lunes, 29 de diciembre de 2014

Propósitos para el año 2015


1.- No tener bigote. Cada vez veo a más madres con bigote, y no pelusilla inofensiva -en realidad ninguna pelusilla lo es- sino mostachón de señor con puro. Un drama. Y no las juzgo, dios me libre, que las criaturas igual no se miran al espejo desde 1997, pero dado el grado de 'personalidad' que han adquirido mis cejas a lo señor jubilado de pueblo, que ya ni se me ven las pestañas, no me extrañaría que la cosa fuera a más. De la barba, de momento, nos libramos. No sé por cuánto tiempo, la verdad.

2.- Gritar menos. O menos veces o menos alto. O insonorizar las paredes para que nadie descubra que aunque tenga un bolso nuevo de Bimba y Lola fabuloso y lea la Vogue con un cóctel, soy una verdurera con altas dosis de agresividad, de ésas que cuando salen a matar gente en camisón, los vecinos cuentan en el telediario que saludaba y eso pero que normal, normal no era y que lo cierto es que se lo veían venir.

3.- Dormir. Aunque sea contra el quicio de  la puerta fingiendo meditar cual monje tibetano o en la parada del autobús con la frente en el regazo de la paraguaya que cada mañana se bebe dos litros de mate como si acabara de llegar del desierto. La cuestión es recuperar tersura epidérmica y ganas de vivir.

4.-   Exorcisar a Cigoto aunque tenga que revivir al padre Karra e invitarle a una mariscada. Que salvarle la vida al pequeño Nicolás cada tres segundos, me deja al borde de la muerte por estrés y con el tic del ojo hiperdesarrollado. Eso sin contar la de kilos de harina, arroz, lentejas y sucedáneos que llevo barridos. Como tengo yo la espalda.

5.- Leer. Algo más que el prospecto de los medicamentos. Y lo que es más importante, enterarme de lo que estoy leyendo. Que luego una dice que se ha leído lo nuevo de Muñoz Molina, le preguntan que de qué va y parece una concursante de Mujeres y Hombres y Vicerversa queriendo hacerse la cultivada.

6.- Hacer deporte.

7.- Dejar de fingir que voy a hacer deporte.

8.- Tener un tipazo.

9.- No comer Oreo bañadas en chocolate cuando me deprima por no tener un tipazo. Y sin bañar tampoco.

10.- Ser feliz. Y me temo que será el único punto que cumpla. Otra vez.  A fin de cuentas, es de lo que se trata ¿no? Pues eso!

¡Feliz año 2015!
... Y bueno, ¿cuáles son los vuestros?

lunes, 22 de diciembre de 2014

La letra pequeña de la Navidad


La Navidad me está matando. Como en años anteriores desde que me di a la maternidad pero en peor. En mucho peor. Porque este año soy coja a tiempo parcial, porque este pie tullido lo mismo va bien, que se pone tonto y se me rebela y claro así no puede una entregarse abiertamente a la batalla campal de las compras y dice el traumatólogo que qué quiero, que por lo menos hasta dentro de dos meses no andaré bien. Como si yo tuviera dos meses.

Y además de esta cojera extraoficial, este año soy bimadre y no como el año pasado cuando metía a Cigoto en el carro y a volar. No. Ahora Cigoto es un ser independiente, que ambiciona hacerse con el poder mundial y esparcir toda su maldad allende los mares, dejando trastornados a dependientas, camareros y a sus consaguíneos que lo sufren en toda su plenitud. Que el otro día mi madre amenazó con dejarme tirada en los probadores infantiles de Zara, mientras la primogénita daba giros en leotardos –en solo leotardos- por media tienda –que se ve que su vergüenza es selectiva- y el hermanísimo le lanzaba botas de montaña a la cajera que las esquivaba la criatura escondiéndose tras el mostrador.

Pero no todo es cigotismo, también sufro a la pelirroja que está en plan Beyoncé y no admite que no se la escuche atentamente cuando canta por Elsa de Frozen y una se ve obligada a agudizar las trompas de Eustaquio como cuando hacía los listening de examen 1º de BUP con el miedo en el cuerpo a perder alguna estrofa o alguna de sus actuaciones memorables a leñazo limpio contra el mobiliario o sus transcendentales conversaciones surrealistas sobre los Reyes Magos o las preferencias alimenticias de los camellos en invierno. Una cosa muy de ibuprofeno.

Y todo mientras mi madre me apremia para que bajemos a comprar en una de esas sesiones maratonianas que a ella le gustan ‘que no veas el retraso que llevo por tu culpa’ –esto es, manda huevos, porque me partí el pie y no pude hacer de Lazarillo de Tormes dando bandazos con los ojitos güertos por El Corte Inglés-, o mis amigas dicen que qué pasa con las comidas de Navidad y las copas de después y la pelirroja tiene una calendario de belenes y cuentacuentos navideños y yo ni siquiera tengo una carta de Reyes que echarme a la boca. Como tengo el armario de raquítico.

Y por si no fuera poco, ahora me toca hace un trabajo manual para Nochebuena, un ‘amigo artesano’ que me inventé el año pasado para intercambiar con mi familia, cuando me invadió el espíritu navideño y la sinrazón, y que este año trataba de eludir. Así que en diez minutos libres que tenía entre la rotura de la puerta de la nevera que se me vino encima cual satirón de discoteca a la cinco de la madrugada y que ahora hay que abrir como si fuera una cámara acorazada, y limpiar la cocina para que Sanidad no nos cierre el chiringuito, decidí ponerme a hacer un huevo de chocolate.

La idea era mojar un globo en chocolate, dejarlo secar hasta que se pusiera duro y quitar el globo. Aparentemente sencillo. Aparentemente. El primero nos quedó – y uso el plural porque la pelirroja huele trabajo manual y se me adhiere a la cadera- tan fino que se partió cuando le quitábamos el globo, así que el segundo lo empapamos con una capa de medio centímetro de grosor de chocolate fondant y antes de poder posarlo en el plato, me explotó en la cara. En toda la cara. Toooooda. Y después de dejármela como si hubiera metido la cabeza en el cuenco, con los ojos pegados de pegotones, los restos del globo siguieron volando como poseídos, esparciendo pegotes de chocolate como un aspersor y dejando al pater y a la pelirroja cual dálmatas y a la cocina para que viniera la ‘maga riego’, que diría mi abuela.

Pero sin perder mi nuevo rollo slow –esto es la misma mala leche, pero metiéndola para adentro- me fui al baño a quitarme las plastas no sin antes encontrarme a Cigoto en el pasillo, que había logrado abrir tres botes de témpera y se los estaba jalando a dos manos con la cara verde manzana con trazos bermellón.

Si yo lo único que quiero es ponerme un vestido de lentejuelas, hacerme un moño italiano de señora y darme a la bebida de garrafón… Vida perra.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Las vergüenzas



Imagino que es la preadolescencia temprana pero a la pelirroja la vergüenza la invade toda. Que digo yo que es lo que tiene el pavo anticipado, que lo mismo te pides un sujetador de encaje para los Reyes, que huyes a tu cuarto a esconderte bajo la cama a mirarle a los ojos a los pelusones cuando vienen las visitas.

Aparentemente esto no sería un problema tan grave, no tan grave al menos como que Cigoto –ahora también conocido como el Pequeño Nicolás- trate de meterse en el horno hipnotizado por su luz interior o que me lance botellas de cocacola a los pies para que las esquive, como si fuera una trampa de un templo de Indiana Jones.

Pero no, lo de la pelirroja es igual de grave porque que venga tu tía a medirle los bajos del pantalón del chándal y la niña esté encerrada en el baño con pestillo y todo como si acabara de venir candiman, pues tampoco mola. Porque una a la que esto de la maternidad le saca lo peor de sí como las colas de los supermercados y las teleoperadoras incombustibles, se debate entre los diálogos civilizados para quedar bien delante de las visitas o la locura extrema nivel ingreso permanente, a través de la puerta como un negociador hasta que la niña sale, con su cara sonriente y sus ojos cándidos a saludar escondida entre sus tirabuzones sin decir una sola sílaba.

Más complicado es en la calle, que cuando alguien le dice lo guapa que es o le pregunta como se llama, contesta con un susurro como una niña en camisón llegada del más allá y antes de que le contesten, se me coloca rauda y veloz detrás de mi espalda, con la cabeza incrustada en mi rabadilla, al borde de partirme la columna, que de hecho la gente que me ve por delante y que cree que voy sola, dada la anchura vil de mis caderas, queda mitad aterrada mitad asombrada ante mis saltos espontáneos fruto de los envites de la primogénita.

Lo peor es que ahora que el frío azota la ciudad y llevo el abrigo del Hobbit conmigo, la niña se me mete dentro haciéndome parecer un centauro, con lo poco que me gustan a mí los centauros y lo poco que me favorece a la figura. Vamos, que casi la prefería cuando enseñaba el culo a los transeúntes.

PD. Que no se alarme nadie, que en cuanto coge carrerilla y pierde el pánico escénico inicial a lo Pastora Soler, atormenta a la gente con su repertorio de canciones de la madre Petra y Frozen y sus exhibiciones de presunto baile regional a ritmo de la Niña de Puerta Oscura... Ahí es nada.