lunes, 23 de marzo de 2015

El gorrión, la muerte y las oreo bañadas


Yo no soy una madre gafapasta de ésas que les enseñan a sus hijos las verdades del mundo. En mi casa los Reyes vienen de Oriente, las tripas, que tiene ojos como lemures, lloran si los niños no comen y los bebés salen por el ombligo, que no tiene una los nervios para andar gestionando traumas infantiles con placentas y niveles de hemoglobina en sangre y el pater igual, que un día después de tres horas explicándole a la pelirroja cómo funcionan los espejos tirando de paciencia y de un documental coñazo de ciencia para niños, al final cuando la niña ya parecía haberlo entendido, le soltó un mortal ¿entonces ez magia no, papá?. Sí, magia dijo el pater derrotado y ahí acabó su faceta de padre divulgador.

Sin embargo, un día nos encontramos un pájaro muerto, estrosaíto y medio desplumado, y la pelirroja que todavía no estaba familiarizada con estas cosas quiso llevárselo a casa para cuidarlo, porque la criatura ya veía que aquella cara no era de estar muy bien. Y claro, fue imaginarme al pájaro metido en la cama de la Barbie que era el plan original de la nena y no vi otra salida que tirar de gafapastismo, decirle que el pájaro estaba ko y hablarle de la muerte, ahí a caraperro. Que más trauma hubiera sido tener el cadáver del gorrión en casa.

Pero claro, la niña empezó a poner cara de horror nivel el grito de Munch ante la idea de que todos acabáramos palmándola y al final, entre la espada y la pared y con la visión de la cuenta futura del psicoanalista, me vine arriba y acabé planteándole que morirse era casi una suerte porque el cielo era poco menos que un chollo, donde siempre se puede comer chuches y chocolate, donde no hay deberes y donde uno solo hace lo que quiere. Vamos, que el gorrión despachurrado era poco menos que un privilegiado.

De esto hace ya algún tiempo, pero se ve que la semilla de ‘la muerte mola’ le ha germinado bien y ahora a la menor de cambio quiere que la casque, pero básicamente por mi bien. O sea, cuando me cuenta lo mucho que me quiere y que nunca nunca nos vamos a separar, me aclara que hasta que yo me muera, claro, porque yo soy más vieja porque tengo como ‘veinte añoz de cien’ –que se ve que son muchos- y me toca morirme casi ya. Eso es lo que hay. Pero luego me aclara que si yo quiero ‘mejol nos morimoz juntaz’ o mejor aún, nos morimos toda la familia a la vez que se ve que eso sería lo más porque me lo cuenta con los ojos como platos y haciendo muchos aspavientos como si nos fuéramos a Eurodisney.

Luego piensa en los abuelos y en los primos y en los amigos del cole y al final decide que lo mejor sería una masacre para que la palmemos todos en pandilla, aunque a veces me explica que lo suyo es que esperemos a que tenga un novio para que se venga también para el hoyo. Y mis consuegros también, para que el novio no se quede solo en el más allá con la familia política y los amigos del cole y la seño y la teacher, que también está apuntada.

Yo al principio me horrorizaba con estas historias, que a mí ahora no me viene bien morirme con la de cosas que tengo que hacer, pero cuando me contó que allí puedo estar todo el día en la playa comiendo oreo bañadas y cola cola y patatas al jamón y no hay deberes ni despertador me he venido arriba y ahora me parece un planazo. Luego me acuerdo de que el plan es irnos en pandilla y me veo echando protectores solares a destajo y comiendo oreos rebozadas en arena y me desinflo.

Total, que me tendría que haber traído el gorrión a casa.

lunes, 16 de marzo de 2015

Fases psicológicas de la educación maternal


Cuando una se hace madre y entrega su útero y su tiempo libre a la procreación y a los devenires que vienen luego y que son más duros que el propio parto, -porque a ver, ¿quién no cambiaría los deberes de todo un trimestre de la prole por una sola noche contracciones?- pasa por varias etapas psicológicas como si fuera un votante indeciso en la elecciones generales o un secuestrado en la selva amazónica.

Etapa Cero. Cuando una se inicia en el malvivir de la crianza sólo tiene dos cosas claras, que el número de la pediatra deberá ser un 'número amigo' en la tarifa de Orange y que será una madre compresiva y tolerante, dispuesta a educar a sus hijos desde el diálogo y la comprensión. Que para eso se ha leído tres tomos de 'Educar desde el amor', escrito por una monja de clausura que no sabe lo que es una episiotomía ni una rabieta en la cola del súper nivel 'tengo un ataque de epilepsia agudo' porque quiere tres globos de Minnie en forma de corazón y un bote de chicles de fresa de kilo y medio de Orbyt. Pero la intención no es mala y cuando una va con su carro y su bebé, que por muy malo que sea se puede meter en un carro y huir hacia el horizonte, ve a las otras madres gritando dedo en alto en un probador, no puede más que lamentarse del poco talante conciliador que emplean.

Primera etapa. Cuando el niño adquiere cierta edad y cierto raciocinio es hora de emplear el diálogo como clave y una se ve explicándole las bondades de la leche a un niño de tres años un lunes a las ocho de la mañana para que el susodicho te patalee el esternón y te escupa el buche a la cara, justo hoy que te habías echado dos capas de rimel para que tus compañeros de trabajo dejaran de creer que eres una enferma terminal. O que le expliques el peligro del tobogán gigante para las articulaciones y antes de terminar la frase lo tengas lanzándose cabeza abajo y con la lengua fuera. Y tú y tu talante os quedáis comiendo pipas con la cara partida.

Segunda etapa. Con el tiempo una descubre que, además de que ya no volverá a dormir ocho horas del tirón -ni separadas- lo del talante es un invento de los nazis para torturar a madres inocentes y que lo que hay que hacer es poner pie sobre pared y educar al nene a la antigua usanza, es decir, mandando como un general. Así, tratas de un imponer un sistema para que los niños se hagan gente de provecho y amen hacer deberes y aprendan a pedir las cosas sin gritar como cabreros, ni se suiciden lanzándose cabeza abajo por el sofá de piel vuelta que aún no has pagado, aunque al final sólo consigues quedarte calva a disgustos, 'amorancarte' viva y ganarte dos pólipos en la faringe. Cómo están los pólipos ahora. 

Tercera etapa. Al final aprendes que hay cosas contra las que es mejor no luchar, pero no por falta de ideales sino por ahorro energético, que eso también se lleva mucho. Y al final, igual que aceptas que el portero te llame Margarita cada mañana o que la vecina del cuarto derecha te vuelva a contar la misma historia cada día como si fuera la primera vez, acabas aceptando que la niña se ponga el disfraz de Elsa y vaya pintada como una puerta a medio camino entre una Drag Queen y un espectro del más allá para ir a comer a un restaurante de postín o al notario a firmar la modificación de la hipoteca. Y ya no te parece tan mal que la 'a' le ocupe dos cuadritos en lugar de uno ni que se parezca más a una 'o' o a una letra cirílica. Con tal de que termine la ficha aceptarías que fuera en taquigrafía de los ochenta y a tamaño mamut prehistórico. Y que si el niño sólo se duerme lamiendo el sofá, pues que lo lama. Y si quiere meterse en el mueble o empujar la bombona lampando por una hernia, que la empuje y si la niña no quiere disfrazarse de bruja del Mago de Oz con un vestido que habías sacado de la página de Martha Stwart y lo que quiere uno de los chinos de cinco euros lleno de tules y transparencias como el de su amiga Araceli, no sólo no te importa sino que le compras dos. No sea que el año que viene te vuelvas idiota y vuelvas a caer en la tentación de complicarte la vida. Con la buena terminación que tiene ahora la confección oriental...    

PD. Mil gracias por vuestro entusiasmo por la publicación del libro!!! Espero que os guste y que os divierta y sobre todo, que se lo contéis hasta al panadero de la esquina, que igual tiene una suegra malvada y necesita terapia y comprarse el libro para descubrir que no está solo en el mundo! jajajja... Lo dicho, gracias mil!!

martes, 10 de marzo de 2015

¡¡¡¡Habemus libro!!!!






Pues eso mismo. Que publicamos libro como la gente de bien y nada menos que con La Esfera de los Libros, que son unos señores muy serios y muy de caché, que han querido airear a los cuatro vientos y vía papel impreso los desvaríos de esta bimadre con trastornos mentales variados. ¡Que no se diga que aquí no tenemos nivel!

Eso sí, esta vez no hablamos de madres ni de hijos o igual sí, pero de madres metidas a suegras y de hijos metidos a novios, maridos, yernos y actores secundarios... o lo que es lo mismo, del divertidísimo y terapéutico placer de criticar a la suegra (a la mía no, válgame Dios, que no sólo es muy buena sino que además -y sobre todo- me lee) sino a las vuestras o a las de vuestras hermanas, vuestras amigas o vuestra vecina del cuarto derecha que está mala de los nervios.

Enfrentarte al primer encuentro sin anestesia ni seguro de accidentes, asumir que tu suegra no te tolera -ni mijita-, cómo lidiar en el duelo de titanes de las consuegras o cómo soportar el paso de suegra a abuelísima son sólo algunas de las cuestiones que analizaremos con mucha irreverencia y mucho sentido del humor y todo aderezado con historias reales como la vida misma que parecen sacadas de un guión de Almodóvar...

Me hace muchísima ilusión presentaros este libro que no es mío sino nuestro porque nace gracias a todos los que cada semana os pasáis por aquí a echar una risas y a compartir vuestras historias conmigo.

¡Gracias mil!

Pues eso es todo de momento. Espero que el libro os guste mucho o que por lo menos os saque unas risas... que a fin de cuentas es de lo que se trata. Lo podéis encontrar a partir de hoy en El Corte Inglés, la Fnac y en las principales librerías. Casi ná.


Ay, qué nervios.