lunes, 31 de marzo de 2014

Suegra sí hay más que una. 29.- La suegra desobediente


La suegra desobediente hace lo que le da la gana y cuando le da la gana, así si has quedado con ella a las siete para que venga a llevarse a los niños porque tienes una reunión importantísima de trabajo, no viene hasta las ocho 'pero que hijamía no te estreses que llegas a tiempo’ o a las seis para sentarse en tu salón  rodeada de trapos y juguetes que pensabas recoger antes de que ella llegara y descubriera que tu casa es en realidad una pocilga.

La suegra desobediente sabe que te gustan los niños vestidos con ropa clásica, pero cuando se ofrece a comprarle el traje para la comunión de la prima Encarni, te trae un vestido para chillar de feo, fuscia y morado con la cara de una muñeca XXL desde el cuello y hasta los bajos, acompañados de unas extrañas manoletinas deportivas con tres gigantogirasoles pegados en la pala que te invitan al suicidio.

La suegra desobediente no pregunta a nadie fechas ni horarios y compra entradas para llevar al niño al teatro un martes a las diez de la noche y, por supuesto, tú no te enteras hasta las ocho y media que se presenta en tu casa a recoger al niño. O se pasa el cumpleaños de tu madre –del que llevas tres semanas hablando- por el forro del abrigo y organiza una fiesta de pijamas de fin de semana con los nietos y tienes al tuyo cuatro días llorando.

La suegra desobediente sabe que no te gusta que la niña coma chucherías entre semana y cuando se la lleva a pasar la tarde a su casa, no es que le compre algunas en el kiosco, es que la niña llega con una gastroenterits de caballo y una bolsa de kilo y medio de gominolas italianas metidas en la mochila.

La suegra desobediente sabe que te gusta que el niño lleve el pelo semilargo al estilo de Nuevas Generaciones del PP porque ya habéis tenido varias conversaciones al respecto sobre ‘lo guapísimo que estaría con su pelo cortito y no con esas greñas’, pero el sábado que se queda con él para que tú y su hijo podáis ir a una boda, te lo devuelve con el peinado de Christiano Ronaldo ‘que ya sabes tú cómo son los niños y no me he podido negar’.


Cada lunes, un nuevo modelo de suegra en ‘Suegra sí hay más que una’. Es hora de sacar la lengua viperina que Dios nos ha dado, criticar, desahogaros y puntuar a la vuestra con nuestra típica puntuación del 1 al 10… Yo me abstengo, que para eso mi suegra es un primor –y me lee jajjaja-, pero vosotros podéis dejaros la bilis… No sé por qué me da que va a haber muchos comentarios anónimos… A criticar!!! Y que no se ofenda nadie, que esto es para divertirnos!!   



viernes, 28 de marzo de 2014

Cinco trucos para sobrevivir si eres (mala)madre

1.- Cuando tu hija empiece a lamer espejos en tu tienda habitual o estire el vestido de licra de nueva temporada de la percha como si fuera un chicle, haciéndole saltar un par de lentejuelas, o trate de sacarle un brazo al maniquí, huye. Sin mirar atrás. Y si alguien te mira pidiendo explicaciones di que no la conoces de nada. A tu hija luego le puedes explicar que era un juego para que no le queden secuelas, pero no te ablandes hasta la salida o hasta que las dependientas estén en modo corrillo.

2.- Cuando el niño llore, dale lo que quiera. Aunque sea el semanario de oro que te regaló tu abuela o un poco de uranio enriquecido que guardas en la mesilla de noche. Lo importante es que se calle y que no te taladre el cerebro porque si el llanto acaba por perforarte el hipotálamo ya no habrá marcha atrás y serás una madre verbalmente violenta de las que da mucha vergüenza de ver en acción fuera de un espectáculo de Los Morancos.

3.- Llena la nevera de Red Bull y el cajón de las medicinas de lexatines y altérnalos según requiera la ocasión. Que has pasado una mala noche y tienes que irte a trabajar con los ojitos güertos, híncate dos red bulles. Si luego por la noche no te puedes quedar dormida porque tienes los ojos como platos de la sobredosis de cafeína y taurina, tómate un lexatin... o dos. Lo más probable es que te dé un ictus, pero todo en esta vida no se puede tener. Hombre ya.

4.- Aprovecha para descansar o darte al ocio a la mínima ocasión que puedas. Eso de ‘voy a dar un spring y arreglo toda la casa a tope ahora que los niños no están’ no vale para nada. Los niños llegan y todo vuelve a ser un caos y encima estás de mala uva porque no has descansado un minuto. Finge que eres una neohippie que tiene que meditar o que la única limpieza y el único orden que importan son los interiores y date al tumbing lo que puedas.

5.- Cómprate más ropa que la que les compras a ellos porque tú no tienes previsto crecer más –a no ser que te abones a los Bollycaos- y las prendas te duran más de una temporada, así que en realidad es una inversión. Además, ellos pueden vestir como refugiados si total van a tirarse al barro, pero tú eres una buena moza que tiene que lucir bella. Y una madre bella es una madre feliz y las madres felices gritan menos. O al menos gritan más bajo. O sea, que en realidad lo haces por ellos...

jueves, 27 de marzo de 2014

La revolución silenciosa y otros engaños



Algunas cosas ocurren poco a poco, sin que nadie se dé cuenta, en plan rebelión silenciosa, como cuando empiezas acumular centímetros en las cartucheras y hasta que no tratas de embutirte en los vaqueros del año pasado y no te dislocas la muñeca tratando de abrocharlo no te percatas de que los donuts y las cañas, ésas que parecían que pasaban de puntillas por tu metabolismo, han pasado factura.

Pues eso es más o menos lo que me ha pasado a mí con mi vida social si es que a esto que tengo puede llamarse vida social, de hecho ni siquiera estoy segura de que esto sea vida, mire usted, que seguro que si Amnistía Internacional me viera por la mañanas lanzaba una campaña internacional a mi favor.

La cuestión es que yo ya era consciente del malvivir prácticamente desde que me cosieron el útero allá por el año 2009, pero me centraba más en esto del maldormir y del cansando acumulado y de la falta de tiempo para pintarme como una persona normal y no como un mapache borracho y hacer todas esas cosas que hacen las mujeres normales que no viven con un par de pelirrojos adosados a la cadera.

Pero lo que no me iba dando cuenta era de todas esos pequeños cambios que una iba haciendo en su vida y en sus costumbres paulatinamente con nocturnidad y alevosía y como sin darle mucha importancia, como si fueran cuestiones circunstanciales hasta que un día una va y se da cuenta de cómo son las cosas en realidad y entra en shock multiórgánico.

Así mis domingos de vinos y tapitas son ahora domingos de Burguer King –ni siquiera de McDonalds- con dos millones niños sudorosos dando corretadas a diestro y siniestro y pisándome los pies mientras yo me debato entre evitar que la pelirroja se descalabre tobogán de bolas abajo, hacer que Cigoto se duerma o masticar el pollo de plástico de la ensalada más triste del mundo como si lo hubiera hecho toda la vida.

O ir al cine pero no a ver películas aclamadas por la crítica, sino de dibujos animados infumables de albóndigas que caen del cielo o cuartas partes de cintas que ya eran malas en la primera entrega y encima compartiendo palomitas –alguna chupada me acabo comiendo- y haciendo viajes al baño cada cuatro segundos transportando como un sherpa los bolsos, los abrigos, las palomitas, los pelotazos y el alma en pena.

O ir a las tiendas dejándote los ojos en vigilar a los niños para que no acabéis todos en comisaría, en lugar de ir conociendo las nuevas tendencias y probándotelas con tranquilidad como una Paris Hilton venida a menos.

O ir a pasear cargada como un homeless neoyorquino, con el carrito a rebosar de posibles necesidades como biberones, mantas, mudas, pañales, potitos, zumos, yogures, el patín, juguetes… dejando cualquier atisbo de glamour con la bolsa de plástico de El Corte Inglés que llevas atada al manillar con la compra en plan señora viejuna de extrarradio.

Y lo peor no es que haga todas estas cosas. Lo peor es que ya me parecen normales y a veces, sólo a veces, me descubro reflejada en un escaparate con la cara de loca amenazando a la prole y me doy cuenta del asunto. Entonces, me pinto los labios con mi nueva barra de color fucsia, me hago la moderna y me compro un collar de esos que pesan seis kilos para dejar claro que no podrán conmigo.

Dos horas después, Cigoto ya se ha comido medio collar y la pelirroja es una masa fucsia toda ella y yo vuelvo a tener la cara de Carrie –la Bradshaw no, la muerta-  hasta que vuelvo a cruzarme con otro espejo que no esté borroso por las lamidas pelirrojiles.

Y así vamos.