A mí el cambio de hora me desconcierta. Mucho. Y no sólo porque
no lo entienda –como alguien intente explicarme lo de las horas de luz y si
dormimos más o menos, le saco los ojos- sino porque me causa una especie de jet
lag de pobre la mar de malo. Y digo de pobre porque no es como venir de la Polynesia, que si una
tiene jet lag pues lo va pregonando por ahí para que todos sepan lo bien que
vive y, además es un precio mínimo a
pagar por unas vacaciones de señora. El mío sin embargo, es un jet lag basura que
no ha desembocado de ningunas vacaciones exóticas sino del cambio de las
manecillas del reloj del salón. Qué tristeza más grande.
La cuestión es que no levanto cabeza y eso que la gente dice
que es una cuestión psicológica. Y un cuerno. Que yo de lo mío no estaré muy
buena, que nunca he dicho lo contrario, pero este agotamiento extremo y estas
ganas de quitarse la vida a las seis de la mañana, antiguas cinco de la mañana,
cuando todo es cuerpo del revés y shock multiorgánico, son tan reales como las
ojeras que ya casi me llegan a la coronilla de esta profundidad tan oscura que
están alcanzando.
Y es que levantarse a la misma hora, pero una hora antes, es
una cosa que cuesta mucho, sobre todo si te levantas a las seis y media y ahora
sean en realidad las cinco y media. Sí, las cinco y media. Porque a esa hora no
hay nada bueno en el mundo, que ya lo decía mi padre cuando mi hermana y yo
llegábamos a esa hora con las botas en la mano para no hacer ruido y la cara de
pavor ante un inminente sermón. Y mi padre siempre ha sido un sabio para estas
cosas.
Pero una no tiene bastante con estar al borde la muerte cada
mañana, sino que tiene que soportar cada noche que los pelirrojos se declaren
en huelga de sueño porque los biorritmos ésos no son tontos y si a los
biorritmos les sumamos que hace un solano impresionante hasta las tantas -que
hasta mi casa que es un búnker está iluminada- pues a ver quién consigue que la
pelirroja se me duerma. Que es que el cambio de hora es una cosa muy mala.
Sin embargo los perracos no notan el cambio de hora para
despertarse, y ya sea lunes, jueves, sábado o fiestas de guardar, tienen los
ojos como platos a las siete y media. A las siete y media de antes y a las
siete y media de ahora. O sea que aquí no duerme ni Dios. Y ahora menos que
nunca. Vamos, que tengo el colágeno por los suelos. Con la necesidad que tengo
yo de colágeno... Y de ir a la Polynesia.
Si es que no hay respeto por nada.