lunes, 3 de junio de 2013

Madre sí hay más que una. 54.- La madre embarazada


La madre embarazada tiene la cabeza más perdida que de costumbre lo que sumado a que está más cansada que nunca, hace que deje que su prole se asalvaje cada día más y se dedique a jugar con sus dvds de culto como si fueran platos para apoyar la plastilina con tal de tener treinta minutos de silencio en los que hacerse la muerta en el sofá, disfrutando a solas de sus ardores y su esófago abrasado.

Pero claro, las hormonas propias de la gestación hacen que también esté más bipolar que de costumbre por lo que lo que hoy es divertido y pasable, mañana es un ultraje y una situación digna de poner el grito en el cielo, volviendo a los chiquillos más locos que de costumbre.

La madre embarazada se queja más que habla, primero por las náuseas, luego por los ardores y luego por no poder moverse con la gigantobarriga, mientras la prole acaba por compadecerse de ella y dar un poco menos guerra de la habitual, mientras ella sigue maldiciendo por las esquinas.

La madre embarazada es como un elefante en una cacharrería y cualquier tarea normal y propia de la maternidad se le hace eterna y casi imposible. Así, poner a hacer pis a la nena en un bar sin enseñar el culo al respetable es casi imposible porque cerrar la puerta y quedar ambas atrapadas en el miniespacio es intolerable, así que aboga por dejarla abierta y mostrar sus nuevas anchuras sin contemplaciones.

La madre embarazada adquiere nuevos talentos una vez que su cuerpo empieza a tomar unas dimensiones importantes como el ‘pie gancho’ con el que coger las cosas del suelo sin tener que doblar el espinazo o el lanzamiento a lo Gasol para lanzar los kleenex a la basura sin tener que arquear la espalda y luego, fingir que no ha visto que ni uno solo ha caído dentro.

La madre embarazada emite nuevos y guturales sonidos cada vez que se levanta o se agacha y que suena a orco de las cavernas, para terror de la nena, que viene corriendo a ver si se le va a salir el hermano por las orejas, pero es que dado que la barriga es un caparazón de tortuga gigante del Pacífico que no se dobla, ponerse en cuclillas es además de un deporte de riesgo una tarea imposible, máxime cuando tu centro de equilibrio se quedó en la segunda raya del predictor.

(Nivel de identificación personal con 'la madre embarazada' 10 sobre 10)

Y repetimos:
Cada lunes, un nuevo modelo de madre en ‘Madre sí hay más que una’. Entendemos que son tipos muy puristas y que más de una podéis picar de varios a la vez, pero de cualquier manera, hagamos autocrítica y encasillémonos, será divertido!! Los que no seáis madres podéis encasillar a las vuestras, a vuestras hermanas, a vuestras amigas o a vuestras mujeres… que todo sea crítiqueo y algarabía. Eso sí, que conste que desde ‘Hija no hay más que una’ no queremos juzgar a ningún prototipo de madre, o no mucho al menos, así que, por favor, que nadie se ofenda que nos va a tocar a todas… pero entretanto, a divertirse!

viernes, 31 de mayo de 2013

Los preparativos para el advenimiento cigotil


Soy una persona organizada a niveles patológicos o al menos intento serlo y para ello cuento con una libreta de Jordi Lavanda para hacer muchas listas -a veces hago listas de las listas entrando en un bucle enfermizo- y tengo dos agendas y eso que soy una mujer parada con pocas citas importantes. Así que ya os podéis  imaginar la que traigo liada con el advenimiento del cigoto, preparándolo todo con toda la rapidez de la que soy capaz y a escondidas de la pelirroja, cuyo aliento noto detrás de la oreja cada vez que me dispongo a hacer algo relacionado con el hermanísimo y que, por supuesto a ella le parece lo más interesante del mundo. En cualquier caso, mis tareas de estos días son las siguientes:

1.- Limpiar la casa. O al menos lograr que aparente estar limpia de cara a las futuras visitas que la invadirán una vez que cigoto vea la luz. Así que me propongo hacer una tarea desagradable al día, esto es, limpiar las ventanas, por supuesto, justo el día antes de que llueva y yo entre en cólera, ordenar los armarios, algo que me encanta si no fuera porque la pelirroja me persigue y se prueba a escondidas toda mi ropa y luego la hace bolas y la estampa al fondo del cajón para 'ayudalme', limpiar las puertas y sentarme y levantarme del suelo haciendo ruidos propios de un orco y otros muchos trabajos poco agradecidos. Al pater por su parte lo tengo como empleado a tiempo parcial 'estrosaíto' limpiando como yo -he de reconocer que a él le dejo las tareas más complicadas para mí o las que más detesto por manías personales- y además demostrando sus dotes con el bricolaje para que luego me deje los montajes cojos -el hecho de que siempre sobren tornillos me mosquea especialmente- y la casa aún más sucia que antes, que es lo que tiene jugar con cajas, poliespanes y taladradores, que de todos es bien sabido que los carga el diablo.

2.- Preparar las cosas de cigoto. Seleccionar, lavar, planchar y posteriormente esconder del pelirrojismo todo el universo textil del cigoto, esto es, ropita, sábanas para el coche, la cuna y la minicuna -no entiendo por qué no miden todas igual o llevan un letrero grande que ponga 'CUNA' y que le facilite la vida a una madre agotada e inútil como yo-, las toquillas, los arrullos y demás cosas que finalmente no usaré que para eso vivimos en Málaga y en su epicentro de calor infernal, pero que he de preparar para no volverme muy loca al final.

3.- Pintar la casa. Bueno yo no, sólo me faltaría para morir de agotamiento. Sé que esto es una locura fruto de un intenso síndrome del nido, pero es que es ver llegar la fecha del parto y verlo todo tan pocilguero que no puedo con mi vida. Así que vamos a pintar al menos el salón para que las visitas crean que toda mi casa está igual de impoluta.

4.- Hacer las galletas de fondant de recordatorio para el nacimiento. Que conste que sólo las he hecho porque estaría feísimo no hacérselas al cigoto cuando se las he hecho a otros recién nacidos que, aunque amados míos, no me salieron del útero, pero es mirar el fondant y tener ganas de lanzarlo por la ventana junto al rodillo y a las pocas fuerzas que me quedan. Para hacerlas a escondidas de mi primogénita y de mis ganas de hacer las cosas bien, me han salido bastante monas. Igual luego pongo una foto en el Facebook sólo para recibir piropos. Aunque sean fingidos.

5.- Sesiones de belleza. Y cuando digo belleza, me refiero a un mínimo de adecentamiento para a) no asustar a nadie en el hospital por si acaso me ven sin pintar b) sentirme menos calluna cuando desaparezca la gigantobarriga en pro de la barriga blandiblú desorientada que ya tuve cuando nació el pelirrojismo c) no morirme de pena cuando me vea reflejada en el espejo del hospital con los pelos de Iñigo Montoya. Así que tengo cita con pedicura, manicura y cejas y además me he comprado una sombra de ojos color fiestero-choni para iluminar la mirada y que nadie note que me acaban de rajar el útero. La mar de bien.

Y entre todo esto, tengo que lidiar con un pelirrojismo hiperactivo -es lo que tiene el calor y las ganas locas de ver al hermanísimo-, un resfriado atascado en la nariz y en los oídos, un cansancio nivel 'alguien me ha envenenado'  y muchas pero que muchas ganas de hacerme la muerta.

Ay.


jueves, 30 de mayo de 2013

Talentos dudosos


Siempre me he quejado de no ser una chica talentosa de ésas que saben tocar el violín o bailar danza clásica o hacer el pino puente o cantar por columbianas antes de desayunar y sin despeinarse y que encima suene bien... Yo no sé hacer casi nada y mucho menos nada que tenga que ver con un rollo artístico y no porque no lo haya intentado porque ya os he contado alguna vez que quise ser cantautora atormentada y mi padre me compró una guitarra y me apunté a clases con un heavy gordo que jamás logró sacarme una nota afinada y que no me podía ni ver y  que también me apunté a clases de baile flamenco con un conocido bailaor malagueño que a punto estuvo de echarme del local a patadas antes de que se lo echara yo abajo a base de manotazos y vueltas mal cerradas que amenazaban con tirarle alguna que otra pared...

De hecho ni en las conversaciones surrealistas que manteníamos a la hora de comer en un periódico donde trabajé muchos años encontré ningún talento friki en mi persona que poder contar como los de mis compañeros que sabían lamerse la nariz con la lengua o dar la trecha o echar aire por un ojo o cualquier otra estúpida habilidad molona que poner en el curriculum de majaras.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte estoy descubriendo un mí un talento innato que si bien no es tan molón como meter la cabeza entre los codos en plan contorsionista sí que deja asombrada a la plebe y es que además de poseer una habilidad especial para hacerme con todo virus ajeno que pase a mi alrededor soy capaz de estornudar hasta 10 veces seguidas en menos de 10 segundos sin ni siquiera tragar saliva.  Una eminencia del estornudo, oiga.

Y es que aquellos mocos de los que os hablé que había pillado la pelirroja y que sólo fueron mocos sin más resfriado ni neumonía ni otitis ni gripe ni ninguna de esas cosas fabulosas a las que nos tiene acostumbrados, han decidido mudarse a mi organismo y ahora, la nena está casi perfecta y yo estoy hecha una ruina, estornudando en bucle infinito y a la velocidad del rayo, goteándome la nariz incluso dormida, que me tengo que poner un tapón para poder dormir algo, con una castaña en la cabeza que ni con una resaca de Año Nuevo  y con unas ganas de guantearle a la cara a cualquiera con el que me cruzo que estoy al pique de un repique de entrar en de extrema locura peligrosa porque esto de vivir con una barriga XXXXL pegada cual caparazón tortuguil, sin poder moverte normalmente -de agacharnos ni hablamos- con una miniciática que aparece y desaparece en el cachete derecho del culo y que me obliga a pegar un salto en cualquier momento y lugar, y unos calambres que me dejan tiesa ya eran suficiente malestar, así que este extra de resfriado mortal me viene grande.

Tan grande que cuando ayer por la tarde encadené siete estornudos sin tragar saliva -agarrándome la barriga para que no se me escapara el cigoto en uno de esos arranques- y un pobre señor se me acercó y me preguntó si me encontraba bien... yo le miré con mi mirada de gestante asesina y no le abofeteé porque vi el miedo reflejado en sus ojos -como lo veo en los ojos del pater cuando me vuelvo muy loca- y al final tuve que sonreírle y darle las gracias, pero con la boca chica para que no viera cómo se me afilaban los colmillos dentro...

Definitivamente el embarazo saca lo peor de mí.