lunes, 9 de abril de 2012

Madre sí hay más que una…

Al igual que ocurre con los niños, también existen madres para todos los gustos y preferencias que una, tras la experiencia de tratar con ellas –en la guardería, en el médico o en la planta baja de Zara- va clasificando en diferentes subgrupos con los que simpatiza en mayor o menor medida, y entre las que se encuentran las madres entregadas -o de la Fundación Madre Coraje, que diría mi amigo Dani- de ésas del “no era nada hasta que parí y ahora lo soy todo”; las madres moennas –de ésas que llevan a los chiquillos en rarísimos cochecitos suspendidos en el aire, que les leen versiones adaptadas de la Metamorfosis de Kafka y les guardan un fondo para el psicoanalista-; las falsas malas madres –que quieren a su prole más que a nada, pero que están fritas por darle esquinazo a la primera de cambio-; las madres viejas o abueladas –de ésas que visten a sus hijos como a niños muertos de películas de miedo con ropa de mercería de barrio y no les dejan subirse a los columpios, ni ensuciarse, ni comer chucherías, ni vivir tranquilos- las falsas madres perfectas –que siempre lo hacen todo bien, que llevan el pelo planchado y a sus hijos impolutos, pero que les colocan unas bermudas sin leotardos en pleno invierno mientras ellas pasean con sus chaquetones de pelo beige-; las madres perfectas de verdad –a las que odiarías a muerte si no fuera porque las perracas, además, son un encanto-, o las madres neohippies, de ésas que quieren partos naturales sin intervención médica, que no creen en las vacunas ni en la medicina tradicional –o sea, la única-, que dan el pecho hasta los siete años, que no llevan a sus hijos al cine –para acabar con el americanismo y otros muchos ismos muy importantes todos- que llevan a los chiquillos con ropa de lino reciclada, chanclas artesanales y rebequitas colombianas, envueltos en un trapo retorcido que se cuelgan como las madres africanas, pero sin gracia, y con el que presumen de ser madres naturales y fabulosas… (a ésas no las puedo ni ver).

La tipología es tan amplia y hay tanto que decir de cada subgrupo que no veo otra solución que la de escribir un artículo sobre cada tipo de madre o al menos de los tipos más abundantes, con la idea de ayudaros a saber con quién os enfrentáis en la sala de espera del pediatra, donde un mero desliz al elegir la conversación puede resultar una afrenta mortal.  Aún recuerdo cuando bromeé con aquella neohippie tocapiés sobre la posibilidad de patentar un útero de plástico donde engendrar a nuestros hijos. No me pegó porque era pacifista, pero poco le faltó.


NOTA: Ojo, no están todos los tipos de madre!! Hay muchos otros! Ésta es sólo una introducción a la nueva sección 'Madre sí hay más que una'. Cada lunes, un tipo de madre! Y por supuesto, se admiten consejos y sugerencias!! Gracias!!!

viernes, 6 de abril de 2012

Cinco grandes mentiras sobre el embarazo (Parte II)

Los nueve meses de embarazo pasan sin que te des cuenta. Hombre, si te inducen el coma cuando te haces el predictor y te reaniman a la hora del parto o si te atan a una cama y te mantienen sedada con cloroformo en cantidades industriales o si puedes viajar en el tiempo entonces sí, es posible. En cualquier otro caso, no. Vives y sufres cada uno de los días. Y son diez, diez meses, no nueve, leñe.

Poner música clásica a tu bebé en la barriga le tranquilizará cuando nazca. Me pasé los diez meses con Mozart incrustado en el ombligo y al nacer, la nena sólo se dormía con La Morena de mi Copla, de la Piquer. Lo juro.

Si cuidas tu alimentación no tienes por qué coger más de 8 kilos. No, si tener por qué, no tienes, pero los coges. Yo me pasé el embarazo a vomitonas limpias, aderezadas con algo de proteínas, fruta y verdura y pillé más de 20 kilos, de los que tras el parto sólo perdí tres. Ahí lo llevas.

Cuando ves tu primera ecografía cambian tus prioridades. ¿Cuándo ves, qué? Ahí no se ve nada. Y quien diga lo contrario miente y, seguramente, lo hace para que el ginecólogo le deje vivir y no siga atosigándole señalando la pantalla. Yo lo hice.

Si tienes la barriga baja es niño y si la cuchara cae bocabajo, niña. ¿Es una broma? ¿De verdad alguien lanza la cuchara?

jueves, 5 de abril de 2012

Mi niña es una choni

Para una madre adicta a la moda, que se estudia la Vogue desde tiempos inmemoriales –ahora sólo la mira y con un ojo en los tres segundos libres que le quedan al día- y que se traga todos los desfiles nacionales e internacionales con la misma emoción que si estuviera en el cine, con un bol de palomitas y una gigantococacola Zero, tomando incluso apuntes –especialmente sobre los vestidos que ha decidido que se pondrá el día en que finalmente la inviten a los Óscar- y que se sabe al dedillo las nuevas colecciones de las grandes marcas low cost –cuyas dependientas ya la llaman por su nombre, le guardan gangas y le preguntan por la familia- tener una hija choni es un drama. Qué digo un drama, una tragedia. Una tragedia de las gordas.

Al principio de los tiempos, cuando su mayor interactuación con el mundo era babear y lanzar bocanadas de leche cortada a quien la cogiera, la pelirroja se dejaba poner de todo: capotas de piqué, faldones hechos a mano, vestidos con encajes y rebecas con puntillas y todas las maravillas del arsenal que, como madre a priori entregada, le había preparado para pasearla por la ciudad como digna hija de su madre.

Sin embargo, a medida que la nena iba acumulando neuronas y carácter, empezó a ponerle pegas a según qué ropa y a pedir explícitamente ponerse algún vestido concreto, antes incluso de empezar a hablar y a mí como aquello me parecía algo muy pizpireto y gracioso, pues la consentía. Total, toda la ropa que tenía era bonita por lo que igual daba el vestido de cuadros que el de lunares, el de piqué que el de algodón orgánico, la niña se quedaba contenta y yo me ahorraba un buen rato de infructuosas negociaciones.

Pero claro yo, cual madre lobotomizada, no contaba con la llegada de la guardería y con ella, la entrada en el armario –¡oh, qué profanación!- de chándales variados, sudaderas, camisetas de deporte, pitillos de colores, calcetas, tenis de velcro y otras muchas prendas espeluznantes que, como no podía ser de otra manera, enamoraron a la pelirroja desde el primer momento para desgracia de su madre y de todos los defensores del buen gusto.

En una de nuestras negociaciones -absurdas pero tan tensas como las de Gaza- acordamos –o acordé yo sola, mientras ella se sacaba un moco, porque además de choni es un poco cochina- que por las mañanas ella podría elegir la ropa para ir a la guardería, ya que allí parece ser condición ‘sine qua non’ ir hecha un cromo y entiendo que la pobre no puede enfrentarse a un día de pintura de dedos y carreras de saco con un vestido de Pili Carrera, así que ella se pone el chándal por la mañana, combinado cómo quiera -y creedme que es capaz de las mayores atrocidades textiles, de ahí que ahora sea el pater quien la lleve al cole y no yo- y una servidora mande en el vestuario para el resto del día o para los eventos que se aparten del micromundo de la guardería.  

No tengo claro si es que no entendió los términos del acuerdo o si directamente me vacila, pero cada vez que toca vestirla, y antes de que yo pueda reaccionar, me abre armarios y cajones hasta dar con la camiseta más terrible de todas -fruto del regalo de un bienintencionado enemigo de la moda o de la herencia de alguna amiga, que seguramente también la detestaba porque esas abominables prendas siempre están casi sin estrenar- llena de lentejuelas y florituras, cuanto más fluorescentes mejor y si puede tener una muñeca con pinta de prostituta, entonces el éxtasis está asegurado.

Y así vamos, luchando. La mayoría de las veces, peleo y la visto de niña bien al módico precio de unas gominolas o de ir andando en lugar de en el carro, pero otras pocas veces, claudico, sobre todo cuando la lleva el padre, y sale a la calle a medio camino entre una indigente loca y una María Isabel cualquiera, pero radiante de felicidad.

Lo peor es cuando vamos a los chinos y se lanza a por los pseudovestidos de fiesta con lazos, tules y mucha purpurina que suelen vender en la parte trasera del local y los abraza fuertemente mientras me mira con la mirada de choni dulce, ansiosa por llevárselo a casa. A veces he estado tentada de comprarle uno para jugar en casa. Total, por 10 euros que cuestan, qué disfrute. Pero luego recapacito y la veo vestida de dama de honor pekinesa camino de la guardería y por ahí sí que no paso... Al menos, de momento.