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Una, a la que aún le queda un poco de su yo ordenado, tiende
a tener un sitio para cada cosa, el problema es que no suele recordar cuál era
el sitio de cada qué y al final se ve obligada a rebuscar en todos los cajones de
la casa y si vamos con prisas, pues a saquearlo todo, como si fuéramos una
banda de atracadores rumanos.
Y así fue, tuve que ir sacando bolas de ropa –la de otra
temporada, la actual, la heredada que aún le va grande y la que ya le va
pequeña y es para dar… - para poder dar con el chubasquero y el paraguas que al
ser de Kitty en su día tuve que esconder en el fondo de los fondos del armario para
evitar que la pelirroja cogiera el colorín con el chubasquero puesto en pleno
agosto y, lo que es peor, que me metiera la ruina en casa con el paraguas
abierto día y noche, que está la cosa como para tontear con un maleficio.
Así que le enfundé el impermeable con su capucha y todo, como
el malo de aquella película de terror adolescente y la senté en su carrito y le
di el paraguas para que se tapara lo más que pudiera, mientras yo empujaba el
carro y me cubría con mi propio paraguas encajado en el cuello, porque probé a
cogerlo con una mano y conducir el cochecito con la otra, pero tras varios
atropellos fortuitos a aterrorizados transeúntes, que tenían que elegir entre
morir aplastados o ensartados por el paraguas, decidí conducir con ambas manos
y encajármelo al cuello para fiesta y algarabía de mis cervicales.
Muy infernal todo. Sobre todo, teniendo en cuenta que el
colegio está más lejos que cerca, que el agua venía de frente y que yo no caí
en cambiarme los zapatos por lo que mis deditos –con sus uñas pintadas de rosa
semiflúor- eran mancillados a cada paso y sumergidos en charcos variados y
traicioneras baldosas sueltas, llegando al desagradable ‘plof, plof’ antes de
mitad de camino.
Pero llegamos, como quien viene de la guerra, pero llegamos,
y tuve que lidiar con el pelirrojismo para que me dejara quitarle el
impermeable y el paraguas, no fuera a sacarle un ojo a algún niño en alguno de
sus pocos coordinados movimientos, con tan mala suerte de que en mitad de la
vorágine de quita chubasquero y chaqueta, recoloca lazo e hiperventila colocándolo
todo bajo el carro con la melena chorreando como la niña de The Ring y
metiéndosete en los ojos y corriéndote el rimel hasta dejarte como una gótica
deprimida, perdí el paraguas de Kitty que la pobre pelirroja había guardado con
tanto celo durante todo el verano.
Su desconsuelo al comunicárselo a la salida fue tan grande
que renunció a cualquier soborno –incluidos los Phantasmikos imbatibles, un
paraguas nuevo y hasta una Monster High que le ofrecí en mi desasosegante
sentimiento de culpa- y estuvo llorando con el corazón encogido toda la vuelta
gritando ‘no quiero otro, quiero el mío, el de la cazaaa, pol favol, pol favol
mamá, el de Kitty de la cazaaa’ con una pena… hasta que llegamos a casa y,
mientras ella seguía en su bucle de llanto, yo le contaba al pater lo sucedido,
cabreada conmigo misma por ser tan empanada y haberlo perdido a sabiendas de lo
mucho que le gustaba… Y no había terminado de entonar el mea culpa para liberar
estrés y sentimiento de culpabilidad, cuando la nena se calló, vino hacia mí
sorbiéndose los mocos –una parte, la otra se la refregó en la muñeca junto al
descolorido tatuaje de un león amorfo- y me dijo ‘No paza nada, mamá, nozotros
te peldonamos’, me dio un abrazo rodeándome con sus rechonchos bracitos, me
plantó un beso baboso con toda la cara mojada de lágrimas y se sentó a ver La Casa de Mickey Mouse.
Y es que mi pelirroja es un trasto, pero tiene un corazón de
oro. De oro rojo, por supuesto.