lunes, 6 de julio de 2015

Bipolaridades y supervivencia



No soy una persona constante, de hecho soy la persona más inconstante que conozco, no en vano esos que se hacen llamar mis amigos hacen apuestas secretas sobre cuánto tiempo tardaré en borrarme del gimnasio o de la academia de inglés donde ya acumulan dieciocho matrículas mías de los últimos cuatro años.

Esto ha sido de toda la vida de Dios como mi tendencia a acumular lípidos en las caderas, pero con esto de la maternidad y el agotamiento extremo la cosa se ha avivado y ahora no soy constante ni con el contorno de ojos que me ha costado un riñón, ni con la dieta extrema que empiezo cada tres días sin contar los fines de semana ni con nada. Así, aunque me plantee con seriedad, con toda la seriedad de la que soy capaz con esta cara de loca, ser constante en lo referente a la educación de los pelirrojos al final todo es falacia y la bipolaridad se apodera de mí.

Así aunque me pase una semana haciendo entrar en razón a la pelirroja sobre la importancia de lavarse los dientes y lanzándole mil amenazas sobre las caries y los dolores infrahumanos de un nervio afectado, cuando nos dan las once de la noche de picos pardos por la ciudad y llego con los ojitos güertos y el tiempo justo de acostarlos y hacerme la muerta hasta que suene el despertador, va la niña y me dice que tiene que lavarse los dientes con cara de dolorosa en plan me estoy imaginando una endodoncia y viendo mi corta vida pasar delante de mis ojos, pero yo que soy muy malamadre y sólo quiero morir, se lo prohíbo porque ya estamos acostadas y solo me faltaba a mí dos horas y medias de enjuagues bucales al ritmo parsimonial de la pelirroja, así que me invento una teoría sobre el peligro de lavárselos después de la medianoche como si los premolares fueran gremlins o sobre una bula dental papal para casos extremos de agotamiento.

Luego está el tema de la seguridad vial, que le tengo grabado a fuego hasta que un día me pilla con prisas (o sea siempre) que llego tres cuartos de hora tarde al cine o al pediatra o casi cualquier sitio y me hago la loca y cruzo en rojo –soy una malamadre que merezco ser apaleada- por cualquier callejón desértico y entonces la pelirroja entra en bucle de sermón sobre mi osadía y como si tuviera 17 años y hubiera llegado tarde a casa me veo inventando historias como que no me había dado cuenta de que había semáforo o ya en plan caraperro, que el semáforo estaba realmente en verde para los peatones con la clara intención de hacer dudar a la niña y abocarla al psicólogo futuro.

O pasarme una vida explicándole que las chucherías son malas y que tomarse más de cuatro es un pase directo al hospital y luego me pilla tarde de bulimia extrema después de un mal día jalándome una bolsa de gominolas y me mira como me mira la mamma cuando me pido la segunda copa de vino.

O cuando después de crearle una rutina de trabajo y esfuerzo con los deberes, que me ha costado dos mechones de canas y tres lesiones cerebrales, una noche, después de un día interminable, se acuerda a las nueve mientras cena, que tenía dos copiados por hacer y unas cuentas con regletas. Y me veo prohibiéndole hacerlos, asegurándole que por un día no pasa nada y cargándome tres meses de pico y pala y encendiendo la mecha de la flojera pelirroja.

Total, que como dice mi madre esto es pan para hoy y hambre para mañana, pero quien tiene en su haber dos hijos pelirrojos y más juguetes de los que es capaz de ordenar en toda una vida, sabe que lo importante es sobrevivir. No mucho, lo suficiente para tener los órganos en marcha. Y aunque parezca mentira no es nada fácil. Hombre ya.

lunes, 22 de junio de 2015

Cosas que toda madre debería saber antes de ir a una fiesta escolar



1.- Las fiestas escolares son una lata, un hartura muy grande de canciones a grito limpio en plan gallinas de corral furiosas, de micrófonos que se acoplan y te rompen los tímpanos, de coreografías imposibles y escenarios decorados con muñecos gigantes de cartulina que te matan de una depresión a la segunda mirada y de barras de bar con hamburguesas crudas y colas interminables… todo ello, claro está, cuando no son tus retoños los que están sobre el escenario porque en ese momento, no sólo todo te parecerá fantástico, que ríete tú del Starlite de Marbella, sino que hasta la más coñazo de las poesías o canciones, te parecerán motivo de aplauso hasta desgastarte las palmas de las manos. Y no vitoreas porque el colegio es de monjas y eso no está bien visto.

2.- No importa lo pronto que llegues para coger un buen sitio, siempre hay dos millones de madres que llegan antes que tú, cargadas como si fueran a emprender una travesía por el mar angosto y que se ve que han pasado la noche guardando cola frente a la verja como en un concierto de Pablo Alborán.

3.- Amarás a la señorita sobre todas las cosas cuando la veas dándolo todo con los pequeños haciendo aspavientos frente al escenario y la venerarás por haberle enseñado dos folios de poesía a la niña, cuando tú no consigues ni que memorice el teléfono de casa.

4.- Es fundamental en toda fiesta que se precie haya una media de dos millones de madres grabando la actuación, una siempre justo delante de ti, que colocará el móvil de tamaño industrial delante de tu cara para que sólo puedas ver a tu niña bailando a través de su pantalla como en un concierto de Madonna o en una rueda de prensa de Rajoy. Y da igual que protestes o que inclines la cabeza, porque siempre habrá una videocámara, una cámara, un móvil y hasta una tablet para cortarte el rollo.

5.-  Llorarás. Digo si llorarás. Y a moco tendido. Da igual lo mal que lo hagan, las veces que se equivoquen o que lleves dos meses torturada con la maldita poesía en casa y que la sepas hasta recitar del revés como un cántico demoníaco, pero cuando la ves allí con su birrete y su cara de emoción junto a sus amiguitos y cantando con los bracitos en alto, te morirás de orgullo como si en lugar del diploma de infantil le hubieran dado el Nobel de Química.

6.- Da igual lo guay que creas ser, al final acabarás enviando el vídeo de tu retoño cantando en su graduación con su traje de graduado y su diploma de niño mayor, al menos, a tres grupos de whatssap. No somos nadie.

lunes, 15 de junio de 2015

Cómo reconocer a una madre de fiesta


1.- Cuando una madre va de fiesta no se compra un vestido sino cuatro no porque haya cobrado la paga extra sino porque a) no sabe qué se lleva desde 1997 b) ya no reconoce su cuerpo y no tiene ni idea ni de los cortes ni colores que le favorecen con estas nuevas caderas que se agenció en el posparto y este color de enferma terminal y c) probarse prendas con dos boicoteadores lamespejos, balanceándose cual tarzanes en las tirantas de los vestidos de fiesta es prácticamente imposible cuando no peligroso para tu derecho de admisión en las tiendas del grupo Inditex.

2. - Cuando una madre va de fiesta precisa de más negociaciones con las abuelas canguro que los políticos en los pactos de investidura. Hojas de ruta, cesiones, intercambios de favores, cambios en el programa inicial y así hasta conseguir lanzar a los hijos a una hora prudente para que te dé tiempo a una restauración física completa y recogerlos al día siguiente una vez superada la resaca. Nunca antes. Aunque siempre hay una abuela canguro que llama dos millones de veces 'porque el niño quería hablar contigo' aunque sean las tres de la mañana y el niño tenga siete meses.

3.- Cuando una madre va de fiesta se viene arriba y se sube a unos tacones por encima de sus posibilidades, la suerte es que una madre siempre tiene un plan b en forma de manoletinas o de bailar descalza a lo Remedios Amaya, que el rollo slow se lleva mucho.

4.- Cuando una madre va de fiesta se lo bebe todo y lo baila todo como si fuera una abuela en una boda pero con más ansiedad, que nunca se sabe cuándo va a poder una repetir la hazaña fiestera.

5.- Cuando una madre va de fiesta no conoce ninguna canción a no ser que esté apuntada al gimnasio o tenga la radio del coche libre de los cantajuegos, Abraham Mateo, Violetta o los gemelos insoportables. Casi ná. Pero bailar las baila todas. Como si fuera su último día sobre la tierra.

6.- Cuando una madre va de fiesta se levanta como si acabaran de arrancarle todos los órganos vitales con un aspirador, ronca como un marinero fornido y aguardientoso y con la cabeza como si pesara dos mil toneladas. Con suerte la resaca sólo le durará una semana. O dos. Pero y lo bien...