lunes, 15 de septiembre de 2014

Vuelta al cole. Vuelta al estrés.



La vuelta al cole es maravillosa. Hasta ahí todo estamos de acuerdo. Que el hecho de que te quiten a los niños cinco horas cada día es como que te toque el sueldo Nescafé dos veces. Que desde que los pelirrojos han sido expulsados por las mañanas rumbo a la escolarización, al pater se le ha cambiado la cara y ya no tiene ojos de cadáver resucitado. Salvo los fines de semana, claro, que ése es otro cantar.

Sin embargo, la vuelta al cole también tiene su poquito de estrés, máxime si eres una madre agotada, con pérdidas de memoria y sin tiempo ni para orinar sentada, porque la vuelta al cole requiere de una serie de preparativos como una boda gitana, que te deja exhausta con listas, búsquedas del Santo Grial por librerías, papelerías y otros locales amigos, mensajes de whatssap con otras madres desesperadas, compras equivocadas y un ataque de ansiedad con el letrilandia de cuadrícula que debía ser de pauta o que es de pauta y debía ser de cuadrícula. Un sinvivir.

Yo como ya no tengo energía más que para arrastrarme, dejé lo de los libros para septiembre que así lo hacía mi madre y todas llegamos a la universidad, pero claro, cuando El Corte Inglés te dice que reserves es porque tienes que reservar, que esa gente sabe de lo que se habla y hay que hacerle caso. Pero claro, yo con esto del slow y la subversión, lo fui dejando y cuando me planté en septiembre con mi lista de dos folios a hacerme con los libros y el material escolar de la niña, se rieron de mí porque básicamente era como comprar turrón de Alicante en julio, que poder se puede, pero que hay que currárselo.

Y así fue como anduve pordioseando libros por las papelerías de media Málaga, con la ansiedad de una yonqui, para al final acabar comprando libros equivocados, todo un clásico personal, encargando otros agotados y organizándome con otras madres cual guerrilla colombiana para hacernos con los geoplanos que eran como sangre de unicornio y sólo se podían encontrar en una tienda de la conchinchina, cuando la luna llena coincidía con el primer viernes de mes.

Así que tras mucho sudar y mucho sufrir completamos la lista, bajando un punto de tensión a cada tachado y volviendo a recuperarlos tras hacer la cuenta de la broma, que supera los 200 euracos. Maravilloso.
Pero ahí no acaba todo porque como también soy madre negligente pues claro, ahora que empieza el cole, empiezan las prisas por leer, y después de un verano de permisividad extrema, tengo a la pobre pelirroja echando jornadas indefinidas en el sofá, leyendo al panadero p y al lechero l en bucle para que la seño no se dé cuenta de que somos unas flojas y nos eche la bronca nada más empezar el curso. Con lo feo que está eso y el mal karma que genera.

Y cuando ya creía que estaba todo listo, me he acordado de que no he forrado los libros, lo que al parecer en el colegio es motivo suficiente para que te quiten la custodia, y aquí estoy como una mona forrando y poniendo nombres -que como alguien me mangue un libro con lo que me ha costado encontrarlos, lo mato- mientras Cigoto lame el papel de celo lampando por una asfixia severa que lo libere de la guardería que según la mamma el niño está deprimido desde que ha empezado el colegio.

Y entretanto, la pelirroja va haciéndome un pase de modelos con los uniformes, que por supuesto, le quedan todos estallando y yo voy estornudando a cada giro del ataque de alergia que me dan los ácaros acumulados en tres meses de asueto escolar y mientras me despego el forro de las manos y escribo el nombre de la niña tres millones de veces y firmo cuarenta autorizaciones, me planteo que igual lo de la vuelta al cole es una maravilla, pero que pagar se paga. Y no sólo con euros. Válgame dios.

martes, 9 de septiembre de 2014

La guardería y otros milagros



Cigoto ha empezado la guardería y en casa estamos como si nos hubiera tocado el Euromillón, aunque sólo vaya en horario de adaptación de poco más de una hora diaria, pero una hora con sus sesenta minutos y sus 3.600 segundos es mucho cuando se convive con un pelirrojo malhechor tendente al suicidio y al homicidio, que el otro día en casa de mi madre se hizo con una patata de medio kilo y nos amenazó a mi padre y a mí con tirárnosla a la cara y tuvimos que taparnos con un cojín para garantizar nuestra seguridad.

Él, de momento, lo lleva muy bien, porque con este poco tiempo del que disponemos en casa entre la primogénita y la lectura -que eso es otra película de terror-, los trabajos oficiales y los extraoficiales y la mínima limpieza de la casa para que no nos denuncie Sanidad, al pobre Cigoto no le hace caso nadie a no ser que sea para atender sus necesidades básicas o evitar que se deje la vida en cualquiera de sus hazañas cual funambulista sobre la mesa del comedor o comiéndose las tapillas de los tacones de la hermana. Vamos, que con la criatura no juega ni el Tato de Jerez, así que al ver a una mozuela dispuesta a entregarse a él en cuerpo y alma y a jugar con él a la pelota y a bailar las canciones del Cantajuegos sin más preocupación que la de seguir el ritmo, pues claro el chaval se me ha emocionado.

Así el primer día no lloró ni una lágrima, loco con la expedición entre nuevos juguetes y nuevos compañeros de fechorías, pero es que el segundo día hasta le echó los brazos a la señorita, lampón por alejarse del lado de la pelirroja y del pater y lanzarse de lleno al mundo educativo.

El tercer día estaba más reticente, pero la seño nos dijo que había estado contento, pero eso sí persiguiéndola por todo el aula para que lo cogiera en brazos y lanzando juguetes contra la pared en plan Intifada y en señal de protesta mientras los compañeros lloraban desconsolados, según la seño por echar de menos a sus padres, según yo misma, de terror de haber caído en la misma clase que Cigoto El Castigador.  Y ni siquiera por esas, lograron contagiarle el llanto a la pequeña bestia de pelo rojo.

De hecho, ahora que es fin de semana, lo noto depresivo, como si pensara que aquello fue un espejismo que tal como llegó se fue y que se va a ver condenado un curso más, a ver a la hermana bailar en el salón y a tragarse maratones de La Princesa Sofía, mientras trata de masticar los cables de la televisión, en lugar de codearse con otros compinches y maltratar a la seño, que según el pater ya no le sonríe tanto como el primer día.

Y es que cuando la maestra pase un par de semanas con el pelirrojo suplente, sufriendo sus maldades y su falta de miedo ante cualquier peligro, seguro que nos declara personas non gratas y echa a Cigoto de la guardería, alegando que el niño está poseído por las fuerzas del indramundo, lo que bien pensado no estaría del todo mal sobre todo si el Vaticano nos manda un exorcista, que lo mismo me arregla al niño que lo pongo a leer con la niña el Letrilandia o a batirle un par de huevos para la pelirroja, ahora que por fin se ha lanzado a comer tortilla de patatas.

Si es que todo es organizarse.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Las fiestas son para guardarlas, que ya lo decía mi abuela...

Amores míos... en Málaga estamos de puente hasta el martes, así que actualizaremos mañana sin falta, que no está bonito eso de colgar textos en fiestas de guardar...

Entretanto, os dejo con el post que publicamos en El Planeta del Bebé sobre Cigoto El Caminante... que no ganamos para estrés!

Nos vemos mañana!!




Cigoto y su andador


Cigoto es un chico listo. Listísimo. Y no porque yo sea su madre y tenga las endorfinas a punto de ebullición, sino porque el pequeño pelirrojo se ha acostumbrado a buscarse la vida ninguneado por la familia -que no damos abasto para sobrevivir- y a dar por hecho que por eso de ser el segundo le tocaba espabilar y claro, la criatura se ha puesto las pilas.
 
Sabe abrir botellas para derramarlas por el suelo, trepar por todo lo trepable –y lo intrepable también- comer cables, meterse lápices por la nariz, comer solo lanzando papilla, yogur y boquerones contra la televisión, hacer montañas con las construcciones para luego estamparlas contra la pared, abrir y meterse en los cajones y muchas otras proezas maravillosas que nos tienen en un sinvivir y en un inicio de depresión severa.