárea me daba un poco de terror, imagino que por no dejar sin madre a la pelirroja, que ya se sabe que es parir y ni morirse puede una.

Así que con el miedo el cuerpo, pero fingiendo para que la mamma no me volviera a insistir –y cuando digo insistir me refiero a técnicas de interrogatorio del ejército iraquí- con la idea de un parto natural y unos maravillosos puntos vaginales, llegamos a la habitación que poco tenía que ver con la suite de lujo de la otra vez, que tenía hasta un saloncito previo a modo de sala de espera de las visitas, que ya os dije que aquello fue la boda de Lolita y había que organizarse o por lo menos intentarlo.

Esta vez era una habitación más bien pequeña, con una sola cama, y el acompañante, o sea el pater, quedaba relegado a dormir en un sillón cama con pinta de estar más duro que el turrón de Alicante y por el que ya habrían pasado muchos culos visitadores. El baño también era más pequeño y más feo, pero eso sí, en la habitación cuchitril había un rollo zen que molaba -¿o es feng sui?- y había mejores vistas desde los balcones. A la catedral de Málaga para ser exactos, y según la mamma y su extraña pirámide de prioridades, eso era lo importante.

Deshice los macutones, golpeándome en la barriga con todos los cajones y me senté junto al pater, nerviosa, a esperar que vinieran a buscarme con más ilusión que miedo. Habían sido unas semanas intensas pero ya todo estaba listo, la ropita dispuesta, la casa limpérrima, la niña encasquetada y la barriga a punto de reventar. No quedaba nada. Todo estaba preparado. Ya sólo cabía esperar porque en cualquier momento de ese extraño martes 11 de junio, Nicolás vendría al mundo.

PD. Por cierto, para quien no lo sepa y tenga curiosidad, en nuestra página de facebook de 'Hija no hay más que una' hay fotos del hermanísimo y alguna que otra de la pelirroja...