miércoles, 23 de abril de 2014

Efectos secundarios de la maternidad. Parte I



1.- La desinformación. Si la crisis ucraniana o el fallecimiento de Gabriel García Márquez no ocurren en la plaza Encanto o en la Casa de Mickey Mouse antes de la Mickeydanza para ti no han existido. De ahí que un día que te dejen libre para ver quince minutos de telediario te creas que está a punto de estallar la tercera guerra mundial y salgas a la calle en camisón buscando dónde esconderte.

2.- La vejez. Ya os he dicho muchas veces que no envejecen los años –no sólo ellos al menos- sino la maternidad y su extra de malvivir. Yo hoy me he visto reflejada en un espejo de Zara y no he salido corriendo a esconderme a casa porque estaba demasiado cansada para correr. No tengo claro si era la incipiente chepa, los miniojos de loca agotada o el pelo de color imposible y tieso como una escoba de bruja medieval, la cuestión es que ese engendro es fruto de maldormir cinco horas y criar a dos pelirrojos malignos.

3.-  Los cambios de humor. Es lo que tiene la bipolaridad y el cansancio. Que cuando tienes agudizados los efectos del Red Bull te parece una idea genial jugar al Party Junior. Dos horas y dos manojos de cartas repartidos por el suelo después, cuando ya no te queda ni gota de Taurina dentro, la idea es cada vez más horrible y jugar al tabú con una pelirroja de cuatro años con empanamiento nivel Premium puede ser psicológicamente devastador.

4.- La pérdida de lucidez. Mucha gente creerá que tienes una vida interior muy rica o que te has apuntado a las bondades de la meditación, pero en realidad esos silencios prolongados y esa mirada perdida lo que en realidad delatan es que estás durmiendo despierta. O no tan despierta.

5.- Si en lugar de quedarte en trance te aventuras a mantener una conversación con alguien que no está al borde del abismo y por tanto tiene cierta fluidez mental, te arriesgas a parecer una demente recién lobotomizada. La parte positiva es que en un rato de escuchar tus incongruencias dejarán de hablarte y eso que te llevas.



martes, 22 de abril de 2014

La 'muchachatunga' y otros misterios

Una de las partes fundamentales de la maternidad como profesión de riesgo es desentrañar misterios, algunos básicos y otros dignos de Colombo, algunos para mantener su supervivencia –en plan no sé si llora porque tiene sed o hambre o porque tiene una neumonía fulminante- y otras para averiguar si el muñeco verde con el que sueña a los dos años es Shrek, Wazowski o Dixy, el único teletubbie de la pandilla con dosis altas de testosterona, para no acabar decorando la fiesta de cumpleaños de la criatura con el muñeco equivocado y provocando un trauma infantil severo.

Yo, personalmente, me enfrento cada día a un sinfín de misterios misteriosos, no tanto por parte del hermanísimo, porque ése pobre está condenado a la supervivencia por méritos propios, que no tengo yo el horno para más preocupaciones y de todos es sabido que los segundos tienen que buscarse la vida y no voy a ser yo quien rompa esta tradición milenaria sino por la primogénita, experta en tejemanejes, empanamiento, piruetas verbales e invenciones variadas, que me dejan al borde del abismo del entendimiento.

Así, desde antes de la Semana Santa me viene diciendo que un día ‘que ez ya mizmo’ tiene que llevar al cole ‘unoz tamponez grandez para una fiezta’ a la que no puede faltar porque ‘ez puzerimportante’. Y claro, no seré yo quien ponga en duda la importancia de los tampones, con el bien que han hecho por una en los meses de verano, y mire usted, los grandes tampoco me parecen mal porque allá cada una con su fluídos, pero he de reconocer que el hecho de que la niña los tenga que llevar al cole para una fiesta –imagino que para la fiesta de la menstruación extrema- me parece, cuando menos, surrealista.

Ahondando en la materia para dejar claro que no se refería a sellos de estampar, descubrí que el atrezzo era para un baile ‘que ze llama la muchachatunga y que ze hace con tampones y un traje de muchachatunga’. Y claro, la mamma que es muy conservadora para según que cosas se me escandalizó y me dijo que la niña no tiene que llevar tampones a ninguna parte y menos vestida de ‘muchachatunga’ que sonaba como a prostituta de extrarradio, con lo poco que le ha gustado a mi madre siempre el extrarradio.

Luego, la niña en un ataque de lucidez de esos que le dan cada tres días, me dijo que era una canción, me vino la luz y pensé aquello se trataba de una actuación de fin de curso y que ‘La muchachatunga’ bien podría ser ‘La chatunga’ –sí, a mí también me parecía traumático- aunque seguía sin ver la relación de Luis Aguilé con los tampones, pero vamos que igual el colegio se estaba modernizando y la niña lo que iba a protagonizar era una performance de ésas que hacen ahora los moennos e igual luego lo petaba en youtube.

Pero no. Tras descubrirla bailando en la bañera con las manos en la cabeza, moviendo el cuello como un pavo y cantando ‘cuando la meo regando’ caí en que la canción era ‘La muchacha turca’ de Hakim en una versión libre pelirrojil –que obviamente no dice eso sino 'cuando la veo bailando'- y el traje de ‘muchachatunga’ no era de furcia como aventuraba la mamma sino uno de mora o de bailarina de danza del vientre de tetería de barrio.

Lo de cómo descubrí que los tampones eran en realidad pompones de animadora, mejor os lo cuento otro día.


lunes, 21 de abril de 2014

Aquellos maravillosos años...


Aunque una tenga dos retoños en su haber y  tuviera su primera rajada de útero en 2009 –cuando aún no tenía cambios de humor ni cara de indio viejo- soy lo que viene a denominarse una madre novata. Que sí, que sé lo que es un carminativo, que me conozco los prospectos de todos los medicamentos infantiles y las dosis por edades, peso y gravedad de la situación, que tengo un doctorado en películas de emergencia para niños porculeros y sé que una cebolla pestosita cortada en la mesita de noche hace más efecto para la tos que un chute de Actithiol o un supositorio Pilka, y un poco más.

Pero salvo eso y algunas otras cosillas que he ido aprendiendo por el camino del malvivir, soy una novata y no sólo porque ya soy persona non grata en Salud Responde –al haber alcanzado el millón de llamadas- sino porque sigo siendo una pardilla, que todo me da miedo y que tengo que seguir a rajatabla los consejos de la pediatra, de la maestra y de las instrucciones del mobiliario infantil para poder sentir que todo está orden.

Y luego viene la mamma, le endiña al niño medio churro mojado en chocolate y mientras yo hiperventilo, me suelta la gran frase de ‘anda que eres muy apretada, si eso se le ha dado a los niños de toda la vida de Dios’… y todas las abuelas o abuelables del lugar asientan con la cabeza… ‘Pues yo a mi chiquitillo le daba un trozo de jamón para que se le aliviara el dolor de dientes’, ‘Pues mi Cristina como no quería leche se la manchaba con café desde los tres añitos y mírala, maestra con plaza fija’ ‘Qué me vas a contar si yo a mi Antonio Miguel le daba un bollo de pan para que se me entretuviera y con menos de ocho meses se lo comía antes de que pudiera darme cuenta y no como ahora con tantos ahogos y tanta lesshe’ ‘Y qué me dices de las medicinas esas tan raras que le dan ahora, que de toda la vida de dios, se le partía media aspirina y se diluía en una cucharita y se me recuperaban en un plis no como con la leshe del Dalsy ese que los pone como motos pero que curarlos no los cura, hombre ya, que van los chiquillos drogados a las guarderías las criaturas y luego se les pasa y empieza la fiesta…’

Y una escucha atentamente mitad horrorizada mitad hechizada por las palabras de las abuelas y abuelables que una vez fueron madres y no tenían tanto remilgo con comidas, medicinas y medidas de seguridad y recordé –como ese texto que rula por Internet sobre la generación de finales de los 70’s- todas las anécdotas de aquellos maravillosos años cuando veíamos la Bola de Cristal –con su particular pedagogía experimental- o Candy candy sin que nadie se preocupara de nuestra salud mental y eso que yo estaba al borde pillar una depresión con tanto novio muerto y tata huérfana falta de cariño.

O cuando una hacía los deberes sin más compaña que la de 'Dartacán y los Mosqueperros' o no los hacía y escondía la libreta apretada en la mochila y no había retraso escolar ni informe PISA, sólo una maestra que te castigaba una semana sin recreo y a volar… Así que te comías el Tigretón o el Phoskito –porque entonces no había calendario alimenticio ni perro muerto- escondida tras la verja antes de salir para que tu madre no se coscara de que te habían castigado sin recreo… El problema es que luego tenías que ingeniártelas para escupir el puchero por dosis con visitas repentinas al baño o ficticios ataques de tos, sin que nadie te pillara… y si te pillaban, que te pillaban, te llevabas una bronca del quince o un guantazo en el culo con mano fina de madre, que picaban un rato... ni silla de pensar ni sermón alimenticio y el postre ni lo olías. Aquí no había supernanny ni cuadrante de buen comportamiento, pero a la próxima te comías el puchero o al menos depurabas la técnica del escupido de arroz…

Así que he pensado dar inicio a una nueva sección sobre aquellos maravillosos años, en los que no había cinturones de seguridad, ni colegios bilingües, ni sillas de pensar, ni rodilleras y aún así sobrevivimos… más o menos bien.

¡¡¡Bienvenidos a aquellos maravillosos años!!!