lunes, 20 de octubre de 2014

El cuento de la buena haba que nunca se acaba


Cuando yo era novata y despertaba a la niña a zarandeos para ver si respiraba y no le había dado una muerte súbita de ésas mientras dormía, y me quejaba del malvivir de biberones por doquier, noches en vela, deposiciones en bucle y visitas a horas intempestivas al Materno, lampando por verla cumplir los 16 años y salir de paseo con el novio de la mano, las madres expertas me decían que era una ilusa y que la maternidad es un malvivir continuo desde que el espermatozoide se une con el óvulo y empiezas a tener las náuseas y los ardores de la muerte, hasta que te vas de este mundo.

Es decir, que a medida que van creciendo se solucionan unos problemas pero vienen otros, que tener a tu hijo soltero y parado a los 42 es más preocupante que un resfriado con inicio de bronquitis. Y lo peor es que tienen razón.

Vale que la pelirroja ya es prácticamente independiente y no hay que limpiarle el culo ni darle de comer ni mercerla hasta que los brazos se te alarguen tres centímetros, pero a cambio la tengo todo el día suplicándome para que le preste mi móvil y jugar a vestir a la Barbie con ropa de fulana, cantando grandes éxitos del verano, incluido el Bailando de Enrique Iglesias, contoneándose como una miniadolescente y lampando por colocarse mis tacones y mi sujetador para poder bailar ‘en condissiones’ que ahora pasa de cecear como una garrula a sesear como una Mari en dos segundos y medio.

Y lo peor no es que me preocupe el futuro de choni poligonera con tintes marujiles que parece que nos espera, sino el alto precio que hay que pagar porque se haga mayor, como mantener hora y media de conversación sobre si Blanca es más amiga de ella o de Beatriz, porque ella quiere jugar a Frozen y las otras al escóndite y al parecer eso es un drama vital de los gordos.

Y luego están los deberes, que el colegio de mi niña imagino que sólo prepara notarios porque cada día tenemos una hoja de caligrafía y una hora de lectura, lo que teniendo en cuenta que me levanto a las 6.30 cuando todavía no tengo ni los órganos bien colocados y no llego hasta las cuatro, con los ojitos de cabra muerta, iniciar una lucha a las cinco de la tarde para que se siente a trabajar y destinar al asunto casi hora y media diaria de mi existencia, es poco menos que una tortura, máxime si mi madre me espera para tomar café, pretendo arreglar la casa o tengo cualquier cita importante, en cuyo caso muero de estrés infinito.

Pero luego, me siento con Cigoto y en menos de cuatro minutos ya ha tratado de suicidarse cinco veces, sofá abajo, mordiendo cables, metiéndose en la caja destinada a las pinturas de su hermana o corriendo con un tenedor en la mano, lampando por quedarse tuerto y poniéndome la tensión al máximo.

Entonces me doy cuenta de que no hay salida y de que el malvivir y la maternidad son términos que van de la mano como Big Mac y sobrepeso o Gran Hermano y edredoning. Entonces me propongo un plan de ahorro para comprarme una nanny filipina, que recoja los gusanitos chupeteados de Cigoto que ahora me encuentro flotando en mi cocacolazero y de paso atienda las dudas metafísicas sobre la amistad y la vida de las sirenas de la pelirroja y si no que al menos para un billete al Caribe. De ida por supuesto.

Igual alguna os apuntáis y nos hacen precio. Que todo es verlo. 




lunes, 13 de octubre de 2014

Todo al rosa



Cigoto es un buen tipo. Vale que hace maldades sin descanso –desde meterse entero en el váter a masticar cables a dos carrillos-, vale que trata de comérselo todo, desde restos de pared o chicles usados a mendrugos de pan duro o colillas de tabaco, vale que no quiere carro ni brazos sólo correr con su pataje de anciana artrítica y perderse en el gentío para cargarse mi poca estabilidad psíquica, pero en el fondo es un buen tipo.

Básicamente porque la criatura está condenada ya no a ser el segundón al que nadie hace ni caso y va sobreviviendo como puede, buscándose la vida a su bola, sino a ser el eterno heredero no de las cosas de un hermano mayor, que puedan estar llenas de pelotillas pero al menos son del mismo género, sino de las cosas de la pelirroja amante del fucsia y la purpurina.

Hay que dejar claro que no soy tan mala gente y sobre todo que paso de guardar cosas, como tengo yo los armarios y el síndrome antidiógenes, pero claro a veces hay que improvisar en esta vida que llevamos entre virus letales y falta de sueño y al final sin quererlo, no nos queda otra opción que tirar de altillo.

Así, el pobre Cigoto va a la guardería con una mochila fucsia con una fresa gigante de charol en medio, heredada de la hermana. Que sí, que voy a comprarle una, pero entre que la mayoría son de ruedas o son pequeñas para meter las mudas o, voy a dejar de fingir, que no tengo ocasión ni de echarme body milk, que tengo las piernas como si tuviera la lepra, así que mucho menos de buscar mochilas, el pelirrojo va contento con su mochila asarasada como si fuera el masca de la clase.

Y más de un pijama de Kitty le ha caído y la chichonera de la cuna y las sabanitas son rosa chicle llenas de lazos y ositas y lo mismo le coloco los calcetines de las Monster de purpurina que encima le van grandes, que le coloco el albornoz de Minnie con un lazo de lunares XXL en el pecho.

Pero eso no es todo, la hermana que está loca por ser estilista me lo disfraza en cuanto el angelito se me descuida y al final lo tengo vestido de princesa con una tiara clavada en las sienes más contento que unas pascuas, pero negándose a bailar el vals y a que la hermana le dé vueltas porque él es más de saltar desde la mesa al sofá y jugarse la frente. Con cancán y todo.

Yo le digo a la gente que es que soy una moderna y los juguetes no deben ser sexistas y si el chiquillo quiere jugar a las cocinitas o vestirse de princesa lo hará, cuando en realidad es que la criatura no tiene muchas más opciones. De hecho, cuando va vestido de Maria Antonieta siempre se monta en la moto Feber pegando voces desde el pasillo, imagino que para dejar claro que preferiría vestirse de Spiderman o de Iron Man, pero que se conforma con ser una futura descabezada.

Y es que la cabra tira al monte porque ayer mismo le saqué la cocinita de Kitty de la hermana para que diera rienda suelta a sus institintos culinarios y antes de que me diera la vuelta ya me la había desmontado y estaba patinando sobre la vitrocerámica, con la puerta del horno a modo de escudo.

Pero con la tiara real de la Bella, claro, que a eso no piensa renunciar.

martes, 7 de octubre de 2014

La peluquería


Como soy una madre negligente, nunca había llevado a la pelirroja a la peluquería y cada vez que me daba la vena creativa le metía la tijera a traición en la bañera, que para eso la niña en remojo entra en coma y no entera de nada, y el pelo rizado camufla todas mis fechorías, que no son pocas.

Pero claro, aquello ya era un desaguisado muy hippie y la criatura que quiere estar a la moda, me pedía que le hiciera trenzas y con esto de los trasquilones no había manera, básicamente porque cada mechón era dos veces más corto que el anterior y al final me quedaba una trenza deforme y cortísima y con un rabo muy largo. Una trenza paranormal.

Todo ello sumado a que yo lucía una melena de heavy calluno, con puntas de rata vieja fruto de las mechas de anciana que me echaron el año pasado, me dejó claro que era el momento de ir a la peluquería en familia como quien viene de las Urdes después de cinco años encerradas en jaulas.

Y allá nos fuimos, con nuestras maltrechas melenas sin cita ni paciencia, ilusionadas por nuestro futuro look de estrellas de cine y nuestro relax capilar.

Por supuesto todo fue caos. Desde el minuto uno que la pelirroja le dijo al peluquero que ella quería que la peinara una chica ‘que zaben máz de moda’ y se negó siquiera a que le lavara la cabeza, sabía que el karma nos castigaría. Y así fue.

Como no podía ser de otra manera, nos tocó la peluquera más choni del lugar por lo que la opción de pedirme un tinte y un corte creativo quedó eliminada, en pro de un sencillo corte de puntas del pelo pantojil de mi persona y una melena para la pelirroja.

La peluquera a la que pillé peleándose, imagino que con el novio tras un biombo made in Taiwán, que tenían en mitad de la peluquería para dar caché y sofisticación al local, vino cargada de violencia callejera y si me hubieran arrancado uno a uno los funículos, me hubiera dolido menos que el desenredo de la peluquera despechada con un cepillo de plástico de los chinos y las pupilas on fire.

Por suerte, sólo me dejó la melena una cuarta más corta de lo quería y cuando iba a protestar me miró con cara de loca y me dijo ‘¿para qué querías ese pelo tan largo si tenía un aspecto de pena?’. Y noté que le latía la sien, así que asentí, que una loca con tijeras es una loca Premium.

Y luego le tocó a la pelirroja a la que mientras le lavaban la cabeza, le hicieron dos lavados nasales, con su consecuente histeria, incoporación con los pelos chorreando y gritando y dándose golpes con todo como una Anna Sullivan cualquiera, para terror de todo el local que creía que la niña estaba poseída por los efectos de la droga carnívora

Luego, también tuvo que sufrir el desenredo de la muerte pero la lagartona ni protestó a diferencia de los dramas caseros, imagino que porque la peluquera daba más miedo que yo, lo cual ya es mucho decir.

Y al final, tocó el corte, y a la pobre me la dejaron como un Cristóbal Colón venido a menos, sin un solo tirabuzón y con cara de haber llegado del pueblo. Por supuesto se negaron a peinarnos ‘porque así se os quema menos el pelo’ aunque yo creo que era por expulsarnos y que los demás no vieran cómo habíamos empeorado con nuestro rudimentario cambio de look y dado el nivel de agresividad de la peluquera nos pareció bien.

Luego nos fuimos de compras con nuestras melenas supercortas y nuestros pelos chorreando a pique de coger una pulmonía doble, y al pasar por un espejo, dijo la pelirroja con cara de circunstancia ‘Mamá, yo creo que estamoz un poco máz callunaz ¿a que zí?’.

Y no pude mentirle. Así que acabamos en el McDonalds para ahogar las penas en carbohidratos, que es como el alcohol de los niños.

Así que ahora, además de tener la melena de Consuelo Berlanga, tengo 300 gramos más de grasa en las caderas y un McFlurry llamándome a gritos desde la nevera. Así no se puede.