lunes, 8 de octubre de 2012

Madre sí hay más que una. 26.- La madre del terrorista


La madre del terrorista es la única que no es consciente de albergar en su casa al mismísimo diablo, principalmente porque tiene un trastorno en la percepción de la realidad, así, cuando el nene llega al parque y reparte puñetazos y patadas entre los atemorizados niños, la madre del terrorista media en el asunto regañando a todos por igual ‘porque mira como le han dejado también los nudillos a mi niño con esas caras tan duras que tienen’.

La madre del terrorista no sólo no admite que su hijo sea la reencarnación del anticristo en la tierra ni siquiera cuando le ve la marca tras la oreja, sino que usa frases del tipo ‘mi hijo es que es muy nervioso, pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho’, mientras el niño golpea la cabeza del primo contra el frigorífico de helados de la cafetería.

Da la casualidad de que la madre del terrorista siempre está mirando para otro lado cada vez que su hija trata de matar a alguien, pero, curiosamente, siempre está mirando cada vez que alguna de sus víctimas se envalentona y le da un mini empujón, suficiente para que la madre del terrorista vaya a llamarle la atención y a inundar en besos a su cría presuntamente ultrajada, que se ríe por dentro con los ojos de loca de Cruela de Vil.

La madre terrorista se indigna ante las críticas de otras madres que, temerosas, tratan de abrirle los ojos para que ate corto a la bestia e incluso ante las indicaciones de las maestras que en las horas de tutoría les alertan del comportamiento maligno de su engendro porque ya se sabe que la maestra se lo inventa todo porque le tiene manía desde el minuto uno, que eso se nota.

La madre del terrorista es experta en regañar a niños ajenos porque han pegado un grito o no quieren tomarse la cena ‘porque nenas, a los niños hay que regañarles o se te suben a la chepa’, mientras el suyo le espurrea la comida en los ojos y trata de morderle la cara en un ataque de ira, ‘pero es que eso es porque está nervioso porque no ha dormido la siesta’.

(Nivel de identificación personal con la madre del terrorista 0 sobre 10)

Y repetimos:
Cada lunes, un nuevo modelo de madre en ‘Madre sí hay más que una’. Entendemos que son tipos muy puristas y que más de una podéis picar de varios a la vez, pero de cualquier manera, hagamos autocrítica y encasillémonos, será divertido!! Los que no seáis madres podéis encasillar a las vuestras, a vuestras hermanas, a vuestras amigas o a vuestras mujeres… que todo sea crítiqueo y algarabía. Eso sí, que conste que desde ‘Hija no hay más que una’ no queremos juzgar a ningún prototipo de madre, o no mucho al menos, así que, por favor, que nadie se ofenda que nos va a tocar a todas… pero entretanto, a divertirse!


viernes, 5 de octubre de 2012

Conclusiones del cumpleaños del primo Nachete


1.- No digas eso de que tu niña no come nada aunque no lo parezca porque antes de que puedas terminar la frase, la pelirroja se habrá jalado casi sin masticar cuatro nuggets, con la ansiedad de Falete después de una noche de juerga flamenca. Y encima te pedirá más.

2.- No te preocupes de que agredan a la niña en la piscina de bolas. Más bien, preocúpate de que la niña no agreda a alguien con un cabezazo mortal de esos que dejarían sin conocimiento a Poli Díaz –creo que éste no es un buen ejemplo- porque tendrás que rehipotecar la casa para poder indemnizar a los padres de la criatura condenada a una cabeza abollada de por vida.

3.- No pierdas de vista a la nena si no quieres que se apropie de un vaso ajeno de coca cola normal, se lo beba sin respirar y se pase el camino de vuelta a casa riéndose como Loreto Valverde -¿o era Marta?- y llegue como si le hubieran inyectado una sobredosis de adrenalina adulterada.

4.- Lleva siempre una bolsa de chucherías en el bolso si no quieres que la niña entre en bucle de violencia sin fin cuando sólo consiga dos gummies de manzana y un palote a la hora de romper la piñata y sólo porque los gummies de manzana no los quiere nadie. Ni siquiera ella.

5.- No te pongas esos vaqueros que te están estrechos ‘pero eso es porque están recién lavados y luego ceden’ porque te perforarás el intestino a la tercera vez que te agaches a quitar zapatos, poco antes de perder el aliento y caer derrumbada por falta de oxígeno en el cerebro.

jueves, 4 de octubre de 2012

De atropellos y otras vejaciones


Que tu hija salga llorando de cualquier sitio es lo más normal del mundo, sobre todo si es de armas tomar y tiene dificultad para asumir determinados conceptos como el de comer –algo que no sea Potitos-, recoger –dar puntapiés a la cabeza del nenuco hasta el cuarto no cuenta- y compartir sus más queridas pertenencias –léase un traje de princesas con un roto en los bajos, una tiara de los chinos o su bolso de Kitty relleno de braguitas y un tacón de gitana sin tapilla, como buena futura fetichista-.

Sin embargo el hecho de que saliera llorando de clase sí que me pareció raro, sobre todo porque fan fan lo que se dice fan del cole, no es, así que cuando suena la campana y sale cual vaquilla descontrolada del callejón, habitualmente lo hace dando carcajadas triunfales cual villana Disney.

Entre hipidos y sus habituales gritos ensordecedores, me contó que lo que le pasaba era que quería llevarse a Nuba a casa. En un primer momento y dado mi cuarto y mitad de lucidez, pensé que Nuba era una amiguita nueva con nombre rarísimo que se me iba a acoplar en casa más pronto que tarde, obligándome a hacer limpieza general para causar una buena impresión.

Pero no, la seño me explicó que Nuba era la mascota de la clase y que cada día se la llevaba un niño a casa a pasar la tarde y la devolvía a la mañana siguiente. Ante un primer grito de espanto, pensando en la posibilidad de tener un hámster o algo peor en un mi casa durante toda una tarde y dejarlo ahí, vivo, toda la noche para que se coma mis bolsos o se me cuele en la cama a morderme los pies y hacerse bolitas de caca en mi sofá, empecé a tener un ataque de alergia psicosomático.

Pero antes de que entrar en shock anafiláctico, la seño, que yo creo que va a pedir que la extraditen a Brasil con la pediatra, me explicó que Nuba era una muñeca de trapo, que es la protagonista del libro de texto de la nena, algo así como Samba –de Janeiro- del que ya os hablé hace tiempo.

La cuestión es que al día siguiente la niña salió con Nuba bajo el brazo, que, indudablemente tenía mejor cara que Samba –de Janeiro- porque fea es un rato, pero al menos estaba nuevecita y tenía los colores aún muy vivos y olía a gloria bendita.

Monté a la hiperexcitada pelirroja en el carro, con su muñeca de acogida temporal y salimos corriendo -para no perder la costumbre-, loca por llegar a casa no fuera a pasarle algo a la muñeca, como ya le pasó a Samba -de Janeiro- y la maestra se diera cuenta de que en realidad soy un desastre.

Y en esas íbamos, ya casi llegando, cuando miro a la nena y descubro que Nuba no está. Que ha desaparecido. Al pique de un repique de una apoplejía y de cruzar a la Comisaría para pedir que activaran todas las alertas, descubrí con horror que Nuba no se había perdido sino que en algún momento se le había caído al pelirrojismo y había quedado enganchada por una de sus gigantorejas a la rueda del carro, revolviéndose sobre sí misma un par de vueltas y siendo arrastrada cual forajido del oeste tras un caballo durante más de medio trayecto, con sus atropellos incluidos.

Hiperventilando de mala manera conseguí sacarle la oreja del eje de la rueda y desincrustrarle la cara del suelo, recuperando a la versión mulata, -qué digo mulata, negra intensa- de la muñeca antes conocida como Nuba en pleno ataque de ansiedad galopante. Y es que el pater me confesó más tarde que esa misma mañana había engrasado las ruedas ‘porque hacían ruido’. Me van a quitar la vida.

Como siempre que me pasan estas cosas llamé, buscando asesoramiento, a mi madre –dueña y señora de todos los secretos de lavado-, que se partía de risa al otro lado del teléfono, riéndose de mi desgracia hasta que le entró un ataque de alergia, no sin antes plantearme que llamara a mi hermana –que también es maestra de Infantil- por si podía conseguirme una muñeca nueva porque no se vende en tiendas y su esperanza en que la dejara como nueva era prácticamente nula. Ten madre para esto.

‘Que sí, que sí, que tu hermana puede cogerla de su colegio / ‘Pero mamá, si no sabemos ni siquiera si tiene una y además cómo va a hacer eso, ¿qué quieres que la despidan?’ / ‘Anda ya, con lo feísimas que son esas muñecas ¿quién va a querer eso? Y si no, que le dé el cambiazo y deje allí a la negra, que diga que es por la integración, ya verás como a los niños les gusta’ y más se reía la mala pécora.

Y yo, en estado de hiperactividad, dando paseos por la casa con la muñeca engrasada de arriba abajo, barajando opciones hasta que decidí meterla en la lavadora –a lo que me resistía porque las orejas tenían dentro unos alambres para moldearlas y tenía miedo de que no se pudiesen lavar, que Nuba no tenía ni una mísera etiqueta- y que fuera lo que Dios quisiera, eso sí, guardándome en la recámara la posibilidad de que mi hermana se jugara el puesto robándome una Nuba y si se negaba, retirarle la palabra y cambiarnos de colegio y domicilio y mudarnos a una plataforma petrolífera en el Golfo de México.

Pero hubo suerte y Nuba salió intacta, dejando de ser en blanco y negro para volver a ser colorida y, encima, oliendo a suavizante de Talco del Mercadona. Una maravilla, oiga. Y al día siguiente la llevé al cole bajo la promesa personal de que no volviera a entrar en casa ni Nuba, ni Samba ni su puñetera madre.

Y volví a mi hogar, feliz de ser una ama de casa, novata y advenediza pero con el prometedor futuro de una Bree Van de Camp cualquiera, hasta que abrí la lavadora para poner una nueva colada y una bola de relleno salió a mi encuentro, confirmándome que además de la mascarilla de barro, la muñeca infernal se había llevado una considerable lipoescultura.