lunes, 1 de febrero de 2016

La vida sana y el patinaje



Con esto de leer revistas que inviten al ‘slow’, que son las que leo ahora para tratar de erradicar este estrés tan malo, en casa nos hemos venido arriba y ahora tratamos de darle a la vida sana, todo lo sana que puede ser la vida con tantas cosas pendientes por hacer y dos pelirrojos chupaenergías.

Por eso voy al gimnasio contra mi voluntad, donde al menos ya sé subirme a la elíptica sin parecer que estoy haciendo una performance, trato de dejar la cocacola Zero con poco éxito y mucho mono y a los reyes les encargamos sendos patinetes para los pelirrojos que están causando una grave alarma social en el barrio ante los riesgos de amputaciones pedestres sin compasión.

Por supuesto esto de la vida sana es un coñazo y todos tenemos claro que va a ser de duración más que limitada, por mucho que se acerque la operación biquini y el botón de mis vaqueros favoritos amenace con independizarse. De hecho, hasta a los pelirrojos les ha costado hacerse con esto de patinar que ellos son más de dar la lata la una y suicidarse en los columpios, el otro.

La idea de comprarlos fue principalmente por la pelirroja, que ha heredado la agilidad maternal, esto es que si está de pie y la ayudas a quitarse un calcetín se cae de culo. Vamos que tiene el equilibrio que tenía yo los sábados de madrugada cuando era moza. O menos aún. Así que me inventé que el asunto era reversible y le compré un patinete fucsia que pesa un quintal para ver si iba cogiendo cierta soltura de movimientos. Porque ella técnicas de maquillajes, más que Carmen de Mairena pero dotes deportivas más bien pocas.

Y al pelirrojo se lo compramos para que se convirtiera en Yevgueni Pliúshchenko antes de empezar la Educación Infantil, a ver si me lo becan y lo mandamos a una universidad estadounidense a los cuatro años y me quedo de monomadre otra vez, que el benjamín de la casa tiene la agilidad de un mono tití funambulista y eso hay que aprovecharlo en nuestro favor.

Y así me imagina yo, paseando con el pater tranquilamente mientras los pelirrojos se deslizaban calle arriba y abajo con arte y gracejo. Pero no. La pelirroja la cogió con ganas pero como la destreza no es lo suyo, pobre criatura, apenas consigue dar dos corretadas sin estrellarse contra cualquier mobiliario urbano, que el otro día a punto estuvo que colarse en una papelera, que hasta se le quedó en relieve en la frente en escudo del Ayuntamiento.

Lo bueno es que es de autoestima alta y cuando ve a una de esas niñas guiris que parecen que han nacido con el patinete dentro del saco embrionario se jacta de hacerlo mejor que ellas y mientras las chiquillas hacen piruetas y saltos mortales de doble tirabuzón en el parque, ella se va dejando los piños atrás y con la cara fucsia, la sien palpitante y los pelos en la cara -como su madre en el gimnasio- sólo logra deslizarse cuatro segundos, haciendo eses y aterrorizando a niños y mayores, a los que va tumbando a su paso.

El pequeño por su parte, no se ha declarado aún fan del patinate aunque ha encontrado su particular diversión en dejarse llevar hasta estrellarse bien contra mis pantorrillas o contra las de cualquier otra persona inocente que no sabe que en mi casa sólo criamos majaras.

Así que casi sin quererlo hemos vuelto a sacar a la luz el espíritu del gigantocarro y ahora los vecinos que ya me habían tomado por alguien de bien tras el infierno vivido con el Arrue, vuelven a sentirse aterrorizados a nuestro paso y esconden los pinreles en cuanto ven a los pelirrojos sobre ruedas… Y no les culpo.

Ahora sólo espero a que vengan las autoridades a confiscarnos los patinetes y a ver si con suerte me los enchironan un par de días por desórdenes públicos y así me da tiempo a depilarme y a reordenarme los chakras, que los tengo nada más que regular.

lunes, 25 de enero de 2016

Gimnasios, ninfas y otras torturas



Me he apuntado al gimnasio. Sí. A las bravas. Con lo poco que me gusta a mí moverme si no es por necesidad urgente o porque alguien me persiga y ahí me tienen, con mi bono anual para no dar opción a los arrepentimientos a la tercera sesión de zumba.

La culpa la tiene Santa Claus que es el mal, ya lo dice mi primo Diego que nosotros somos de los Reyes Magos y a Santa Claus no hay ni que mirarle a la cara y es verdad. Yo me pedí lo del gym pensando que no me lo iba a traer por aquello de que en casa apenas tenemos tiempo de dar dos bocanadas de aire seguidas antes de que tengamos que salir corriendo a recoger niños de colegios, guarderías, catequesis, más los trabajos, los deberes y el reguero de actividades infantiles y compatibilizar eso con la huida tres veces por semana igual no era viable. Pero me tiré el farol para que la gente no me reproche que no hago deporte cuando me quejo por no perder culo con las dietas y así tener las espaldas cubiertas, pero el gordo barbudo me recogió el guante y me regaló un bono anual en un sobre brillante junto a un uniforme completo para el asunto.

Y ahora voy al gym. Voy maldiciendo, no crean, pero voy. Y allí he encontrado una fauna de lo más diversa, la mayoría de cuerpos fabulosos, que cogen la elíptica con la misma ilusión con la que yo cogería la cama cualquier día en cualquier momento y se ponen a dar zancadas a un nivel como si hubieran estado entrenando con los marines de los EEUU.

Allí fiché a un par de chicas, más o menos de mi edad, a cada cual con un cuerpo más escultural y un culo esculpido a cincel, que las muchachas se curran subidas durante más de cuarenta minutos en una máquina de tortura de subir escalones, mientras charlan de sus muchos cuidados de belleza con sus coletas planchadas, sus cutis perfectos y sus manicuras impecables. Puercas.

Yo las miro desde mi elíptica con cara de envidiosa. Una cara fucsia del esfuerzo y con un moño mal cogido a empujones en el espejo de los vestuarios, que una no tiene tiempo de plancharse el pelo para ir mona por las calles y va con el pelo de chiwaka como para planchárselo para ir a sudar enfadada con el mundo.

‘Pues, nena el gimnasio es fundamental, yo vengo todos los días hora y media y me siento nueva y en las piernas lo noto una barbaridad, aunque también te diré que no pasa un día sin que me eche la crema reafirmante ésa de la que te hablé que es milagrosa’- le dice la una a la otra y yo con mi camiseta pobretona del Decathlon las miro con inquina de la mala y pienso que seguro que son nomadres atiborradas de tiempo libre para hacerse masajes en el sentido de las agujas del reloj mientras a mí se me descaman las piernas como a un besugo moribundo.

‘Yo ya se lo dije a Susana, que no hay que hacer dieta estricta, es suficiente con comer limpito y cenar una pieza de fruta para mantener la línea. Total si ya te vas a dormir que más te da tener hambre’. Y la otra asentía.

Primero sentí lástima de Susana que seguro que también se pone fucsia en el gimnasio y come galletas de noche y la criatura tiene que enfrentarse a estas dos ninfas a la hora del vermuth y luego pensé que si alguien puede cenar una fruta es una nomadre porque a ésas las querría yo ver levantándose seis veces por noche con lo alaridos de unos y otros, lo pipís, las aguas y los mocos con una naranja en el body, que poder se puede oigan, pero que eso de ‘como te duermes ya no notas el hambre’ es de una nomadre o de una adicta a los ansiolíticos o de una ninfa malvada que no pierde el aliento mientras yo estoy al borde del coma y no llevo ni la mitad del circuito hecho.

Como soy una envidiosa, me invento que si yo no tuviera una descendencia de la que cuidar sería igual de divina… Hombreee, eso seguro. Con todo ese tiempo disponible para cuidarme y dormir y echarme cremas y hacerme la plancha en la coleta para ir al gimnasio. Y hasta dormiría del tirón ya no con una naranja, con una uva. Incluso con media. Así cualquiera.

Y en estas andaba saliendo del vestuario recién duchada, con mi mochilón, mi cara lavada de envidiosa y la seguridad de que las ninfas no serían tan ninfas con dos pelirrojos a su cargo cuando al salir por el torno me las encontré ya vestidas de calle y por supuesto monísimas, con sus parejas que habían ido a recogerlas, una con un bebé de no más de seis meses en brazos y una niña de unos cinco años y otra con un carro gemelar del que salían alaridos nivel película gore.

Mi hermana dice que son los sobrinos. Y que si la niña le dijo mamá es porque se confundió. Y yo la creo. ¿Cómo no la voy a creer? También creía que Santa Claus era bondadoso y mira tú…

lunes, 18 de enero de 2016

De vísperas de Reyes, bridas y ansiolíticos



La maternidad se ha cargado mi espíritu navideño. Es un hecho. Dicen las madres entregadas que en realidad es al revés y que cuando una se hace madre vive las fiestas de otra manera. En eso estoy de acuerdo. Pero de una manera infernal porque una se viene arriba y hace cosas para las que en realidad no está preparada y al final le acecha el conato de muerte y/o ataque de ansiedad  en cada esquina alcanzando los máximos históricos en la noche de Reyes. Esa noche. Qué ríete tú de la de los Cuchillos Largos.

Nosotros empezamos la fiesta con la tradicional cabalgata de Reyes ahí, a lo loco, sin sillas ni nada, en una esquina atiborrada de gente, la mayoría con cara de haber salido de una cárcel mexicana, dejando claro que la lucha cuerpo a cuerpo por los caramelos de tres pesetas iba a ser ardua.
Por supuesto, nosotros vamos en pandilla familiar, qué sentido tiene la Navidad si no se estresa uno junto a sus congéneres y tras varias quedadas infructuosas, tradicionales retrasos y empujones del populacho nivel embestida de miura, llegamos a nuestro destino para que una vez instalados nos cayera el diluvio universal sobre nuestras cabezas, que hasta el pobre Cigoto se apartaba el agua que le caía como una cortina por la cara. 

Lo normal es que nos hubiéramos ido a un lugar cubierto a darle esquinazo a la gripe, pero como ni madre ni mi tía María Carmen que son el ala dura de la familia venían este año, nos hicimos los rebeldes, que para eso hay diputados con rastas en el Congreso y nos quedamos allí a perder la poca salud que nos quedaba y a partirnos la cara por cuatro caramelos pisoteados y mojados con los integrantes de cártel que teníamos a la vera. 

Cuando por fin terminó el pasacalles y perdimos de vista a los cabezudos, nos fuimos con nuestras bolsas del Mercadona llena de caramelos baratos de merendolo, a las tantas jigonas que diría mi abuela, a la churrería más típica y atestada de Málaga a esperar mojados y muertos de frío más de una hora por una mesa libre y una muerte segura.

Con nuestra neumonía y nuestro mal cuerpo no llegamos a casa hasta cerca de las diez de la noche, lo justo para cenar y dormir a los niños y empezar a montar castillos mierder y pegar pegatinas hasta en el cielo de la boca de los Pin y Pon. Pero no. Y no sólo porque teníamos que ducharnos para entrar en calor y preparar algo caliente que no nos dejara en la hipotermia total de DiCaprio, sino porque los pelirrojos hiperactivos con sus chichones a base de chupinazos de caramelos, estaban dispuestos a cualquier cosa menos a dormirse. Y así fue como nos dio la una y media haciendo el majara por casa hasta que por fin logramos librarnos de la plebe.

Y a esa hora, cuando la menda que sólo estaba para llamar a la morgue y que vinieran a recogerla, tuvo que ponerse a montar junto al pater cocinitas minúsculas, armaritos con dos millones de puertas y cajones y patinetes con muchos tornillos y barbies y otros infiernos, todo con dos millones de bridas. Como si Anna Cantarina fuera a escaparse del blíster en mitad de la noche. Y las pegatinas. Muchas. Miles. Y una, con los ojitos ensagrentados mirando las instrucciones, con el corazón en la boca temiendo ver aparecer a los vástagos por el pasillo y arruinarles la infancia a golpe de realidad y bridas.

Y cuando ya eran las tres y media de la madrugada y notaba el aliento de la parca en el cogote tocó echar la serpentina y el confetti y los caramelos y las monedas de chocolate y el último soplo de vida sobre el sofá y por fin pudimos tirarnos en la cama a esperar a la muerte hasta exactamente las cinco y media, que la pelirroja empezó a suplicarme al oído si por favor, por favor podíamos levantarnos ya.

Y nos levantamos. Y a las diez estaba mi padre esperándonos para desayunar en casa de la mamma con dos millones de familiares divertidos y ruidosos, a intercambiarnos regalos y anécdotas de la noche entre bocatas de jamón y lingotazos de cocacola y de ahí a casa de la abuela del páter a comer otra vez en pandilla, a darnos más regalos, a reírnos y a morir de un ataque de alergia perruna que casi me hizo acabar en el hospital enchufada a los aerosoles, pero preferí irme a casa a las diez de la noche a pisotear papel de regalo y enredarme en serpentina mientras los pelirrojos me partían los empeines con los patinetes.

Así, cuando al día siguiente fui al médico de cabecera para que me recetara algo para la jaqueca, el pobre hombre me miró a los ojos y me dijo: 

- No se lo tome a mal, señora, pero yo le noto a usted un poquito de ansiedad.

¿Un poquito? Pobre criatura. 

Y así fue como me recetaron el Diazepam.