miércoles, 4 de abril de 2012

Cinco pistas para reconocer a una madre agotada

1.- La madre agotada finge no serlo y trata de salir a la calle peinada y maquillada, en el sentido más amplio de ambos términos y si por peinar entendemos atusar y por maquillar, colorear. Así a una madre agotada siempre le sobra colorete –por aquello de  que cree que aporta lozanía y buena salud-, lleva un ojo más pintado que otro –nunca hay el mismo tiempo para dedicarle a ambos- y se le adivinan un par de nudos en el pelo, bajo los ganchillos de anciana.

2.- Una madre agotada es incapaz de mantener una conversación coherente de más de dos minutos sin levantarse una media de quince veces para evitar que su prole se meta en algún lío o sin mezclar personajes e historias en sus aportaciones e incluso sin cambiar brusca e inconscientemente de conversación. Siempre y cuando no escuche el “no sabes con quién me acosté anoche” de boca de una amiga soltera –ya no digo si es de una casada-. Ésas son las palabras mágicas para hacernos reaccionar. Úsenlas sin miedo.

3.- Una madre agotada parece que piensa mucho o que tiene un rico mundo interior. Mentira. Sólo está durmiendo despierta.

4.- Una madre agotada, además del norte, ha perdido la vergüenza por muchas cosas, entre ellas por enseñar cacho, probablemente por el exhibicionismo del parto o por el estrés de llevar varias cosas al mismo tiempo sin demasiado éxito. Así, se agacha a cambiarle el pañal a la nena en pleno paseo marítimo o se estira cual inspector Gadget para abrocharle el cinturón de seguridad del coche a la sillita, sin importarle enseñar la retaguardia a medio vecindario, aunque lleve braguitas de abuela.

5.- Las madres agotadas son las que más bailan en las bodas. Lo bailan todo, hasta ‘Sopa de caracol’ -que ya son ganas de bailar- y se vuelven locas con el ‘Follow the lider’, ansiosas, las pobres, tras meses sin una buena juerga. Este punto me ha hecho pensar en las madres cincuentonas y abuelas salidas que siempre hay en las despedidas de solteras con boys. Quién sabe, a lo mejor es sólo un paso más allá de la madre agotada...

martes, 3 de abril de 2012

La matrona de pestañas azules

Las matronas son malas o por lo menos, lo parecen. No hablo de las que atienden los partos, ésas bastante tienen las pobres con los gritos y maldiciones que les echan las parturientas sin epidural. Hablo de las otras, de las que te reciben en los centros de salud y que suelen ser de las primeras que te hablan del embarazo y de los partos y que suelen tener la sensibilidad de una mesa de cocina.

La mía era rubia, de pelo crujiente a causa de sobredosis de espuma y con rimel azul en las pestañas. Ya eso me debió hacer sospechar. Una persona que sigue creyendo que el rimel azul es una buena idea no es una persona con criterio ni tampoco muy amiga de todo aquello que se haya inventado después de los 80’s y los richies del pelo eran otra muestra de ello. Pero yo era feliz con mi predictor de dos rayas y no tenía ojos más que para los póster de Anne Geddes y para las otras embarazadas, algunas en la recta final, que como yo, esperaban para iniciar las siempre surrealistas clases de preparación al parto.

El primer día, nada más llegar nos echó una reprimenda acerca de la puntualidad, a pesar de que era ella la que había llegado tarde y a partir de ahí entró en una espiral de violencia verbal de que la que ya no salió jamás, sobre todo, cuando se refería a algunas cuestiones peliagudas como la epidural, las cesáreas programadas, la lactancia artificial o el método Estivill.

Según parecía, aquéllas eran cuestiones demoníacas, de las que apenas si podía hablarse sin que la matrona o alguna de sus secuaces pseudohippies –que llevaban un pañuelo en el pelo como El Arrebato y se descalzaban en clase para poder tocarse los pies- se volvieran locas.

Nos hablaban de la cantidad de mujeres que se habían quedado en una silla de ruedas o medio lelas por la epidural, de las bondades de un parto natural sin medicación alguna, del destacado número de niños malnutridos a causa de la lactancia artificial que le procuraban “esas madres modernas y egoístas” o de la atrocidad de una cesárea programada donde “tantas y tantas” madres se habían quedado en el sitio…

Yo, como soy una cobarde, me coloqué en una esquina de la clase, asintiendo de cuando en cuando y sin decir esta boca es mía, no fuera a escapárseme que pretendía darle el biberón en lugar del pecho o que estaba negociando una cesárea programada -además en un hospital privado- y acabaran quemándome sobre el proyector de diapositivas ante los gritos enfervorizados de las tocapiés. 

Pero la ilusión prematernal y la paciencia sólo me dieron para asistir a la mitad de las clases –el pater duró mucho menos-, y al final sólo logré aprender a respirar -algo en lo que ya me inicié hace 33 años y con mucho menos estrés- y a cogerle auténtico pavor al parto, a la epidural, a los niños desnutridos de biberón y sobre todo, a las matronas de pestañas azules y nervios descontrolados…

lunes, 2 de abril de 2012

Días de playa y desengaños

Desde que se empezaron a vislumbrar los primeros rayitos de sol de la primavera, ésos mismos que luego fueron sepultados por un sobrecogedor frío invernal -que me sorprendió en manga corta mientras paseaba, entregada a la temporada estival- estoy que no vivo por ir a la playa. Y me imagino en una hamaca frente al mar, tomando el sol con aroma a bronceador de coco de fondo, escuchando de lejos el oleaje y los graznidos de las gaviotas y con una Coca cola Zero en una mano y una revista de moda en la otra…

Y despierto. Despierto –como de una bofetada de ésas que dan a los desmayados- y me acuerdo súbitamente de que mis días de playa ya no son así y que, aunque por algún extraño mecanismo de defensa psicológico siga creyendo que playa y relax son dos términos compatibles, la realidad es bien distinta y, por supuesto, mucho menos maravillosa.

Y entonces, como los ex combatientes de Vietnam de las películas, empiezo a airear traumas y a recordar todo lo que una vez quise olvidar… Y recuerdo que hace dos años que cambié la hamaca por una toalla cerca de la orilla –con sombrilla privada, qué cosa más triste- para que la nena –embutida en una camiseta de surfero para que no se achicharre- pudiera jugar con la arena mojada; recuerdo que ya no uso bronceador asesino con olor a coco para lucir moreno -y melanoma futuro- porque al rozar con él a la pelirroja podría hacerle quemaduras de tercer grado y he de conformarme con el color de enferma de los protectores de farmacia; recuerdo que ya no puedo leer revistas porque he de tratar que no se coma la arena o que no se la tire a los transeúntes a los ojos, aunque lo cierto es que no siempre lo consigo; recuerdo que ya no es posible escuchar a las gaviotas porque los gritos de la pelirroja traspasan la barrera del sonido; recuerdo que ya no puedo nadar sola hacia las profundidades marinas en un ejercicio de meditación porque he de sostener a la prole y tratar de que no se arranque los manguitos de Spiderman que una vez le mangamos al primo… y en definitiva recuerdo que los días de playa ya no son lo que eran y entonces no echo tanto de menos el verano, más bien lo espero con pavor, y hasta agradezco volver a rescatar los abrigos, qué quieren que les diga… No hay mal que por bien no venga.


POSDATA:
Como habréis podido comprobar, hemos sobrepasado las 10.000 visitas!!! Y en menos de dos meses y medio!!! Muchas gracias a todos los que seguís este blog, a los que compartís cada día los enlaces a través las redes sociales o a través del ‘boca a boca’ (los entendidos lo llaman boca-oído, lo del boca a boca, en realidad, es otro rollo), a los que ya os habéis registrado (un tirón de orejas a los que aún no) y a los que me ayudáis a que esta locura transitoria en la que me hallo inmersa desde que me inicié en la ardua tarea maternal no se convierta en una locura permanente… ¡¡¡Lo dicho, muchas gracias a todos!!!
Y para celebrarlo hemos creado (ya iba siendo hora) una página en facebook (http://www.facebook.com/hijanohaymasqueuna) y una en twitter (@Hijanohaymas) para que ya no podáis escapar de ninguna manera de las garras de ‘Hija no hay más que una’, que, además, estrena diseño nuevo -si es que lo que había antes podía denominarse diseño, pero entendedme, estaba taaan cansada-.  Hoy estamos que tiramos la casa por la ventana… Lo que dan de sí unas vacaciones de Semana Santa. Y eso que no han hecho más que empezar. Maremía.
¡¡Lo dicho, gracias a todos!!