El Potito. Es
cierto que los Potitos los carga el diablo y una vez que se los das de probar a
tu prole ya no hay marcha atrás, pero ¿quién quiere una marcha atrás cuando la
alternativa pasa por pelar patatas polvorientas , habichuelas con hilachos
imposibles y despellejar a un viscoso
pollo cadáver con sus vísceras y sus huesos sanguinolientos terribles? Eso por
no hablar del follón de termos y tuppers que has de usar para salir a comer
fuera de casa… El Potito te salva la vida siempre, lo puedes comprar a cualquier
hora en cualquier farmacia limpita y sólo hay que calentarlo. ¿Qué más se le
puede pedir a la vida?
La cuchara barrigona
para rellenar. A ver, yo esto nunca lo he probado, pero al parecer es lo
más porque mis ahijadas que son monkikis y le dan mala vida a mi amiga Sandra,
sólo comen si hay cuchara barrigona, que es un artefacto muy raruno como una
cápsula gigante y blandita con una cucharilla en un extremo y a la que se le
mete dentro la papilla para luego espachurrar un poquito la cápsula y que la
papilla salga disparada hacia la cuchara y de ahí a la monkikiboca. Magia
potagia.
Las drogas excitantes
(legales). Si quieres fingir que eres una nomadre que no se ha pasado media
noche poniendo chupetes o calentando biberones o tapando a la prole o pegándose
cabezazos contra la cuna no sólo necesitas un corrector de ojeras nivel
profesional sino también echar mano de las drogas legales, léase café, coca
cola, Red Bull, Pharmaton, Jalea Real y otros derivados. Para mí, como el Red
Bull ‘nasti de plasti’. Lo del infarto que te da luego en mitad de la noche,
eso ya es otra historia.
El Espidifen.
Quien sea padre y tenga que enfrentarse a noches perrunas, madrugones severos,
gritos continuos, muñecos saltarines y sirenas de mini coches de Policía
entenderá la importancia de un buen botiquín adulto para sobrellevar las
jaquecas paternales y dentro de él, el medicamento rey, el Espidifen. Gloria
bendita. Aunque se te quede la boca como a un jubilado tras el chupito de anís
matutino y siempre haya un grano que se te quede enganchado a la amígdala
izquierda para toda una vida… aún así. Espidifen forever.