viernes, 29 de junio de 2012

Inventos que te facilitan la vida. Parte III

El Potito. Es cierto que los Potitos los carga el diablo y una vez que se los das de probar a tu prole ya no hay marcha atrás, pero ¿quién quiere una marcha atrás cuando la alternativa pasa por pelar patatas polvorientas , habichuelas con hilachos imposibles y  despellejar a un viscoso pollo cadáver con sus vísceras y sus huesos sanguinolientos terribles? Eso por no hablar del follón de termos y tuppers que has de usar para salir a comer fuera de casa… El Potito te salva la vida siempre, lo puedes comprar a cualquier hora en cualquier farmacia limpita y sólo hay que calentarlo. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

La cuchara barrigona para rellenar. A ver, yo esto nunca lo he probado, pero al parecer es lo más porque mis ahijadas que son monkikis y le dan mala vida a mi amiga Sandra, sólo comen si hay cuchara barrigona, que es un artefacto muy raruno como una cápsula gigante y blandita con una cucharilla en un extremo y a la que se le mete dentro la papilla para luego espachurrar un poquito la cápsula y que la papilla salga disparada hacia la cuchara y de ahí a la monkikiboca. Magia potagia.

Las drogas excitantes (legales). Si quieres fingir que eres una nomadre que no se ha pasado media noche poniendo chupetes o calentando biberones o tapando a la prole o pegándose cabezazos contra la cuna no sólo necesitas un corrector de ojeras nivel profesional sino también echar mano de las drogas legales, léase café, coca cola, Red Bull, Pharmaton, Jalea Real y otros derivados. Para mí, como el Red Bull ‘nasti de plasti’. Lo del infarto que te da luego en mitad de la noche, eso ya es otra historia.

El Espidifen. Quien sea padre y tenga que enfrentarse a noches perrunas, madrugones severos, gritos continuos, muñecos saltarines y sirenas de mini coches de Policía entenderá la importancia de un buen botiquín adulto para sobrellevar las jaquecas paternales y dentro de él, el medicamento rey, el Espidifen. Gloria bendita. Aunque se te quede la boca como a un jubilado tras el chupito de anís matutino y siempre haya un grano que se te quede enganchado a la amígdala izquierda para toda una vida… aún así. Espidifen forever.

jueves, 28 de junio de 2012

Inventos que te facilitan la vida. Parte II

Las toallitas húmedas. Son una bendición. Un regalo de los dioses. Las mejores amigas de las madres. Esa manera que tienen de limpiar cacotas y pipís, manchas variadas, bocas pegajosas, manos impregnadas en mierda, pies playeros con arena incrustrada, zapatos polvorientos… A veces me pregunto cómo tuve que esperar a ser madre para descubrirlas… pero ahora ya nadie me podrá apartar de ellas. Y es que son como el Aloe Vera, que cada día una les encuentra una nueva utilidad. Ya no es que limpie con ellas los zapatos de toda familia –cuando los limpio, que es nunca-, es que limpio los muebles del Ikea, el carrito de la nena y todo lo que se me ponga por delante… Una bicoca, oiga.

Lavadoras. Si ya era terrible lavar los ‘pañitos’ impregnados en heces y orín, hacerlo a mano, debía de ser lo más. Y si encima hubieran tenido de hija a la pelirroja ‘todoloquetocolollenodemierda’ literal o figurada, tendrían muñones en lugar de manos.

Microondas. Cierto es que para muchas simboliza el mal en la tierra –entre ellas, mi madre que es de las que te persiguen con el cacillo en la mano argumentando a favor de la ‘candela’ de toda la vida y hablándote de la proliferación de las células cancerígenas que, al parecer, leyó en una revista de los 80-, pero ¿puede haber algo mejor en esta vida que calentar un bibi a las dos de la madrugada en 10 segundos? –vale, no hacerlo, pero si tienes que hacerlo ¿qué?- ¿Quién tiene narices a esas horas de atinar con cuál es la rueda de la vitro? Y si la vitro es digital ni hablamos, que mi dedo es dedo cadáver de madrugada y no acciona nada… ¿Y qué hay del prehistórico baño María? A mí madre le encanta este sistema y se queda mirando el cacillo con el potito dentro durante cerca de media hora como quien espera una aparición mariana mientras yo me voy endemoniando poco a poco.

Apiretal. No todo va a ser Dalsy, que el Apiretal también es un señor y, de hecho, a la pelirroja le va mejor aún. No hay fiebre ni resfriado que se le resista y a su lado todo es felicidad y algarabía.

Ascensor. Nadie se fija en ellos porque todo el mundo los tiene… menos yo, que vivo en un segundo sin ascensor y he de escalar por una estrechísima escalera por la que me veo obligada a subir carritos, bolsas de la compra, el (Frodo) bolsón de la nena y al pelirrojismo en sí, que ya va por los 17 kilazos y pico. Estoy por montar una tirolina desde la ventana…

miércoles, 27 de junio de 2012

Inventos que te facilitan la vida. Parte 1

Los pañales. Yo es pensar que tuviera que enfrentarme a esos ‘pañitos’ de antaño de los que hablan las madres antiguas con sus picos de plástico –que tenían que pegarse más que un vestido de polipiel de Bershka- que se impregnaban de todo mal escatológico, desbordándose de día y de noche… y me da un infarto cerebral. Porque digo yo ¿esos pañitos se metían directamente en la lavadora o se limpiaban antes con papel o algo? No puedo con mi vida…

El Dalsy. Si hay alguien que merezca un reconocimiento público, una estatua de bronce frente al Corte Inglés –qué digo de bronce, de oro macizo-, un Premio Príncipe de Asturias o un Nobel de la Paz, ése es el inventor del Dalsy, que tantas veces nos ha librado de noches en vela y de días de llanto infinito. No en vano, mi hermana jura que le donaría un riñón si lo necesitara y mi amiga Rebeca le ha escrito una oda, que canta a escondidas –para que su marido no la ingrese en la López Ibor- y en señal de homenaje surrealista cuando la fiebre llega a casa. Y no la juzgo, que yo estoy por escribirle un soneto alejandrino de doble rima...

El chupete. Vale que me voy a tener que gastar el dinero que ahorro para un Loewe Amazona en la ortodoncia de la nena, pero es que el chupete es, sin duda, la octava maravilla mundial… Esa manera de adormilarla, ese efecto silenciador inmediato, ese consuelo en las rabietas…Una joya, oiga.

El termómetro acuático. Que sí, que no vale para nada que no valga un codo experto y además le entra agua y se rompe a las dos semanas de comprarlo por muy caro que sea, pero ¿y la tranquilidad infinita que aporta cuando eres madre primeriza y temes escaldar al nene o provocarle una hipotermia -que ríete tú de la de Leonardo Di Caprio- y provocarle una neumonía terminal? Así que aunque tenga una vida limitada y luego te sientas ridícula de haber necesitado un pulpo con gigantocabeza para saber cuándo el agua estaba bien –que es una cosa de parvulitos- te da una tranquilidad que ni un Lexatin del 3.