lunes, 5 de diciembre de 2016

Recordando cartas de Reyes

Pensaba escribir el post de hoy sobre la carta de los Reyes Magos que hemos escrito este fin de semana aprovechando la tromba de agua malagueña que nos tiene confinados en casa viendo Toy Story en bucle, dejándome hacer trenzas, que más que trenzas son coletones de rasta con nudos como puños y estudiando inglés a destajo para desgaste de mis tres neuronas. Y en eso estaba cuando me he encontrado este post de 2013 con la carta que la pelirroja le hacía a los Reyes y me he reído tanto recordándola que no me queda otra que compartirla again. Era tan chica... El lunes os pongo la de este año en la que incluye, entre otras cosas, un bebé de verdad, un sujetador rojo y unos tacones de punta. Menos mal que los Reyes no existen o ya me veía haciendo de abuela a mis 38 y mientras, mi hija díscola con aires de mujerzuela de extrarradio pasándose las noches de alterne. Un sin diós.

Remember 2013:
No sé cuántas cartas a los Reyes hemos escrito ya, ella me dicta y yo lo copio y luego le hace dibujos, pega caras de las Monster High y le echa pegotes de purpurina sobre las letras y la empapa hasta que está ilegible y pegajosa. Como si fuera nuestra nueva tradición navideña. Ésta la hicimos ayer y no puedo resistirme a colgarla. Está transcrita de manera literal aunque omitiré las z para que podáis entenderla… aunque ya aviso que está complicado.
 
Hola, Reyes Magos, por favor, me traes todos los regalos que te digo
 
Un micrófono grande pero con un cacharro dentro que hable muy ‘juelte’ como el que tenía Carmen pero un poco diferente y con brillantes. // Lo del cacharro dentro me entusiasma pero lo de ‘que sea igual pero un poco diferente’ me deja muerta.

Un micrófono de mentira ‘para pequeñinez’ para morder para el hermano pero que sea de mentira o que hable un poco ‘juelte’ pero no muy ‘juelte’ para que no despierte a los vecinos. // La idea era que no sonara pero se ve que luego le dio pena del hermanísimo y accedió a que también tuviera un cacharro dentro pero éste que no hable ’juelte’ porque una cosa es que los vecinos la escuchen a ella y a su voz angelical y otra al hermano que ni entona ni ná.
 
Un cesta de juguete con comida de mentira pero que parezca de verdad para hacer picnic y que traiga ‘chalchichas, tarta de freza y musha zanahoria’, que no se pueda comer pero que si se come un poco no te mueras por si el hermano la chupa. // Sin duda, una ‘chalchicha’ de mentira que matara al hermano sería peor idea.

Unos platos, que sean de verdad pero que no se rompan sólo si se caen al suelo mucho rato y los pisas. // No tengo muy claro por qué una vez rotos hay que pisarlos. A no ser que seas fakir, claro.

Unos tenis para pintar. // No me queda claro si quiere pintar los tenis o si lo que quiere son unos tenis para pintar con las acuarelas a modo de uniforme mitad artístico mitad deportivo. Investigaré.

Un libro de flor para plantar flores y lechugas y uno de princesas que sea corto pero un poco largo para que dure muchísimo tiempo y no me duerma nunca. // Me niego a plantar nada en cuya tierra puedan nacer lombrices y menos lechugas y me niego de la misma manera a comprar cuentos largos para pasarme dos horas cada noche relatando a la luz del móvil con la espalda como el Pozi.

Una silla para entrenar para papi. // Aunque en un primer momento parezca un acto de bondad, en realidad es un golpe bajo porque deja claro la necesidad del pater de hacer deporte, pero es benévola y le deja hacerlo en una silla. Algo es algo.

Un bolso precioso de colores y purpurina para mamá y grande para meter mi maletín de doctora. // Ya sabía yo que había trampa y que el bolso de colorines y purpurina que ya era horrible de por sí, venía con intenciones ocultas… pero al menos no implica sudar como la ‘silla de entrenamiento’ del pater.

Una muñeca de cabeza de las que no tienen manos ni pies ‘ni cuelpo’ sólo ojos y boca y pelo y que sirven para pintarlas. // Después de quedarme horrorizada durante unos minutos ante la idea de una muñeca desmembrada que sólo tiene ojos y boca y pelos, entendí a lo que se refería y no veo la hora de que alguien que no seamos mi melena y yo suframos con su terrible vocación peluquera. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Pasados por agua


La lluvia, como el ventolín o las manualidades, es uno de los peores enemigos de las madres, imagino que no para las irlandesas acostumbradas a estos asuntos, pero para mí que no tengo capacidad para sostener un paraguas sin mojarme la espalda a goterones y taladrarle los ojos a los transeúntes, y que voy con dos pelirrojos dementes, lampones por saltar en charcos y pillar una pulmonía, el tema se complica mucho. Pero mucho.

Luego está el asunto éste de haber perdido la cabeza, de no medir las consecuencias ni los metros y huir hacia delante siempre. Ante la duda, correr, aunque lo que haya enfrente sea un dragón de dos cabezas.

Así el otro día, que el cielo estaba gris tirando a negro tizón me lancé a recoger a los pelirrojos del comedor sin un paraguas que echarme a la boca ni un impermeable ni un na. A lo loco, que total eran quince minutos y no creía yo, oh ingenua de mí, que fuera a llover. Así que trinqué el carro del hermanísimo y enfilé el camino al colegio, como siempre sin aliento que una tiene ya una edad para el ejercicio físico y el estrés de llegar siempre tarde y poco después de torcer la esquina, empezó a llover.

Una persona normal se hubiera dado la vuelta, pero yo y mis neuronas fritas por la maternidad seguimos hasta el colegio para llegar a la puerta hecha una sopa. Llegados a este punto, la persona normal se hubiera quedado en el colegio a esperar, hubiera llamado un taxi o se hubiera sincronizado los chakras a cobijo, pero yo ante la duda, cogí a los pelirrojos y me tiré a las calles donde llovía tanto que ni se veía.

Yo no sé por qué hago estas cosas, es como cuando me mato a verduras crudas y por la noche me zampo un donuts. Imagino que todo empezó con la primera contracción y el apagón neuronal, la cuestión es que me pareció una buena idea lanzarme a la aventura con los dos pelirrojos llenos de tomate, con un solo miniparaguas de las Tortugas Ninja que le habíamos mangado a una madre del cole y con el carro empapado nivel fiesta de la espuma.

Y nos lanzamos calle abajo, tragando agua como en natación, el niño llorando amargamente porque quería bajarse del carro y navegar en los charcos y entre quejidos de dolorosa, tragaba dos bocanadas de agua de lluvia y se lamía los goterones que le caían del flequillo porque meterse bajo la capota era para él lo más parecido a la muerte.

La pelirroja que era la única que llevaba paraguas iba la más mojada de todos. Con su desparpajo habitual se iba metiendo en todos los charcos, si tenían barro mejor, y derrapando en cada esquina, con los leotardos llenos de bolsas de agua y clavándome el paraguas en el costado.

Yo, por mi parte, que en estos casos tiro de malhumor nivel violencia callejera iba maldiciendo mi suerte calle abajo, con la capucha de la parca puesta como un rapero del Bronx y con el vestido de felpa tan empapado que me pesaba como una cota de malla de las Cruzadas y me tiraba para atrás de los dos litros de agua que me habían caído en la espalda e iba como haciendo el pino puente, con el rimel corrido nivel me ha dejado el novio tres veces seguidas y abroncando al pelirrojo que sin capacidad de abrir los ojos de lo que le estaba cayendo a la criatura, trataba de ponerse de pie no sé si para invocar a la madre naturaleza o para tirarse de cabeza y terminar con el sufrimiento.

Al final llegamos a casa. Aún no sé ni cómo. Y me prometí que a la primera gota, me quedaría encerrada en casa como Rapunzel. Hasta la primavera.

Y aquí estamos. Llevo encerrada desde el viernes que empezó el diluvio universal y hoy es domingo. Eso son 72 horas. 72. 72. 72 horas. Hemos hecho trabajos manuales, me he dejado maquillar y hacer trenzas, he visto siete veces Toy Story, he cantado Yo soy Luna, he hecho pistas de carreras y castillos de trolls, hemos hecho un bizcocho manoseado, hemos puesto el árbol, hemos estudiado los dolores en inglés, me he comido una pizza de plastilina y soy oficialmente uno de los Vengadores.Con capa y todo.

No sabéis cómo echo de menos tragar agua.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Los cazadores de libros y el mal perder


Yo soy mucho de venirme arriba, imagino para mantener viva la esperanza en un mundo mejor y en un día que no acabe conmigo arrastrándome por el pasillo y debatiéndome a las once de la noche entre el ataque de nervios y el coma, vamos lo habitual.

Así que el sábado por la mañana, que el pater trabajaba y yo estaba sola al frente del abismo pelirrojil, decidí, por aquello de que había tenido una semana horrible, buscar un colofón final digno de aplauso y lanzarme a la calle en plan madre kamikaze a participar en el buscador de libros, una iniciativa para niños y jovenzuelos que consistía en encontrar libros que habían sido previamente escondidos por las calles, con un mapa interactivo donde estaban señaladas las diferentes ubicaciones para ansiedad paternal.

La idea, así a priori, de lanzarme a ese infierno sola con la prole era para echarse a temblar pero así soy yo, una rebelde, y me tiré a las calles un cuarto de hora antes para estar preparados y lanzarnos a la búsqueda con éxito.

Cogí el carro del hermanísimo por aquello de ir más deprisa, que la pelirroja que tenía la competitividad por las nubes decía que el benjamín era un ‘paquete’ que nos iba a retrasar, como si ella fuera Usain Bolt, así que lo metimos en el carro lisiado que va por libre y tuerce las ruedas cuando cree oportuno y nos lanzamos a la aventura a trompicones.

He de confesar que yo soy esa mujer de los chistes machistas que no tiene huevos de interpretar un mapa y entre eso y que tengo móvil nuevo –oh, Blackberry cuánto te echo de menos- aquello era un despropósito de mapas y referencias que cambiaban de sitio cuando ampliaba  la pantalla y calles que se ponían del derecho y del revés y todo muy horrible como si estuviera en el Laberinto de David Bowie. Así que mientras yo me peleaba con la pantalla, la pelirroja empujaba el carro corriendo como si se nos quemara el puchero, derrapando por las calles y atropellando ancianos ociosos y a otros niños malvados que también buscaban lo mismo. Luego, una vez decidido el trayecto, cambiábamos las tornas y la primogénita corría dejándose las rodillas por las esquinas y yo empujaba el carro poseído mientras unos globos contra la diabetes que unos voluntarios nos habían endiñado a traición y anudado al manillar, me iban dando golpes en la cara ininterrumpidamente como en un episodio de Humor Amarillo.

El hermanísimo que había oído algo de encontrar un tesoro también estaba poseído por un instinto demencial y sabedor de que su hermana le había dicho que era un paquete, se resignó a quedarse en el carro, eso sí, de pie, dando instrucciones de ‘máz depriza, mázzzz’ y dificultándome la visión que ya era de por sí limitada con los dos globos que me tenían sin aire lamiendo plástico desde las doce.
Sobra decir que no encontramos ningún libro. De hecho creo que sólo llegamos correctamente a una de las ubicaciones para ver a una niña de trenzas perfectas ser fotografiada con el premio por sus padres lamiosos y nosotros, tres malos perdedores envidiosos, más enfurecidos a cada rato.
Hora y media después, decidimos abandonar el asunto, cabizbajos y deprimidos y para paliar la tristeza nos fuimos al McDonalds a matarnos a carbohidratos  como si acabáramos de llegar de la guerra, sudando como pollos a pesar del frío y con cara de dibujos de Tim Burton, tanta pena debíamos de dar que hasta nos regalaron un helado a cada uno.

‘Eso va a ser que nos han visto lo bien que lo hemos hecho, mamá’ –me dijo la pelirroja entusiasmada.

Y fue ver la cara del camarero que nos miraba con infinita compasión, como si acabáramos de cruzar el mar en una patera, que tuve claro que sí que nos había visto.

Porca miseria.