miércoles, 3 de octubre de 2012

Lluvia + colegio = infierno. Parte II


(...)
Una, a la que aún le queda un poco de su yo ordenado, tiende a tener un sitio para cada cosa, el problema es que no suele recordar cuál era el sitio de cada qué y al final se ve obligada a rebuscar en todos los cajones de la casa y si vamos con prisas, pues a saquearlo todo, como si fuéramos una banda de atracadores rumanos.

Y así fue, tuve que ir sacando bolas de ropa –la de otra temporada, la actual, la heredada que aún le va grande y la que ya le va pequeña y es para dar… - para poder dar con el chubasquero y el paraguas que al ser de Kitty en su día tuve que esconder en el fondo de los fondos del armario para evitar que la pelirroja cogiera el colorín con el chubasquero puesto en pleno agosto y, lo que es peor, que me metiera la ruina en casa con el paraguas abierto día y noche, que está la cosa como para tontear con un maleficio.

Así que le enfundé el impermeable con su capucha y todo, como el malo de aquella película de terror adolescente y la senté en su carrito y le di el paraguas para que se tapara lo más que pudiera, mientras yo empujaba el carro y me cubría con mi propio paraguas encajado en el cuello, porque probé a cogerlo con una mano y conducir el cochecito con la otra, pero tras varios atropellos fortuitos a aterrorizados transeúntes, que tenían que elegir entre morir aplastados o ensartados por el paraguas, decidí conducir con ambas manos y encajármelo al cuello para fiesta y algarabía de mis cervicales.

Muy infernal todo. Sobre todo, teniendo en cuenta que el colegio está más lejos que cerca, que el agua venía de frente y que yo no caí en cambiarme los zapatos por lo que mis deditos –con sus uñas pintadas de rosa semiflúor- eran mancillados a cada paso y sumergidos en charcos variados y traicioneras baldosas sueltas, llegando al desagradable ‘plof, plof’ antes de mitad de camino.

Pero llegamos, como quien viene de la guerra, pero llegamos, y tuve que lidiar con el pelirrojismo para que me dejara quitarle el impermeable y el paraguas, no fuera a sacarle un ojo a algún niño en alguno de sus pocos coordinados movimientos, con tan mala suerte de que en mitad de la vorágine de quita chubasquero y chaqueta, recoloca lazo e hiperventila colocándolo todo bajo el carro con la melena chorreando como la niña de The Ring y metiéndosete en los ojos y corriéndote el rimel hasta dejarte como una gótica deprimida, perdí el paraguas de Kitty que la pobre pelirroja había guardado con tanto celo durante todo el verano.

Su desconsuelo al comunicárselo a la salida fue tan grande que renunció a cualquier soborno –incluidos los Phantasmikos imbatibles, un paraguas nuevo y hasta una Monster High que le ofrecí en mi desasosegante sentimiento de culpa- y estuvo llorando con el corazón encogido toda la vuelta gritando ‘no quiero otro, quiero el mío, el de la cazaaa, pol favol, pol favol mamá, el de Kitty de la cazaaa’ con una pena… hasta que llegamos a casa y, mientras ella seguía en su bucle de llanto, yo le contaba al pater lo sucedido, cabreada conmigo misma por ser tan empanada y haberlo perdido a sabiendas de lo mucho que le gustaba… Y no había terminado de entonar el mea culpa para liberar estrés y sentimiento de culpabilidad, cuando la nena se calló, vino hacia mí sorbiéndose los mocos –una parte, la otra se la refregó en la muñeca junto al descolorido tatuaje de un león amorfo- y me dijo ‘No paza nada, mamá, nozotros te peldonamos’, me dio un abrazo rodeándome con sus rechonchos bracitos, me plantó un beso baboso con toda la cara mojada de lágrimas y se sentó a ver La Casa de Mickey Mouse.

Y es que mi pelirroja es un trasto, pero tiene un corazón de oro. De oro rojo, por supuesto.

martes, 2 de octubre de 2012

Lluvia + colegio = infierno. Parte I


Antes de entregarme al malvivir de la maternidad me encantaba que lloviera y si era mucho, mejor, por aquello de pasarse una tarde en el cine mientras fuera diluviaba o, mejor aún quedarse en casa, en operación sofá y manta y maratón de películas románticas y dosis industriales de palomitas y Coca Cola Zero y alguna chocolatina hipercalórica con la que alcanzar el clímax mientras el único esfuerzo que se precisaba en horas era sacar la mano de la manta para rascarse una oreja y sólo si picaba, si no, ni eso.

Pero ahora… ahora que soy madre y que todo es un ir y venir y un estrés galopante atravesándote el pecho día y noche y un no llegar a tiempo a ningún sitio y todo es mucho más difícil de lo que a simple vista parece, la lluvia se ha convertido en mi peor pesadilla, en una forma eficaz de hacer de mi vida un verdadero infierno pasado por agua.

Una, que no es tonta aunque a veces lo parezca por aquello de pensar a medio gas, es consciente de que la lluvia tiene que llegar en breve, que para eso estamos con el otoño recién estrenado, pero lo que no es de recibo ni entraña lógica alguna es que la lluvia y su poder infernal de destrucción de la tranquilidad materna haga acto de aparición cuando hace más de 30 grados en las calles y las réplicas malagueñas de ‘Mujeres hombres y viceversa’ siguen recibiendo cada día sobredosis de melanina en la playa.

Cuando una ya estaba acostumbrada a los maratones diarios a la amanecía empujando un carro a todo gas, canturreando a dúo con la pelirroja para que no entre en bucle de violencia callejera y amenace con bajarse del carrito o con el absentismo escolar, llegando a tiempo a clase, soltando a la nena entre besos amorosos y explicaciones a la maestra –sobre cosas que ni le importan a la pobre señora- y huyendo sigilosamente a casa a hacer todo lo que no puedo hacer con el pelirrojismo –que es todo- para volver al ratillo a recogerla y volver a canturrear y empujar carro… va la mierda de la meteorología del demonio y me riza el rizo, un triple salto mortal, un más difícil todavía.

Como una no está muy bien de lo suyo –y va a peor-, esa mañana me levanté sin ni siquiera mirar por la ventana y como mi casa es un búnker pues tampoco se oía nada, así que no fue hasta que bajé los dos millones de escalones al ritmo del Tallarín infernal y abrí la puerta del portal, cuando me di cuenta de que estaba lloviendo. No mucho, pero lo suficiente como para que todo sea un infierno muy grande.

Así que cogí a la niña bajo un brazo, cual Schwarzenegger y subí las escaleras maldiciendo en arameo porque íbamos justo de tiempo –lo habitual, vamos-, mientras la pelirroja, frita por escapar del yugo estudiantil, gritaba emocionada ‘Ta llomiendo, no hay cole, no hay cole’,  para disfrute de los pobres vecinos.

‘¿Qué hacéis aquí?' -dijo el pater aterrorizado desde el quicio de la puerta sospechando que hubiera decido no llevarla y regalarnos un día infernal - ‘Que está lloviendooooo, ¿dónde está el paraguas y el chubasquero y unos zapatos cerrados y un lexatin del 3?’ dije yo con mi cara de me estoy volviendo muy loca y aquí va a haber sangre- '¿Estás segura? Mira, que a lo mejor te han escupido’- ¿Perdón? ¿Por qué iban a escupirme? Vale que no estoy en mi mejor momento, pero de ahí a que me escupan… ‘No hombre, no, me refiero a un aire acondicionado, una paloma o algo’, ¿Estamos locos? ¿Las palomas escupen? De hecho ¿tienen saliva? ‘Mira, basta ya, búscame el chubasquero de Kitty, que está lloviendo o nos está escupiendo un batallón palomas, pero en cualquier caso, necesitamos chubasquero y yaaaa'.

(Continuará)

lunes, 1 de octubre de 2012

Madre sí hay más que una. 25.- La madre empanada


La madre empanada suele venir empanada de fábrica y lleva sin enterarse de nada desde el jardín de infancia, aunque también existen las madres empanadas que una vez fueron personas normales y no entraron en el empanamiento extreme hasta que no se entregaron a la maternidad y el estrés galopante las dejó a medio gas, aunque en ambos casos la gravedad del asunto es la misma y la importancia que le otorgan al hecho de no enterarse de nada es nula. Probablemente porque no se enteran de que no se enteran. A saber.

Una vez que la madre empanada se entera de que está embarazada –generalmente por el ginecólogo porque ella bajaraba una menopausia temprana- ha de ir acompañada a cada visita médica para que no acabe tergiversando las cosas, inventando resultados médicos inexistentes y alterando el horario y el lugar de las pruebas, llegando siempre con su botecito de pipí a la consulta de traumatología geriátrica en hora punta o a la sala de rayos X con el brazo extendido para hacerse la curva del azúcar que debió hacerse el mes pasado.

La madre empanada tampoco se entera de mucho a la hora del parto y cuando le preguntas por cómo ha sido, si han usado material quirúrgico o cuántos puntos le han echado, se encoge de hombros mientras busca en su bolsón de bebé el chupete que por supuesto nunca llegó a comprar.

La madre empanada es la última en enterarse de las reuniones escolares de sus hijos y cuando se entera, se entera mal y suele llegar con la lengua fuera una hora antes o dos días después, asegurando que en su papel ponía el miércoles y efectivamente eso ponía, sólo que ya es viernes.

La madre empanada no llevaría el calendario de vacunación al día ni las consultas de niño sano si no fuera por las otras madres que le van informado de los pasos a seguir, mientras ella se sube las gafas y apunta mentalmente las vacunas extra y las que ya han prescrito por orden de sanidad y los mejores medicamentos para niños según la OMS mientras trata de recordar si dejó el horno encendido o si era hoy cuando debía pagar las clases de baile español de la nena.

La madre empanada es el tormento de la maestra, porque nunca recuerda el orden de la guía de desayunos y el niño se toma el lácteo en día de fruta y la fruta en día de bollería, lo que le convierte en el raro de su clase sobre todo porque cuando la seño le dice que ha de disfrazarlo de mariquita para la función de primavera, ella lo viste de gay de bata de cola y luego el chiquillo tiene que hacer lo que puede para que no le partan la cara antes de graduarse.

(Nivel de identificación personal con la madre empanada 2 sobre 10)

Y repetimos:
Cada lunes, un nuevo modelo de madre en ‘Madre sí hay más que una’. Entendemos que son tipos muy puristas y que más de una podéis picar de varios a la vez, pero de cualquier manera, hagamos autocrítica y encasillémonos, será divertido!! Los que no seáis madres podéis encasillar a las vuestras, a vuestras hermanas, a vuestras amigas o a vuestras mujeres… que todo sea crítiqueo y algarabía. Eso sí, que conste que desde ‘Hija no hay más que una’ no queremos juzgar a ningún prototipo de madre, o no mucho al menos, así que, por favor, que nadie se ofenda que nos va a tocar a todas… pero entretanto, a divertirse!