lunes, 21 de julio de 2014

Las vacaciones y otras formas de tortura


Que te den vacaciones cuando tienes hijos es una cosa muy fea y de muy mal gusto, que debería estar penada por ley o denunciada por Amnistía Internacional o Cruz Roja o Pablo Iglesias o algo, porque todo el mundo sabe y quien no lo sabe es porque no tiene hijos o no tiene vacaciones, que el binomio días libres-hijos es lo peor que os puede pasar a ti y a tus nervios –a los pocos que te queden medio utilizables- junto a un maratón de cumpleaños infantiles, que para más inri, también suelen sucederse en verano.

Una, que es ingenua y optimista como la que más, estaba como loca con esto de tener vacaciones y había hecho mil y un planes para disfrutarlas como dios manda. Y mira, que había bajado el listón y ni siquiera había pensado en escaparse una semana a un hotelito de costa, qué disparate, una se conformaba con tomarse unas copichuelas con las amigas, broncearse en un hamaca de playa de su ciudad, hacerse unos largos en la piscina, salir a comer, a cenar, al teatro y hacer todas esas cosas que hace la gente normal cuando está en vacaciones.

En mi defensa diré que este es mi primer trabajo ‘serio’ desde que soy madre y con serio quiero decir con un horario y con un sitio físico al que ir, así que era novata en esto de las vacaciones familiares y todo era utopía.

Por supuesto, la realidad es bien distinta, sobre todo en mi caso, que he de huir de casa cada día para que el pater pueda terminar alguno de sus trabajos que los pelirrojos tienden a boicotear, así que me tiro a la calle como una cualquiera, enganchándome a los planes más terroríficos para divertir a lo niños y entretenerlos hasta que el pater termine sus quehaceres, que empiezo a descubrir que no piensa acabar nunca, que aquí el más tonto te hace un reloj.

La cuestión es que un día me voy a la piscina y achicharro a los pelirrojos aunque me pase el día enyesándolos en factor 50 y arrinconándolos en la sombra, inflando manguitos y muriendo de hipotermia y exceso de cloro mientras la nena finge que sabe bucear porque mete la cara en el agua hasta que pierde oxígeno y Cigoto me patea el hígado tratando de soltarse de mí y nadar libre rumbo a la depuradora.

Otro plan es el paseíto interminable que empieza a la amanecía y que incluye parque infantil a 40 grados malagueños, con la pelirroja pelándose el culo en el tobogán, helado en Casa Mira que acaba refregado sobre mi vestido mientras Cigoto se rebela en el carro y grita rompiendo la barrera del sonido para que todas las señoras me miren como si yo lo estuviera matando y culminando en el mcDonalds o Burger King con ensalada tristérrima y parque de bolas infernal. Y por la tarde, café con la mamma o museos o cualquier otra cosa que me lleve hasta la muerte por agotamiento, cuando vuelvo a casa arrastrándome, y con suerte me lavo la cara antes de caer en coma en el sofá.

Otras veces innovamos como ayer mismo (hoy), que nos tiramos a ver la procesión de la Virgen del Carmen en familia, desde las once de la mañana, con un sol de justicia abrasándonos el cogote, con un pelirrojo poseído por las fuerzas demoníacas del mal, luchando por gatear y arrastrarse por cualquier suelo o carretera que se cruce en su camino, si hay colillas mejor, coqueteando con el suicidio cabeza abajo, con la pelirroja matándose viva con el primísimo, y conmigo arrastrando los pies y el alma detrás, al borde de la muerte. Y después, comida y café y helado y regue de quince segundos para que mi hermana que es una lianta como la mamma, me meta de estrangis en una especie de feria de pueblo con cuatro atracciones descatalogadas de la antigua URSS, a morir de tristeza y cansancio a ritmo de Bachata y tómbolas.

Y por si no fuera poco estar allí más muerta que viva tirando de dos millones de globos, una comba, un arco con hacha de plástico, dos botellas de agua, chucherías, un agotamiento crónico y dos enanos hiperactivos, me dice mi hermana que me monte con mi sobrino en una especie de zigzag inofensivo, que ella tiene las cervicales muy mal y que al chiquillo le hace ilusión.

Sólo diré que ahora soy yo la que tiene las cervicales mal. Y la médula peor. Y náuseas como de embarazada en el primer trimestre, montada en un globo del revés, y un brazo con más moratones que un yonqui, y unos mareos que ni mi tía cuando le saltó el audífono en Eurodisney. Vamos, que yo creo que esa atracción ni estaba homologada ni nada. Que no hemos muerto de milagro de los cabezazos que nos han dado contra el asiento, que yo creo que el feriante se había cabreado con la mujer y las ha pagado con nosotros, pobres criaturas levantadas desde la amanecía. De hecho han tenido que parar para que una chiquilla que le estaba viendo los ojos a la muerte, se bajara aterrorizada a los cinco minutos de empezar, cuando ya todos creíamos que se había acabado el tormento. Pero cuando el resto de los que estábamos allí quisimos seguirla, nos volvieron a asegurar el cierre y otros cinco minutos más de tortura, que se ve que allí no se montaba ni el tato y querían agasajarnos con veinte vueltas extras. Vamos, que ahora estoy escribiendo esto a la una de la madrugada mientras la pelirroja salta en la comba de los chinos que se ha ganado en los patitos, despertando a medio vecindario, y no sé si terminar el post o abrirme la cabeza sobre el teclado.

Y todavía me queda una semana de vacaciones.

jueves, 17 de julio de 2014

Publicidad, sobornos y otras maravillas. ¡Pisamonas celebra su semana sin IVA!



Ya os he dicho mil veces que la pelirroja come poco tirando a nada, con el sufrimiento que eso me genera a mí y  a mis nervios de madre aprensiva,  sin embargo, la criatura aprovecha lo que poco que engulle –no quiero imaginar la adolescencia que nos espera-  y no sólo parece repetidora en su clase de Infantil sino que de un mes a otro los vestidos se nos quedan cortos y los zapatos pequeños. Un sinvivir.

Eso, sumado a que Cigoto ya empieza a dar sus primeros pasos –cogido de la mano y sin mucho entusiasmo, que todo hay que contarlo-, vuelvo a colocarme en el punto de partida veraniego para invertir en un par de zapatos para los pelirrojos, fresquitos, con un diseño atractivo y por supuesto, de calidad. Que lo de andar pegando tiritas en cuclillas en mitad de la calle, ya me lo sé y no, no me pasa más.

Así que nuevamente, acudo a mis amigos de Pisamonas, que tienen una web cómoda, bonita e intuitiva, cuentan con un amplio catálogo de productos de la mayor calidad, con cuidados diseños, materiales de primera y unos precios inmejorables. Y lo mejor de todo, me dejan comprar desde casa con la tranquilidad de poder mirar al detalle cada modelo, sin malévolos niños correteando de un lado a otro.






 Pero por si esto fuera poco, esta semana –hasta el día 20 de julio- celebran su semana sin IVA, es decir, una semana en la que una amplia selección de artículos cuesta un 21 por ciento menos. Ojiplática me quedo. Vamos, que yo personalmente voy a aprovechar y a invertir hasta en zapatitos de piel para el otoño...














Y para las que precisen de un empujón para la compra online, recordad que los chicos de Pisamonas no os cobran gastos de envío y además, el cambio de talla es gratis. ¿Qué más se puede pedir?

Vamos, que el único problema que vais a tener ¡es no saber qué elegir! Merceditas, alpargatas, cangrejeras, bailarinas, menorquinas, pepitos… y un larguísimo etcétera de preciosos zapatitos de primerísima calidad...

Pasaos que nos arrepentiréis!!




















lunes, 14 de julio de 2014

El camping y otros sustos



Cuando la abuela me dijo que se llevaba a la niña al camping de sus tíos, se me pusieron los pelos de punta por aquello de que una es madre aprensiva y la pelirroja una bomba de relojería en lo que a coqueteos con la muerte se refiere, y si en casa es capaz de dejarse menisco y medio contra la pared en un giro de tres cuartos mientras ve el canal Disney, de qué no sería capaz en terreno abierto, libre cual cervatillo y de secuaz de la prima Sara, conocida en el mundo entero por su capacidad de hacer el mal y de divertirse y divertir a la cualquiera. Lo que viene a ser una chica popular de seis años de toda la vida de dios. Con lo que molan. Y claro, para la pelirroja, de cuatro, que vive empanada en su mundo de princesas Sofía, eso es lo más de lo más.

Así que para hacerme la guay dije que sí, no antes de hacerme con una caja de lexatines auténticos -mitad para mí, mitad para la abuela que se la llevaba- y de aleccionar a la niña como si se fuera a la guerra de Afganistán, llenándola de miedos varios, -que es lo que hacen las buenas madres- y previendo que antes de dos días estaría llorando para que fuéramos a recogerla, que la nena es fiestera pero nunca ha pasado tanto tiempo fuera de casa y mi niña es muy chica y necesita estar con sus padres. Pobrecita mía.

Pues no. Ni mijita. Lo cierto es que sí que ha llorado pero sólo a la vuelta porque no quería volver a casa -malévola traidora- y de hecho, cada vez que la telefoneábamos, la abuela tenía que perseguirla para que nos cogiera y cuando lo hacía repetía cual cacatúa 'Me eztoy portando bien, le hago cazo a la abuela y te quiero musho, mamá, pero ahora tengo que irme' y me dejaba con el pipipipi y con la cara partida mientras esta preadolescente encerrada en el cuerpo de mi hija de cuatro años, se iba a la piscina a hacer coreografías con sus nuevos amigos o al cine de verano que ponían en el club infantil, con una alocada vida social que ni Lady Gaga, mire usted.

'Ez que ezta nosshe me voy a hacer las trencitas porque luego me voy a la discoteca' me dijo una tarde así a las bravas y yo que no estoy preparada para tener una hija que vaya a la discoteca, ni siquiera a una de parvulitos menores de ocho años, me vi obligada a echarme una mascarilla rejuvenecedora para venirme arriba.

Y no sólo es que pelee con la abuela para ducharse sola, ella que es tan floja que no quiere ni abrocharse los cordones de los zapatos, sino que exige entrar sola al recinto de la piscina para que no crean los nuevos amigos que es una niña bebé, ella, que ya tiene acumulados 56 meses de vida. Hombre ya.

Pero lo mejor de todo el asunto  -lo peor según el pater que ya ha ido a sacarse el permiso de armas- es que se ha echado una pandilla de amigos, donde hay una pareja de gemelos con los que las primas Jiménez ya han hecho ojitos y al parecer pasean por la parcela pelando la pava con sus labios pintados y sus bolsos de Peppa Pig al hombro. Y el otro día, al parecer, la madre de los críos las invitó a merendar a su caravana, imagino que para ver de qué calaña eran las mozuelas que rondaban a sus retoños. Y teniendo en cuenta que la pelirroja sólo come potitos y que iría pintada como una puerta con su maletín de maquillajes de Hello Kitty, no tengo claro si habrá congeniado con la suegra y si habrá o no boda en marcha.

Con lo bien que me vendría su cuarto para una salita de lectura.