domingo, 10 de marzo de 2013

Regalos, sobornos y otras maravillas


A ver, a mí me gustan los regalos y me gustan más que a nadie de este mundo mundial, de ahí que no sólo me muestre súper efusiva cuando alguien me compra algo, sino que también y para no tener que esperar a que esto ocurra, soy de comprarme a mí misma cositas bonitas cada vez que puedo para calmar mi ansia consumista… todo lo que mi maltrecho bolsillo a causa de la crisis del demonio puede permitirse… que no es todo lo que quisiera. Ay.

La cuestión es que desde que este blog empezó a darse un poquito a conocer –gracias a vuestra inestimable ayuda e interés, amores míos- algunas marcas me han ofrecido algún regalito para la pelirroja o para el cigoto que está por venir a volverme loca del todo, pero una por aquello de no estar acostumbrada a estas cosas y por no ver muy claro cómo dar el agradecimiento en este blog sin hacer un post coñazo sobre el tema, restándole parte de su propia identidad a este blog –que más que un blog en una columna online con fantásticos seguidores- me negué siempre. Y me quedé sin regalitos.

Y bueno, no lo llevaba mal del todo hasta el sorteo, cuando vi tanta cosa bonita y que ninguna sería para mi persona, así que tras un ataque de envidia nivel hermanastras de Cenicienta he decido crear una nueva sección que se publicará los domingos, con la idea de no afectar a la publicación diaria de post y a nuestra rutina habitual, que se llame ‘Regalos, sobornos y otras maravillas’, con la idea de dejarme sobornar –al estilo Cuore- por algunas marcas –no por todas, oiga, sólo por las que tienen ‘bonituras’- y tener un espacio para poder agradecérselo a boca llena…

Así que ya sabéis, todo seguirá igual, pero si recibo alguna propuesta de soborno que mole, habrá post el domingo, un post extra, contándoos qué regalito nuevo tengo, sus características y los primeros usos que el pelirrojismo, el cigoto o yo podremos darle, que seguro que será caótico, como nosotros…

Pues eso es todo. Quiero regalos. Muchos. Bonitos. Prometo ser agradecida. De hecho, voy a escribirle a Loewe, que ahora que va a cambiar la cúpula igual me mandan un Amazona… Puestos a pedir…

viernes, 8 de marzo de 2013

Cinco maneras de enfrentarse a la humillación pública


Una lectora me pedía ayer que explicara las diferentes maneras que tengo de enfrentarme a las humillantes situaciones protagonizadas por la pelirroja y lo cierto es que estuve dándole vueltas toda la tarde en busca de las maneras más habituales que tengo de atajar estos asuntos, concluyendo que no tengo ninguna. Ninguna buena quiero decir. Pero básicamente me muevo, de manera inconsciente, entre las siguientes actitudes frente a la vergüenza y el sonrojo maternal.

1.- Huyendo. Esto es poco práctico si la persona afectada por la poca vergüenza pelirrojil mantiene o mantenía una conversación conmigo, pero siempre podemos tirar de alguna excusa lamida tipo, 'Perdone pero es que la nena se hace pis y no me fío ni un pelo'. El que se lo crea o no es lo de menos, la cuestión es huir lo más rápido posible, así que da igual usar lo del pis que un viaje de Misiones a Uganda, la cuestión es salir pitando de allí.

2.- Fingiendo ser sorda. O rumana. A mí se me da muy bien hacer como que no he oído lo que la niña ha dicho habitualmente haciéndome la distraída mostrando una atención desmesurada sobre un graffitti callejero que pone 'te quiero, peke' o sobre los horarios de guardia de la farmacia,  la cuestión es que los demás crean que no has oído nada. El problema es que la niña también lo sospeche y le dé por repetirlo. En ese caso, huir sin mirar atrás.


3.- Regañarle por lo bajini. Ésta es probablemente la peor de las opciones que tenemos. Por un lado, está bien para que tus conciudadanos vean que eres una madre responsable y formal que trata de educar a su asalvajada prole, pero por otro lado no harás sino aumentar la afrenta, ya que la nena justificará sus actos argumentando y repitiendo la frase en cuestión hasta el infinito y más allá. Si eres una persona medianamente empática, no querrás que la víctima se entere -o vuelva a enterarse- de que tiene el culo muy gordo o que huele muy mal. Lo mejor hacer la vista gorda.

4.- Cambiar de tema. Todo niño tiene un tema que le apasione, que bien puede tener que ver con los nombres de los Pokemon -más complicados que los de los Reyes Godos-, con el ranking de qué princesa Disney es más guapa o el siempre infalible '¿qué regalo vas a pedirte para tu cumpleaños?'. Lo normal es que entren en verborrea imparable y ya no haya espacio para más declaraciones desvergonzadas. 

5.- Si todo lo demás falla o no encaja con el momento del mal rato vivido, siempre puedes recurrir a la última opción, la de fingir no sólo que no eres su madre sino que ni siquiera la conoces. Un rápido movimiento de cadera podrá aislarte de la situación de peligro y mantenerte a salvo entre las faldas de nueva temporada hasta que el peligro haya pasado. La nena lo entenderá y si no, siempre le quedará el psicólogo. Esto es la guerra.

jueves, 7 de marzo de 2013

Los niños pobres


La pelirroja ha salido caprichosa como su madre y cuando digo caprichosa me refiero a consumista voraz o, por lo menos, a su intento de serlo y cada día se me para ante todo escaparate que contenga cualquier cosa que llame su atención, ya sea un disfraz de lagarterana, la Barbie gimnasta de mallas plateadas o la nueva colección de primavera de cualquier tienda hortera donde el fucsia flúor y la lentejuela sean los protagonistas.

Y yo tengo que negociar con tiento como si lo hiciera con el comandante jefe de las FARC porque si no uso las palabras adecuadas y en ocasiones -sí, lo sé, soy lo peor- alguna falsa promesa que luego se le olvide al cruzarse con el próximo escaparate, es capaz de entrar en estado epiléptico y representarme el dos de mayo de camino adónde quiera que nos dirijamos y eso agota. A mí y a los que están alrededor.
A veces, negociamos que le compro un regalito si recoge todos los juguetes, si se porta bien en la consulta del pediatra o si se pasa la tarde con su primo Ale sin pelearse ni una sola vez y entonces me la llevo a cualquier chino y le compro cualquier porquería con la que la tengo contenta y entregadísima un par de horas.

El problema es que la nena que no es tonta y entiende de transacciones comerciales más que el mismísimo Bárcenas, le ha dado por regatearme cual marroquí del zoco pero en macrosuperficie china, que mejor que un libro de colorear, dos, y un paquete de ceras o un bate de beisbol de plástico o una pintura de uñas con purpurina o tres libretas de las princesas y todo es un ir y venir de tiras y afloja.

Así que no me quedó otra que tener una larga charla con ella y explicarle que todo no se puede tener -me recordaré esto cuando llore frente al escaparate de Louis Vuitton-, que con el dinerito hay que comprar muchas otras cosas como comida y la casa y muchas facturas y que hay niños que no pueden comprarse nada porque sus papás no tienen dinerito y que son buenos y se conforman aunque no tengan regalos ni puedan comprarse helados ni los yogures que les gustan. '¿Y no comen, mamá?' Y ahí le vi un brillo en la mirada como de lampar por la miseria y evitar guerras gastronómicas, pero yo fui más hábil y le dije que sí que comían, pero no potitos de los buenos como ella, sino que tenían que comer lo que había y que costara menos dinerito.

Aquello debió de calarle hondo porque desde entonces me tiene soltando monedas a toda estatua viviente o cantautor venido a menos que nos encontramos por la calle 'pa loz yogurez, mamá' y claro, no puedo decirle que no, que para eso la he concienciado yo del drama social y ahora tengo que pagar mi pena.

Pero eso no es lo peor, ni mucho menos, ni siquiera teniendo en cuenta que todas las estatuas humanas del centro de Málaga nos hacen reverencias a nuestro paso, sabedoras de que somos sus nuevos mecenas... Lo peor es que ahora la niña no se saca de la cabeza lo de los niños pobres y no para bien precisamente...

El otro día le compré un potito de un sabor al que no suele hacerle mucha fiesta, pero era el único que le quedaba a la farmacéutica y era eso o que no probara comida en el restaurante al que íbamos, así que lo cogí y  mientras la nena procedía a comérselo con el pater fui al servicio a lavarme las manos y antes de llegar escuché su voz gritona que vociferaba 'Ezte no ez, papá, ezte eztá malo y ez un potito de niñoz pobrez, de los maloz, ez de niñoz pobrez, papá'.

Y no supe si salir corriendo a amordazarla con una servilleta y explicarle a los comensales de qué iba aquello o esconderme en el servicio hasta el día de juicio final. 

Sobra decir que opté por lo segundo. Por eso y por dejar de generarle conciencia social. Mejor así.