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martes, 12 de marzo de 2013

Quejas de una embarazada. El martirio del segundo embarazo. 1.- Las náuseas en compañía

Ya os he confesado alguna vez que para mí el embarazo es uno de los estados más tortuosos a los que puede someterse una mujer y que en el caso de que existiera la posibilidad de comprar un útero de plástico donde se pudiera gestar el niño y colocarlo encima de la mesa del salón para ir viendo su evolución, rehipotecaría mi casa para comprarlo y así evitar estos diez meses de infierno, náuseas y estrías.

Y es que el embarazo es un goteo de malestares continuos, aderezados por pequeñas alegrías para que la gente pique y se preñe y que te da el malestar de poco en poco para que no acabes de confiarte ni mueras de malvivir, así en los primeros meses tienes las vomitonas infernales pero no tienes barrigón inflexible en plan caparazón de tortuga, y cuando tienes el barrigón ya no tienes náuseas pero si ardores y así vas esquivando como puedes un todo incluido de molestias y que conste que cuando digo molestias estoy siendo la mar de generosa.

Bueno, pues si el embarazo ya es un tormento en sí mismo, cuando se trata del segundo y ya hay una criatura danzando por la casa y reclamando tus atenciones la cosa se complica hasta límites insospechados. Y es que cuando la primera vez te levantabas con un aluvión de vómitos en cadena en plan ‘Este niño es un demonio’ siempre podías hacerte la muerta en la cama o tirarte a dejarte morir en el sofá y así entre telebasura y revistas y cuerpo en ovillo, el malestar era menos malestar. Un poco al menos.

El problema es que cuando ya no eres tú y tu cuerpo serrano sino que hay otro ser vivo fuera de tu útero que clama por tu atención, no es que ya no haya posibilidad de tirarte a la bartola sino que ni siquiera la hay de encajar la cabeza en el WC sine die, sin que la nena se arrodille a tu lado buscando lo que presuntamente has perdido y gritándote a la oreja ‘¿Qué paza, mamá, qué paza? ¿Qué hay ahí?’ bordeando la barrera del sonido. Y no te queda otra que fingir que estás bien para que no trate de cuidarte, porque aunque muy tiernos, esos cuidados son físicamente muy dolorosos, que aún recuerdo cuando la pelirroja me quiso echar cremita en la cara por un eczema que me había salido junto a la nariz y acabé con las pupilas inyectadas en crema Nívea.

Y claro en el primer embarazo prohibías al pobre pater usar colonia o cocinar según que comidas que podían matarte con sólo mirarlas y más o menos ibas tirando, cruzando de acera si veías una freiduría o cambiando de canal si salía un anuncio de Telepizza…  pero bien… pero ahora, ahora qué hace una con ese peste a aceite rancio de las plastilinas o el olor que te palpita directamente en el hipotálamo a gusanitos naranjas que lleva la nena espachurrados entre los dedos o los zumos ésos que tienen leche y que huelen como a matojos. Pues vomitar. Una y otra vez. Como si no hubiera un mañana. Mientras la nena te sujeta el pelo y te hinca los codos en la espalda, lesionándote un par de vértebras.

Lo peor es que el tema de las náuseas en el segundo embarazo es sólo el principio. Hay más. Mucho más. Pero ése será otro capítulo.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Quejas de una embarazada. La deprimente ropa premamá


Que la mujer está más guapa cuando está embarazada es una falacia muy grande. Como mucho, puede estar igual de guapa, que ya es decir, porque entre las anchuras propias de la gestación, la cara raruna y en ocasiones, el acné juvenil o la cojera propia de la ciática no ayudan demasiado a su atractivo, pero claro, está feo que encima de estar pasando por nueve meses de infierno gestacional además, se le diga que está hecha un callo. Sólo faltaría.

Pero si ya están -estamos- más feas por méritos propios, esto es por la propia evolución del embarazo, la cosa se complica con la moda para embarazadas y cuando digo moda estoy siendo más que generosa.

Y es que cuando una se preña no sólo tiene que decir adiós a su cintura, a las copichuelas y al lomo ibérico sino que también tiene que despedirse de ir decentemente vestida a la calle y por supuesto de tener contacto alguno con las tendencias del momento, que una es hacerse el predictor y tener que ir vestida como Betty la Fea. O peor.

Yo no tengo claro el porqué de los terribles diseños para embarazadas que hay en el mercado ni de por qué las grandes marcas textiles reducen sus modelos preñatiles a dos o tres cositas, que además poco tienen que ver con sus maravillosas colecciones para mujeres de útero libre, como por ejemplo ocurre en Zara.

Y luego están las firmas como H&M que tienen una amplia gama de ropa premamá pero que va como cinco años por detrás -y aquí vuelvo a ser generosa- sobre el resto de la colección y una se muere de pena de ver esas gigantocamisas con elásticos bajo el pecho, esos blusones de madre vieja y esas faldas estampadas de monja arrepentida.

Pero a la ilusas preñadas siempre nos queda esperanza para las tiendas especializadas en embarazadas que, por cierto, cuesta la vida encontrar y que una vez que la encuentras no puedes sino echarte a llorar al comprobar el género, que probablemente alguna vez estuvo de moda en la Ucrania de los 90. O puede que tampoco.

Las más delgadas siempre tienen la opción de buscar modelos 'normales' anchos de la L o la XL y seguir vistiendo monas incluso en la recta final del embarazo, pero claro, a las que ya tenemos una L en estado normal, el camino hacia el look demodé se nos hace mucho más corto y tenemos que pasarnos la vida ojo avizor en busca de una prenda que nos salve de las garras de la depresión textil. Y no es fácil.

Yo de momento sobrevivo gracias a un par de vestidos de H&M -monos pero que jamás hubiera comprado de tener otras opciones- unos vaqueros premamá que se me clavan en la cicatriz de la cesárea y me cortan la respiración y una falda vaquera con aires de catequista que me deprime de sólo mirarla. Y eso es todo.  Menos mal que tengo dos mil collares para aliviar el aspecto de fea de la clase de película de Antena 3 pero dado el nivel de callosidad de la ropa cada vez me los tengo que comprar más grandes y a punto estoy de dejarme las cervicales por el camino. Lo que yo te diga.

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viernes, 22 de febrero de 2013

Quejas de una embarazada


Una vez leí un artículo donde se decía que no hay dos embarazos iguales y que una misma mujer podía haber pasado 40 semanas en el infierno con su primer hijo y, sin embargo, disfrutar de un plácido y tranquilo segundo embarazo en la gloria bendita.

Pues una que es sensible a estas cosas y siempre mira el lado bueno de las cosas, esperaba que este nuevo preñado fuera, no un camino de rosas -porque que tu cuerpo engendre un niño mientras tú vas a por el pan no puede ser una cosa ni sencilla ni físicamente agradable, para qué engañarnos- pero tampoco verme inmersa nuevamente en un mar de mareos, náuseas, barrigas descomunales y malvivir generalizado y que tendría un preñado casi de película.

Pues no. El artículo era una falacia muy mala y porque no lo encuentro, que si no le mandaba una carta a la señora redactora y volcaba sobre ella toda mi ira hormonal y mis frustraciones de embarazada, que seguro que eso me aliviaba mucho el estrés.  Porque este segundo embarazo está siendo casi peor que el primero, vamos que no voy a ser jamás una de esas mujeres que hablan de la gestación como el estado ideal de la mujer y del milagro de la vida que llevan dentro que le refleja la luz en los ojos... yo ando demasiado ocupada tratando de no echar el duodeno por la boca cada mañana. Que la cosa está muy mala.

Y es que las náuseas empezaron antes de la primera falta y cuando empezaron a aminorar, que no a desaparecer, llegaron los siempre entrañables ardores y su poquito de acidez complementaria, la mar de bien, lo que sumado a la rinitis alérgica que lleva conmigo desde que me hice el predictor, la tos de troll y la mala cara apanada y verdosa del indio gigante de Polttergeits hace que si bien este embarazo no sea igual al del pelirrojismo sea, probablemente, un poquito peor.

Aunque, para ser justa, he de reconocer que a estas alturas -23 semanas creo que llevo, pobrecito cigoto que no le hago ni caso, ni tengo calendario de Anne Geddes, ni  libro del bebé, ni agenda, ni ganas de vivir- ya estoy mucho mejor de lo mío y si no fuera por la gripe o el ébola o lo que sea que nos acecha y los dos mil kilos que me he echado encima, estaría casi bien. Hecha un callo, pero bien.

Y es que ya os comenté que no soy de ésas a las que el embarazo las otorga una luz casi celestial y una lozanía propia de los 15 años y un pelazo Pantenne para ir dando coletazos arriba y abajo... yo  más bien al contrario. La cara me ha crecido como dos centímetros de sangría por cada lado y la tengo tan hinchada que me cuesta sonreír más que a Carmen Lomana tras una -otra- sesión de bótox. Tengo una barriga tan gigante, que voy por la calle fingiendo que estoy a punto de parir porque ya me da fatiga la cara que ponen las ancianas que me soban la barriga y se quedan estupefactas cuando les digo que sólo estoy de tres meses -porque tengo la misma barriga casi desde que me hice el predictor- y mire usted, yo soy mucho de culo, pero barrigona no, y ahora soy un Falete herniado... que parece que estoy engendrando cuatrillizos.

Y lo más curioso de todo es que, aunque endemoniada y quejica, estoy encantada con todo esto porque, aunque a mi juicio el embarazo es uno de los peores estados a los que tiene que enfrentarse una mujer, -junto al de ser fallera mayor, que no se me enfade nadie, pero es que yo los roetes como que no los entiendo- en unos meses me van a dar un nene pequeñito y regordete, suave y blandito, que vendrá a destrozarme aún más los nervios y a aumentar mi malvivir y mi alopecia, pero sobre todo, vendrá a completar nuestra familia. Y eso me vuelve loca de alegría. Y de curiosidad. Y de sueños. Y de miedos. Y de nuevas ilusiones... Y me lo compensa todo. Otra vez.

Ya lo decía mi madre, que no tengo cabeza.