lunes, 24 de noviembre de 2014

Efectos colaterales de la cojera


Mi padre siempre ha dicho que los cojos tienen muy mala leche, como que los que padecen de estómago son gente desagradable, que a mi padre le gustan mucho establecer el carácter de cada uno en función de sus dolencias. Y funciona. Porque otra cosa no, pero mi padre siempre tiene razón.

De ahí que ahora que le doy a la cojera estoy al borde de la crisis nerviosa y el triple parricidio a cada minuto, que esto de la invalidez de la pierna derecha es una cosa muy mala y muy de convertirla a una en el señor Scrutch un domingo de resaca. Vamos, que saca lo peor de mí como las ancianas colonas en la cola del supermercado y me veo refunfuñando con mi pijama desigual –que no de Desigual-, con mi pinza en pelo de Mari de extrarradio y mi cara desencajada de bruja, arrastrándome con mi silla de escritorio y derrapando en las esquinas como un piloto de Fórmula 1 casero.

Sin embargo no toda la culpa es mía ni de mi lesión metatarsiana, porque es imaginarme con la pata en alto pero sola y con tiempo suficiente para verme toda la filmografía de la Davis o el reality de las Kardashian que acabo de descubrir y casi me da un colapso de la emoción, pero claro, ése nunca es el plan.

El plan es vivir apoltronada en mi silla de piel plastiquera, impulsándome con la pierna buena, que cada vez es menos buena, soportando estoicamente los virus de Cigoto, que no nos abandonan por muy tullida que esté una, que la Providencia no es compasiva con mi nueva situación, lidiando con Tiburina, la princesa Sofía, Peppa Pig y otras lindezas martilleándome el hipotálamo y haciendo la vista gorda ante las fechorías del benjamín, que pasan por espachurrar el zumo pestoso ése que lleva leche para lanzar el chicate contra la tele, amasar magdalenas que luego me lanza a la pierna escayolada o hacer guardia con su carrito de la compra lleno de zapatos frente al baño, que es su templo de oro, cuando sabe que voy a entrar a ducharme. Que ése es otro cantar.

Y la pelirroja para la que hacer los deberes es como que le den descargas eléctricas, que se pasa el día vestida de majara haciendo bailes extraños y pintándose como una puerta para luego refregarse por la pared, empieza a tenerme miedo, viéndome gritarle con la vena en la frente y las mandíbulas desencajadas. Pero es que pasarse tres horas negociando para que se ponga a hacer los deberes es para volver loco a cualquiera. Así que a una coja ni te cuento…

Pero aunque a veces me den ganas de dar en adopción a la primogénita, el aspirante es peor. Peor que cualquiera. Y anoche mismo, mientras yo trataba de meditar y sacar este estrés que me invade toda, el pelirrojo no tuvo otra que abrir con sus manitas una caja de maizena de las grandes y espolvorearla hasta el último gramo por el suelo de pizarra de la cocina.

Y cuando ya todos teníamos blancas hasta las pestañas, mientras el pater trataba de limpiar el desaguisado, el pequeño se escapó de mi placaje extremo y sin saber cómo cual prestidigitador premium se hizo con un paquete de arroz Sos de kilo y lo fue derramando no sólo por la cocina sino por toda la case sin que nadie pudiera cazarle hasta que el paquete ya estaba prácticamente vacío.

Y yo mientras mascando bilis en mi asiento de Ikea sin poder salir corriendo a arrancárselo o escapar al bar de abajo a por un cóctel. O dos.

Así, que igual mi mala leche extrema no viene sólo por la cojera sino por ser madre de dos pelirrojos hiperactivos, que son una dolencia como otra cualquiera. Vamos, que se lo voy a contar a mi padre para que la incluya en su lista.


lunes, 17 de noviembre de 2014

La baja, la escayola y el Belén


Ya me lo dejó dicho el traumatólogo. Que tuviera el pie en alto para que no se me obstruyeran las venas y se me complicará el riego sanguíneo. Y claro, entre la falta de tiempo de tullida estresada y el miedo a que cigoto me entrara a matar en mitad de la escayola con el palo del recogedor -que lo mismo le vale para tocar el cuerno del paleolítico que para maltratarnos a todos garrote en alto-, pues lo he tenido más en posición de huida desde mi silla de despacho de Ikea.

La cuestión es que imagino que el riego se me ha complicado porque me he animado a hacer un Belén de plastilina con la pelirroja. Hala. Porque mi falta de lucidez y yo lo valemos. Y ahora me veo involucrada en discusiones diarias sobre si las vacas son más o menos grandes que los cerdos y si las ovejas tienen alas o no. Es lo que tiene quedarse sin riego sanguíneo.

Para ser justos diré que esta es una iniciativa que me emociona, que a una siempre le han gustado las manualidades en general y la plastilina en particular, pero como soy una malamadre pues quiero hacerlo en soledad para hacer monerías y no conejos con caras deformes que dan pavor de sólo mirarlos o no tener que fingir que a la pastora pelirroja cuyo pelo me he currado a base de tirabuzones, le va muy bien la mirada estrábica que le ha puesto la niña. Y cuando no mira, trato de arreglar los desaguisados que ha ocasionado en mi Belén, quiero decir en nuestro Belén, pero al final siempre me pilla y me pone cara de asesina en serie y al final he de conformarme con la pastora bizca. No hay derecho.

Y luego tengo a Cigoto, lampón por saber qué demonios nos traemos entre manos, deambulando a nuestro lado en plan suavón para ‘goler’ y distrayéndonos con sus monerías para coger un pato –que parece una paloma- y jalárselo antes de que podamos echarlo en falta. Que Cigoto tiene buen paladar. Y lo mismo se nos come un pato-paloma, que le pega un bocado a la barra fucsia y sale despavorido a esconderse bajo la mesa para degustar el festín.

Así, que para evitarle una gastroenteritis a la criatura –y que nos quedemos sin colores para terminar el Belén, que todo hay que decirlo- tenemos que trabajar en nuestro proyecto a escondidas, a horas intempestivas y sin descanso, que la pelirroja está entusiasmada con el asunto. Tanto así, que anoche a las cuatro de la mañana abrí un ojo dios sabe por qué y me la encontré frente a frente, respirándome a la cara en la oscuridad y casi me arranco la escayola de terror. Que no gana una para sustos.

‘Mamá, que ya no tengo sueño, vamos a hacer la Virgen, no seas flojilla...’

Pues eso, que yo quiero que me den el alta.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Encierros forzosos y otros dramas


El problema de vivir estresada y fuera de tu propio cuerpo para poder ganarle dos segundos a la materia -que con dos segundos una madre te hace una torre Eiffel de palillos de dientes y una tortilla de dos huevos- es que vas a loco sin saber adónde vas y, lo que es mucho peor, por dónde pisas. 

Y a veces no pisas o pisas mal, te acabas cayendo de boca ante la atenta mirada de transeúntes, desparramas el bolso por la acerca y de paso te partes el pie. Así, a lo grande. Pues más o menos eso es lo que me pasó a mí el lunes y desde entonces, como si fuera un castigo divino, ando encerrada en casa cual Rapunzel, con el pie escayolado en alto y esquivando los envites del pelirrojo, loco por catar la novedad  que se presenta ante sus desquiciados ojos.

Lo peor de este asunto es que yo soy lo que viene a denominarse una inútil, con la agilidad de un insecto palo y no sólo coqueteo con la muerte cada vez que le doy a la muleta o a la pata coja y veo mi vida pasar delante de mis ojos, sino que además, vivo en un segundo sin ascensor con una escalera que le quedaría estrecha a Kate Moss, y con un pasamanos pensado para liliputienses, a la altura de mi rodilla. Vamos, el panorama ideal para morir en caída libre.

Así que vivo encerrada en casa como si tuviera una agorafobia severa y, cual anciana con roete, me voy desplazando en la silla de oficina del despacho con una velocidad pasmosa, pero eso sí, he de hacerlo marcha atrás para pillar impulso-no tengo ni idea de por qué- por lo que no veo por dónde voy, lanzándome a lo loco como si fuera una catapulta casera, ni sé qué voy arrasando, tanto así que el otro día le pillé el pie a la pelirroja y por poco tenemos a otra tullida en casa.

Como a veces se me olvida mi vida infernal, pensé por un momento que igual podría verle color al asunto y al menos, mientras tengo la pierna en alto, podría leerme ese libro que estoy lampona por leer o todas las revistas que me ha traído el pater. Por supuesto, todo es mentira. Y mi única actividad, además de barrer sentada en mi sillita cual lisiada hacendosa, consiste en evitar que la pelirroja con su empanamiento habitual no dé un giro más de la cuenta y se me venga encima o que el pequeño malandrín no aparezca corriendo de detrás del sofá como un pequeño mohicano, con el palo del recogedor en la mano para tratar de clavármelo en la pantorrilla escayolada.

Pues eso, que ni tullida descansa una.