lunes, 26 de septiembre de 2016

La vuelta al cole. Parte I



Uno se cree que después de un verano horrible de comer arena en la playa, broncearse a empujones o sudar por las calles cual premenopáusica persiguiendo pelirrojos subversivos, la vuelta al cole será la alegría de la huerta, el relax, el merecido descanso, el nirvana maternal… pero ni mijita. Más bien es la traca final a tres meses infernales en los que ahora mientras te matas viva con otras madres por conseguir el último blog de dibujo  en el Carrefour en plan rebajas de Bimba y Lola, te chupas quince reuniones soporíferas, rellenas dieciocho formularios y te dejas las rodillas probando uniformes en la puerta de la tienda abarrotada de madres histéricas de uñas afiladas… el recuerdo de salir corriendo de la piscina con el niño con el culo en pompa loco por defecarte encima o, en su defecto, en la cara de algún ingenuo bañista te parece un camino de rosas.

Nosotros este año hemos colocado al hermanísimo en el cole de la pelirroja lo que nos ahorra el camino de Santiago y la tendinitis en los talones de los años anteriores de empujar carro atarragando niños de una punta a otra del centro pero que nos abre nuevos frentes como poder encontrarle al benjamín unos pantalones de uniforme que no se le caigan al suelo porque con las canijeras que gasta la criatura con un culillo de carpeta que me cabe en la mano, pues claro no hay manera.  Mi madre que es mañosa ha decido estrecharle el elástico al pantalón de la talla menos tres y así ahorrarle a la pobre criatura el bochorno de ir con tirantes como si fuera un anciano contable en miniatura, pero claro por mucho que ha querido reducir los pantalones que son como los del Nenuco, entre las pinzas, las rayas y el gris depresión, el niño parece un párroco de pueblo y no se halla. Cómo se va a hallar, si yo me tengo que esconder para no reírme en su cara.

También por aquello del ahorro pensé en colocarle los jerseys de la hermana de cuando tenía su edad, que guardé cual madre hacendosa, pero cuando se lo metimos por la cabeza, cupo el niño entero por el cuello del jersey. Y no creáis que no me planteé la opción de hacerle un apaño o llevarlo con un hombro fuera en plan guarrilla ochentera y decirle a la seño que aquello era un homenaje a Flash Dance, pero luego lo vi con los bombachos grises y me vine abajo que tampoco es plan de traumatizar al niño, como están los psicólogos de caros.

La pelirroja, sin embargo, a pesar de que ayuna desde los tres años, es gigante –no como su hermano que todo lo devora y es una lombriz de tierra- y hemos tenido que comprarle una falda de talla diez que detesta porque le llega hasta media pierna en plan monja retirada pero yo que me manejo poco con la costura –más allá del punto de cruz que me enseñaron en el colegio- le he dicho que eso es corte midi y que ahora es lo más. Yo creo que no ha colado pero a la pobre le ha dado pena después de verme el otro día matándome viva con una aguja para moverle los botones de sitio y al final ha hecho de tripas corazón con su falda tres cuartos. Cómo no le voy a dar pena si como la tela estaba tan dura y yo me manejo tan poco en estos lares, se me ocurrió la flamante idea de tirar de la aguja con los dientes y así, a las bravas me casqué el esmalte de un incisivo inferior a pique de quedarme como Peito, que es lo me faltaba pal duro con esta cara demente vieja que se me está poniendo.

Así que ahora llevo a los niños disfrazados al colegio para compasión de las otras madres que hacen cinturillas dobles y compran los libros en junio y aun así les da tiempo de hacerse la plancha con el pelo seco. Pero es lo que hay. Es esto y llevar los libros forrados con más pompas que el envoltorio de un jarrón y he perdido más de tres milímetros de firmeza cutánea y las ganas de vivir.

Y eso que aún no os he contado ni la mitad…

domingo, 17 de julio de 2016

Estamos de vacaciones

O lo que quiera que sea eso que se pasa con los niños en verano. ¡Nos vemos en septiembre!
Besos mil!

lunes, 20 de junio de 2016

Yo soy ésa



Ya me lo dijo el otro día mi hermana ‘Niña, me estoy convirtiendo en tu madre y en tu tía Maricarmen y no lo puedo evitar’, pero yo que cuando voy con pelirrojos sólo escucho la mitad de las frases y asiento con cara de guiri sin saber de qué va el asunto, fingí que manteníamos una conversación, pero en realidad estaba en muerte cerebral.

Pero claro, la genética es lo que tiene, que tira mucho y ahora yo también soy mi madre y mi tía Maricarmen y cuando lo descubrí ya era demasiado tarde para las advertencias de mi hermana, para mí y para toda la humanidad. Una pena.

¿Os acordáis de cuando os metisteis en este negocio de la crianza e ibais con vuestro carro por las calles con vuestra cara de novata y vuestras ojeras e ilusiones y siempre había una espontánea que salía al acecho de cualquier esquina para daros consejos invasivos sobre cómo cuidar a vuestros retoños en plan ‘este niño tiene calor, quítale eso’ o ‘échale una sabanita que refresca’ o ‘chiquilla, no le des chupete, que se le estropean los dientes’ en plan vieja maleducada y metomentodo y a vosotras os entraban unas ganas sobrehumanas de reventarle la cabeza con un hacha? Pues bien, yo soy ésa. La Pantoja no, la del hacha tampoco, la otra. La porculera.

Lo sé, merezco ser quemada en la hoguera, sobre todo porque con esta bipolaridad tan mala que me ha generado la maternidad también quiero ir abriendo cabezas en el supermercado cuando las espontáneas me alertan del riesgo de comprar helados en invierno o crearle unos hábitos saludables de alimentación a la pelirroja que llora si le pones un trozo de queso en el brazo, no te digo ya en la lengua, pero por otro lado ahora deambulo por el mundo cual justiciera maternal y me tengo que contener para no asaltar a la gente y organizarle la vida.

El otro día, por ejemplo, paseaba al lado de una pareja de jovenzuelos –bueno ellos paseaban, yo corría con ojos de loca persiguiendo al benjamín lampón por el atropello- que llevaban un carrito de capazo con un bebé dentro de pocas semanas y al que le estaba dando directamente en todo el cuerpecito de recién nacido, el solano malagueño de nuestros 40 grados con su terral y sus tres melanomas antes de comer. Y yo que ahora soy mi madre quise acercarme y decirle que echaran una gasita que cubriera el capazo, que aunque les hayan dicho que los bebés necesitan sol no es ese sol de las dos de la tarde de Málaga a ‘jierro’, pero me contuve y me dediqué a perseguirlos cual psicópata colocándome estratégicamente a su alrededor para generar sombra sobre el carro. De vergüenza. Lo que viene a ser estar a medio camino entre ser una espontánea metomentodo digna de ser apaleada y una demente peligrosa. Al final los dejé ir porque era eso o que acabaran llamando a la poli, pero la verdad es que me quedé con cierto sentimiento de culpa de no haber hecho de mi tía Maricarmen y haberles obligado a cubrir el carro.

La pena es que no es algo pasajero. Yo soy ésa casi siempre. Con lo que yo he sido. Y hace un par de días mientras hacía la sirena ortopédica con la pelirroja en la playa vi a una madre en la orilla con un bebé pelirrojo de año y poco, que tenía un brazo achicharrado del sol, más que rojo, morado y la mujer en su estrossamiento de madre pelirrojil parecía que no se había dado cuenta. Así que yo, con mis penosas pintas playeras y mis pelos en la cara, me sumergí hasta los ojos como un caimán para despistar pero sin quitarle de encima la mirada desquiciada de majara que se me está poniendo, a ver si la mujer se daba cuenta y enyesaba al niño con Isdin 50 como debía ser. Pero no. Y yo con ese sufrimiento playero tan grande.

Así, que al final, para no quedarme con el reconcome del carro y seguir fingiendo que no soy mi madre, mandé a la pelirroja a hacer como que jugaba con el niño y que al segundo palazo le soltara a la madre lo del brazo achicharrado.Y no sólo lo hizo sino que consiguió que la madre de echara la crema mientras yo simulaba echarme las manos a la cabeza y disculparme por el entrometimiento de mi hija.

A cambio, le compré dos cajas de nuggets y un helado y ahora somos un equipo. O sea que no sólo soy mi madre sino que he hecho de la pelirroja mi mejor compinche. Ahora somos como Batman y Robin o como Ryan y Tatum O’Neal en ‘Luna de papel’ y vamos por la vida repartiendo justicia y estafando a partes iguales.

Lo dicho, que he perdido la cabeza.