lunes, 13 de abril de 2015

Cigoto el indocumentado



El aspirante es extranjero. Un guiri, pero de verdad. Aunque aún no tenga pasaporte que lo acredite, que a una madre no le hace falta pasaporte para saber que su hijo es extranjero. O sea que es un extranjero sin papeles, qué valor, como está el patio, maremía. Yo no había comentado nada por aquello de ser prudente. Pero yo lo sabía. Como no lo voy a saber si yo soy prácticamente gitana y la prole son blancos como la leche y pelirrojos como las candelas.

Con la pelirroja tuve mis sospechas pero como es una folclórica lampona por ver tronos a dos centímetros de la nariz y vestirse de faralaes con sus castañuelas en ristre y bailando La Niña de Puerta Oscura como si no hubiera un mañana, pues me despistó. De hecho igual ya ni siquiera es extranjera porque con todos los deberes que le mandan cada día en el cole seguro que le han  dado el permiso de residencia.

Con el aspirante la cosa es diferente porque no sólo no ha mostrado la más mínima empatía con las costumbres de la tierra sino que el otro día lanzó el tacón de ensayo de la primogénita al wc y luego le echó medió bote de acondicionador bifásico encima, en plan desprecio total por la copla y los tratamientos capilares.

Pero la pista principal que me ha llevado a la determinación de que el niño es guiri es el tema del habla. De momento manejamos cuatro palabras –o eso queremos creer-, pero de mamá ni hablamos. Igual porque ni me reconoce como tal con esta melena negra tipo Sandro Rey que me ha quedado después del tinte ‘castaño claro’ que me compré en la perfumería y me trae por el camino de la amargura.

Eso sí, parece que el inglés lo lleva mejor y cuando se despierta y se me tira en la cara desde la cuna, después de reírse mientras me recompongo los pómulos, grita ‘up’ a grito pelado como si fuera un marine y cuando le quito los rotuladores me persigue dedo en alto y en lugar de no, me dice nouu, nouuu como si fuera Amy Winehouse.

Pero su expresión favorita que usa en cualquier tiempo y lugar es ‘oh, yeah’ entonada como un guiri de chanclas y calcetines y lo mismo la usa cuando descubre un paquete abierto de pelotazos o patatas al jamón que cuando se sube a la encimera de la cocina y grita ‘oh yeah papá’ mientras se aplaude a sí mismo por la hazaña.

Así que ahora he empezado a afinar el oído porque igual no dice mamá pero quién sabe si lleva cuatro meses diciendo mom y yo aquí criticándolo cual malamadre rencorosa. Pero vamos, que como no ose a nombrarme en ningún idioma, dialecto o lengua muerta, con las caderas de estrías que me ha dejado y las ojeras que vengo acumulando desde su nacimiento, mañana mismo llamo a Extranjería y que lo deporten.

Y que luego venga Amnistía Internacional a contarme milongas. Hombre ya. 


lunes, 6 de abril de 2015

Un (espantoso) día de playa


Una de las consecuencias del malvivir maternal y la falta de horas de sueño es que a una empieza a fallarle la memoria y lo mismo lleva los cascabeles para el gorro de bufón al colegio dos semanas después de cuando lo pidieron, que viste a la niña para la función de baile un mes antes, coincidiendo con el día de la Virgen Niña y en lugar de perfectamente uniformada o disfrazada de angelito, la pelirroja llega vestida de Lola Flores con una flor de metro y medio y las castañuelas en la mano para disgusto de la señorita.

No obstante, me atrevería a decir que la falta de memoria es así en general una cosa buena porque posibilita que a una se le vayan olvidando los días horribles vividos en familia y volver a revivirlos sin descanso, y cuando vuelve a llegar la Feria de Agosto una la coge con ganas y decide enfrentarse a los feriantes y al ‘Follow the leader’ con los pelirrojos adosados a la cadera a pesar de que el año anterior la primogénita hizo un amago de desaparición entre el gentío, Cigoto se comió medio abanico y me tiraron una jarra de dos litros de tinto de verano sobre mi recién estrenado vestido y no me partieron el pie porque logré frenarla con la rodilla, que se me quedó metida para adentro hora y media.

Pues más o menos lo mismo es lo que me pasó el otro día con la playa. Que a una se le había olvidado el horror del año pasado y cuando vio tres días seguidos de calor veraniego, se vino arriba y en lugar de enfrentarnos a los legionarios que desfilaban por la puerta de casa decidimos irnos de playeo a buscar bronceado y problemas, con dos pelirrojos y media casa a cuestas, que yo no sé por qué pero ir a la playa es como hacer una mudanza pero en peor.

Y allí nos plantamos a la amanecía del Jueves Santo, el pater, los pelirrojos y yo, con dos millones de cubos y palas y rastrillos, la sombrilla que nunca clava bien y acaba apuñalando a alguien, las cremas tipo yeso, los veinte pares de toallas, las mudas variadas, los pañales para el baño, las revistas para fingir que vamos a relajarnos, los manguitos, flotadores y hasta una bañerita para el aspirante que compramos en los chinos y que dejó al pater hiperventilado para todo el día.

Por supuesto, a los tres minutos de estar allí acampados, el día se nubló y el mar se llenó de olas negruzcas como si fuera el fin de mundo, pero el ánimo no decaía. Que una no se había pasado media mañana haciendo macutos para esto. La pelirroja a la que le había calzado un bañador de hace dos años porque no había encontrado la bolsa del año pasado, pobre criatura que parecía Kim Kardashian, suplicaba hincada en la arena como una dolorosa que por favor nos bañáramos en el agua apocalíptica y a menos quince grados, mientras el pater inflaba cosas en una maratón sin fin, yo me retorcía en la toalla para esconder mis carnes blanquecinas con una postura made in Circo del Sol y Cigoto se rebozada cual croqueta con la cara hincada en la arena y las pupilas llenas de chinos.

Luego se rizó el rizo, llegó el frío polar huracanado y una ola tipo tsunami nos mojó las toallas, arrastró los cubos y casi se lleva por delante al hermanísimo, indignado también porque su paquete de patatas al jamón con el que comía arena como si fuera humus se le había ido flotando orilla abajo y no estaba dispuesto a tolerar tal ultraje, lo que le obligó a enfrentarse a grito limpio con el mar con su pataje de anciana artítrica.que casi le cuesta la vida y la dignidad.

Así que chorreando y muertos de frío decidimos dejar de fingir y volver a casa no sin antes someternos a los trabajos forzados que implica la recogida playera, que bien deberían estar prohibidos por la ONU, los enjuagues de los dos mil cacharritos, las visitas a la ducha para que acto seguido los pelirrojos se emborricen nuevamente en la arena, las desinfladas de bañeritas y demás, los estrujamientos de toallas y las ganas de pedir una muerte digna frente el paseo marítimo.

Al final, lo conseguimos pero acabamos volviendo a casa vestidos de indigentes –no entiendo por qué después de un día playero la ropa se convierte en harapos- con los pelos chorreando y llenos de bártulos como si fuéramos a pasar el estrecho y por supuesto con más frío que Di Caprio en Titanic.

Y con estas pintas callejeamos por el centro histórico malagueño rumbo a casa, encontrándonos con millones de personas arregladísimas para disfrutar de la mañana del Jueves Santo y el traslado del Cristo de Mena con sus trajes de chaqueta, sus vestidos de entretiempo y sus rebequitas de punto bobo, mientras nosotros parecíamos recién sacados de Chernobil.

Finalmente llegamos a casa, exactamente hora y media después de haber salido, a disfrutar de nuestra recién estrenada pulmonía galopante, a ducharnos, ponernos los pijamas de invierno y hacernos la firme promesa de no volver a pisar la playa hasta que sea julio o hasta que se nos olvide la pesadilla vivida. O sea, hasta la semana que viene.

No somos nadie.

lunes, 30 de marzo de 2015

Yo quiero ser una madre perfecta y otros sueños


Yo quería ser una madre perfecta de ésas de las revistas que lo mismo te hacen una tarta de calabaza que te cosen un disfraz de princesa de las nieves de tres capas de organza en menos de lo que tarda en subir el café. De ésas que van peinadas, que tienen hijos peinados que no lamen escaparates, que llevan las uñas pintadas sin desconchones -ni repintadas cutres de ésas que en casa te crees que nadie notará y son todavía peores-, que hablan bajito y no mutan en omaíta cada cuatro segundos, que no tiene piruletas chupadas en el bolso pegadas a las tarjetas de la oficina, ni una casa pocilguera, de ésas que no tienen que buscar cada noche los pantalones del pijama por toda la casa ni encuentran un paquete de gusanitos vaciado en el cajón principal de la mesita de noche y, lo que es peor, fingen que no lo ha visto para poder dormir las cinco horas de rigor. De ésas que van perfectamente maquilladas y se echan mascarillas en el pelo -mascariiiillas- de las que ven telediarios y leen libros y hablan con otros adultos y se enteran de lo que dicen.

Luego alguien -imagino que por compasión al ver mi cara de madre desquiciada con restos de biberón en la blusa- me dijo que ésas no existían que eran un producto del marketing como los ángeles de Victoria Secret y yo me lo quise creer como quien quiere creer que su problema es que retiene líquidos cuando por la noche devora chocolate como una poseída. Que cada uno es libre de creerse lo que quiera. Hombre ya.

Sin embargo, con esto de la Semana Santa y del Domingo de Ramos y de ver esta misma mañana pasear a familias como sacadas de una revista de decoración no he podido negar la evidencia, sobre todo cuando las comparaba con nosotros: el pelirrojo aspirante bajándose el pantalón, la pelirroja con las uñas pintadas desde los nudillos, dando vueltas como un derviche arrasando a su paso con niños, ancianas y esquinas y el pater y yo, corriendo detrás pidiendo disculpas y haciendo reverencias con la cara descompuesta de las tres gastroenteritis que llevamos acumuladas... locos por hacernos los muertos en un escalón.

Yo lo asumo, como quien asume una intolerancia a la lactosa o un ojo vago, con resignación. Lo que no evita que tenga algunas dudas al respecto que me quitan el sueño.

1.- ¿Por qué los niños de las madres perfectas no gritan? Los pelirrojos cuando no lloran, cantan o hablan como cabreros en la montaña. Da igual que les corrija, sonriendo para imitar a mis envidiadas congéneres o con cara de furia extrema. A los tres minutos, otra vez. Y quien dice que gritar dice gatear por los probadores o lamer espejos.

2.- ¿Por qué sus niños siempre las ven desde lejos con un simple giro de muñeca y acuden raudos y veloces y los míos precisan que tenga que llamarlos a voz en grito un mínimo de tres veces, cuatro si no me poseen los Morancos? Y que no me digan que es por insistir porque insisto hasta dar miedo. De hecho, hasta los de la mesa de al lado tienen miedo. 

3.- ¿Cómo logran no alterarse nunca ni aunque lleven siete niños en pandilla? ¿Meditación? ¿Sintonización de chakras? ¿Valium?   

4.- ¿Cuándo se hacen la plancha y se pintan las uñas con dos capas? ¿Por la noche cuando ya no hay fuerza ni para bostezar, por la mañana infartada viva viviendo al límite del reloj? ¿En la oficina? ¿Es una peluca?

5.- ¿Porque los niños de las madres perfectas no quieren vestir de chonis como los míos? Los pelirrojos al final se ponen los trajes de Gocco, pero me toca tres horas de negociación y para evitar que la primogénita se coloque el gorro de pandillera de barrio marginal con lentejuelas fucsia, le tengo que dejar echarse dos brochazos de colorete 'ultraboncreado' o ponerse las gafas de sol de las que salen dos palmeras de ocho centímetros. Y el otro día el pater tuvo que llevar al aspirante a la guardería con el casco de la bicicleta de la hermana para que no entrara en cólera.