1.- La madre agotada finge no serlo y trata de salir a la
calle peinada y maquillada, en el sentido más amplio de ambos términos y si
por peinar entendemos atusar y por maquillar, colorear. Así a una madre agotada
siempre le sobra colorete –por aquello de
que cree que aporta lozanía y buena salud-, lleva un ojo más pintado que
otro –nunca hay el mismo tiempo para dedicarle a ambos- y se le adivinan un par
de nudos en el pelo, bajo los ganchillos de anciana.
2.- Una madre agotada es incapaz de mantener una
conversación coherente de más de dos minutos sin levantarse una media de quince
veces para evitar que su prole se meta en algún lío o sin mezclar personajes e
historias en sus aportaciones e incluso sin cambiar brusca e inconscientemente
de conversación. Siempre y cuando no escuche el “no sabes con quién me acosté
anoche” de boca de una amiga soltera –ya no digo si es de una casada-. Ésas
son las palabras mágicas para hacernos reaccionar. Úsenlas sin miedo.
3.- Una madre agotada parece que piensa mucho o que tiene un
rico mundo interior. Mentira. Sólo está durmiendo despierta.
4.- Una madre agotada, además del norte, ha perdido la
vergüenza por muchas cosas, entre ellas por enseñar cacho, probablemente por el
exhibicionismo del parto o por el estrés de llevar varias cosas al mismo tiempo
sin demasiado éxito. Así, se agacha a cambiarle el pañal a la nena en pleno
paseo marítimo o se estira cual inspector Gadget para abrocharle el cinturón de
seguridad del coche a la sillita, sin importarle enseñar la retaguardia a medio
vecindario, aunque lleve braguitas de abuela.
5.- Las madres agotadas son las que más bailan en las bodas.
Lo bailan todo, hasta ‘Sopa de caracol’ -que ya son ganas de bailar- y se vuelven locas con el ‘Follow
the lider’, ansiosas, las pobres, tras meses sin una buena juerga. Este punto
me ha hecho pensar en las madres cincuentonas y abuelas salidas que siempre hay
en las despedidas de solteras con boys. Quién sabe, a lo mejor es sólo un paso
más allá de la madre agotada...