Detesto el cambio de hora. No lo tolero. Y punto. Lo odio
porque nunca me aclaro si dormimos una hora más o menos y entro en bucle de
torpeza en plan ‘cuando sean las dos son las tres, entonces cuando sean las
ocho son las nueve… ¿o era al revés?’ y así hasta que me entra dolor de cabeza nivel
‘voy a hacerme la interesante y recordar el orden sucesorio de los Austria’,
como si me importara… o como si lo supiera.
Lo maldigo también por las absurdas y confusas
conversaciones sobre las horas de sol que ganamos o perdemos y que hacen que la
gente se enfrasque en discusiones sin fin sobre ahorro energético y otras cosas
importantes, no digo yo que no, pero muy aburridas…
Y luego está mi madre que se pasa un mes entero haciendo
alusiones al cambio de hora en plan ‘Claro, la niña tiene sueño porque ahora
serían las ocho’ ‘¿Cómo vamos a comer ya si ahora sólo sería la una?’ Y así
hasta el infinito del estrés porque nunca recuerda que antes de este cambio
hubo otro cambio por lo que las cosas estarían más o menos igual que al
principio, pero entonces se lo explico y volvemos a entrar en bucle de horas
añadidas o perdidas y vuelvo a pensar en los Austria y a tomarme dos
espidifenes y a hacerme la muerta al otro lado del teléfono.
Pero fundamentalmente, por lo que más detesto el cambio de
hora es por el jaleo que nos supone en casa y la dosis extra de trabajo, como
si no tuviéramos ya bastante… Y es que a la nena le afecta una especie de jet
lag como si acabara de llegar de Barbados y no hay manera de que haga nada a su
hora ni que mantenga una actitud normal, es decir, cualquiera que no le haga
parecer un chimpancé de esos adictos a la cocaína que salen en los laboratorios
de las películas de Apocalipsis y que dan mucho miedo.
Así por la mañana nos movemos entre dos aguas, la de me
levanto a las siete de la mañana con la hiperactividad latiéndome en la cara
interna de los huesos y la de no me levanto ni a empujones y cuando me ponen de
pie se me quiebran las piernas y me duermo sobre mí misma como Fraga y luego a
media mañana me pide comer y a la hora de la comida quiere la leche y a las
seis de la tarde quiere dormirse o más bien se duerme entrando en un coma
profundo y por la noche no sólo me dice que me duerma yo, sino que entra en
estado de histeria absoluta correteando por la casa en braguitas –en ocasiones
puestas, en ocasiones colocadas en la cabeza- con los brazos en alto riéndose a
carcajadas o cantando dios sabe qué a voz en grito mientras el pater y yo,
derrumbados en el sofá pedimos la inyección letal y no puedo evitar recordar
aquella mítica frase de mi padre que le decía entre risas a mi madre: ‘Hay que
ver ‘la chorrá’ de tontos que estamos criando’. Pues eso mismo.