jueves, 23 de mayo de 2013

Desvaríos de una madre majara


Ya os dije no hace mucho que se me hacía raro tener un niño varón y no porque la pelirroja fuera una niña y ya me hubiera acostumbrado a los vals y a las vaginas sino porque me resulta raro y difícil criar a un mozuelo por el simple hecho de ser yo una mujer y entender de las cosas de mujeres y de tacitas y de barbies y de maquillajes y de novietes y de estilismos que reduzcan los centímetros de cadera. Pero en cuestiones de varones, pues mire usted, no. Ya no de superhéroes ni de fútbol ni de bolsas escrotales sino de juegos, batallitas o técnicas para ligarse a una chica en el viaje de estudios antes de llegar al destino.

Me dice la gente que para eso está el pater, que sabrá explicarle la teoría del cazador discotequero con clase y elegancia como yo sabré explicarle a la pelirroja las técnicas de cómo ligarse a quién quiera haciendo creer que ha sido idea del otro, básicamente para poder seguir haciéndose la interesante como hacía su madre cuando era soltera y entera –y no tenía esta cara de loca, ni estos pelos de Eduardo Manostijeras ni estas ojeras oscuras y profundas- y era una chica molona y güenorra. Pero qué queréis que os diga, no me fío. Ni del pater ni de nadie. A ver si le va a estar enseñando a mi niño técnicas erróneas aprovechando que yo no estoy familiarizada con el asunto y ahora va y se liga a una choni maligna que me lo convierte en un choni y me engendra nietos chonis. Pues eso, que vivo sin vivir en mí. Máxime cuando ya he decidido cómo quiero que sea el cigoto, que si se cree que va a ser como quiera, teniendo sus propias opiniones y estilo y tomar sus propias decisiones, va listo. Que para eso lo tiene una 10 meses engendrándolo en la barriga para que ahora venga con el rollo de ser una persona autónoma y libre. Ni mijita.

Y tampoco tengo claro cómo hacer para no convertirlo ni en un matón ni en el pavo de la clase sino dejarlo en el justo medio, que con los niños los estereotipos son más duros que con las niñas que no tienen que enfrentarse a torneos de fútbol ni luchas en el patio ni competiciones de gallito. Muy complicado todo.

Pero, como digo, no hay problema porque ya he decidido cómo va a ser cigoto y no hay más que hablar. Y es que después de arduas consideraciones, he decidido que cigoto sea el capitán del equipo de fútbol –prefiero el tenis pero creo que allí no hay capitanes- o el cuaterbag estrella, que eso sale mucho en las pelis de instituto y se ve que mola un montón, aunque sea yo la que tenga que montar un equipo de rugby –¿o es fútbol americano?-. Y, por supuesto, estará muy bueno y será muy bueno, pero no tonto, un tipo simpático hasta decir basta y listo, muy listo, además de responsable y familiar y con un estilazo que ni el Kortajarena. Por supuesto sacará buenas notas y caerá bien a todos y será el alumno favorito de los maestros y el amigo predilecto de todos y el hijo que las madres quieren y el novio que todas las mozuelas desean y en la fiesta de primavera será el rey del baile y será alto, pero no Tachenco, y guapo pero no empalagoso y tendrá pelazo y se lo atusará descuidadamente mientras las carpeteras suspiran a su paso.

Sí, eso quiero. Y punto.

Sobre todo, después de que mis aspiraciones pelirrojiles de tener una niña finita, de pelo largo y mirada serena, que enamorara a su paso y fuera estilosa e hiciera ballet y fuera lista y sensata y dulce empiezan a caer en saco roto… Que mi pelirroja es una monería, que no digo yo que no, pero hablar con la zeta y a gritos, hacer la croqueta en el suelo a la menor oportunidad y levantarse el vestido mostrando las braguitas en cualquier ocasión y momento creo que no nos llevan por el buen camino… Vamos, digo yo. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Juego sucio


Ya os conté una vez cómo tuve que abandonar mis técnicas de manipulación maternal hacia el pelirrojismo –aunque no del todo, que una es muy maquiavélica para según qué cosas y en la guerra y en la maternidad todo vale- al demostrarme la nena no sólo que me pillaba las estrategias al vuelo, sino que era ella la verdadera experta en este tipo de maniobras, dándome la vuelta como un calcetín a la menor de cambio y casi sin darme cuenta. Porca miseria.

La parte positiva del asunto es que la nena aún no maneja bien la sutileza y sus estrategias son curradas pero poco depuradas por lo que a pesar de que ya apenas me quede materia gris para abrir un paquete de pipas y no pasaría ni el test de Inteligencia de Sálvame ni preparándome con Punset, aún soy capaz de pillarla y de distinguir sus sonrisas naturales de las trabajadas, con ojitos de cordero degollado y caída de pestañas incluidas para conseguir, por ejemplo, hacerse con mi bolsa de maquillajes –que dada mis necesidades, es cada vez más grande y atractiva a sus ojos- y hacerme creer, encima, que ha sido idea mía.

La cuestión es que ahora que va haciéndose mayor y ya es toda una señorita –una señorita desquiciada, charlatana hasta hacerte desear arrancarte los tímpanos y con tendencia a enseñar el culo, pero una señorita al fin y al cabo- me sorprende cada día, depurando sus estrategias y afinando las técnicas de manipulación hasta el punto de que no me extrañaría que antes de que naciera el cogotismo, ya me tenga comiendo de su mano.

Y es que ahora le ha dado por apelar a mi lado emocional, sabiendo como sabe que tengo toda la dignidad perdida y las hormonas revolucionadas y que sería capaz de llorar viendo a Joselito en el Pequeño Ruiseñor, como mi padre, y de emocionarme con anuncios de champús y de colonias infantiles y hasta leyendo los cuentos infantiles que le regalé en el Día del Libro y en el que un perro se queda sin amigos, más solo que la una y tiene que pasar la Navidad sin compañía, mirando nevar por la ventana con una cara de pena que se me parte el alma de gestante hormonalmente activa. Vamos que lo voy a devolver.

Así que ahora que la nena se ha coscado de que me he vuelto una madre blanda –y no lo digo por las nuevas carnes alojadas en las caderas, un respeto-, ha empezado a usar la artillería pesada y me viene con frases grandilocuentes tipo “Mamá, te quiero tantízimo…” que obviamente tiene su segunda parte “…que voy a dejar de comer ya para poder abrazarte”. Y claro, ante tanto despilfarro de ingenio y de picaresca made in Spain, yo no puedo negarme y menos cuando se me acerca con los dedos regordetes llenos de ketchup y la boquita de piñón dispuesta a darme un abrazo de los largos…

Y cada día, cuando se va al cole se despide con un “Te voy a echal tanto de menoz, mamá”… Y antes de que pueda echar la lagrimilla y se me enternezca el alma, me dice, “Azín que recógeme pronto y tláeme una chuche por zi tengo hambre”… Y así siempre. Y aunque sé que son argucias de pelirroja sabionda con fines ocultos y oscuros, me pirra venderme por un par de abrazos “carita con carita de loz que duran mucho rato” y acabar cediendo a sus deseos… Total antes lo hacía por agotamiento y por no escucharla y no me llevaba nada a cambio, o sea que igual salgo ganando…

¿Veis? Ya lo ha vuelto a hacer.

Lo dicho, es una profesional.

martes, 21 de mayo de 2013

Guerra de sexos XXS


Siempre he sido de las que ha defendido que los hombres y las mujeres no somos iguales, ni queremos serlo, oiga, que una cosa es reclamar la igualdad de derechos y oportunidades y otra tener que usar colonia unisex, con ese olor tristemente anodino a adolescente atormentado. Que yo soy una señora de bien que uso rimel y me pinto las uñas y además, para más inri, me gusta que me abran la puerta. Vamos, que no tengo remedio.

Por eso me hace tanta gracia comprobar cómo los niños desde muy pequeños van adoptando comportamientos masculinos o femeninos, según sea el caso y cuando se juntan en parejita acaban protagonizando divertidas parodias de ‘matromoniadas’ o como quiera que se llamara aquel programa infernal que echaban en Telecinco y que le encantaba a las abuelas, pero en versión casera y sin censura y además, con maternodolor de cabeza incluido.

Así que cada vez que se junta con el primo Ale o Nachete empieza una sucesión de discusiones en las que la pelirroja exige jugar “a laz princezaz y dizfrazarnos y bailar como Cenicienta y…” y antes de terminar se lleva un balonazo en el culo a modo de negativa poco discreta y de metáfora de lo que serán sus futuros desengaños.

Y yo no puedo más que reírme al ver la cara de enfado que pone, pero en cómo no desiste en su empeño amoroso y en cómo los coge de la mano por tercera vez y los mira con ojos golositos para dar el giro del vals, mientras ellos hacen muecas de asco con ojos desconcertados sin saber muy bien qué demonios se le viene encima ni por qué la loca de su prima les tira besos vestida de majara.

Precisamente el otro día, mi hermana se llevo al pelirrojismo a dormir a su casa –ya os contaré esta historia más detenidamente porque tiene miga- y entre risas e hipidos telefónicos, me contaba las peleas que se traían y que la tenían al borde del desmayo y de la risa floja con incontinencia urinaria incluida.

 Y es que al parecer los sentó a ver una película y mientras el chiquillo trataba de verla y de meterse en la trama, la pelirroja no paraba de cascar, como su madre, y decía “¿a que eztá bonita, Ale, a que zí? A mí ez que me guztan las películaz pero máz laz de princezaz, pero ezta también y a ti, a ti te guzta?” mientras el primísimo con los ojitos vueltos de desesperación le decía “pero ¿tú qué es lo que quieres? ¿Ver la película o estar de cháchara? que así no se puede” y ella le replicaba “Pero Ale, ez que yo lo que digo ez que eztá bonita, ¿a que zí?” hasta que el chaval acabó por desistir e irse a jugar a la Wii mientras la otra por detrás le gritaba “pero no íbamoz a ver la peli ¿por qué te vaz?” … y yo me imaginaba la situación y no podía dejar de ver al pater, parando Juego de Tronos –con desesperación pero fingiendo cordialidad- para que yo le contara cómo eran exactamente los ardores del embarazo por decimoquinta vez.

Y al parecer cuando ya se habían acoplado en la cama para dormir, el primísimo anunció que le había picado un mosquito ante lo que la pelirroja se levantó como impulsada por un resorte y le gritó “Ezpérate que te voy a echar clema pa que ze cure” / “que no, que yo no quiero crema” / “Zí, zí, clema hay que echalte pa que ze te ponga güeno y no te pique” / “mamaaa, dile que no, que luego se me queda el brazo pegajoso y me da asco” / “Que no, ya veráz como no, que eztá frezquita”…

Y por mucho que protestó el chiquillo, la pelirroja logró hacerse con el body milk de mi hermana y perseguirlo por toda la casa hasta que logró emborrizarlo de crema, -como hago yo con el pater en la playa- mientras el primísimo entraba en bucle de enfado encajado entre el sofá y la pared y se gestaba una guerra de cremas que acabó con una segunda ducha y tres nuevas arrugas para mi hermana, que aunque no me lo diga, me consta que se ha encomendado al Cautivo para que no le deje más a dormir a la pelirroja. Con lo feísimo que está eso.