Yo soy una de esas personas que se pasan la vida a dieta, más
que nada para entretenerme porque perder lo que se dice perder, sólo pierdo las
ganas de vivir, pero una lo hace como quien mete al Euromillón, dispuesta a
probar suerte y esperanzada en que un día tenga la combinación ganadora y
amanezca con el cuerpo de Blake Livey –mi nueva musa- y si no, pues me conformo
con los 100 gramos
de reintegro o con el pruebe usted suerte otra vez, que seguro que la próxima
semana es la suya.
Por eso, cada vez que la pelirroja se empeña en que me coma
con ella sus chocolatinas o sus patatas al jamón, tengo que negarme, no por
falta de ganas que yo veo un turrón Suchard y se me ponen los ojos como a
Gollum, pero una sabe que es de metabolismo desgraciado y ha de vivir castigada
sin grasas saturadas si no quiere acabar como la hermana gorda de Falete.
Pero claro, la niña es un plomo y no acepta un no por
respuesta, así que después de inventarme mil excusas sobre que no me gustan las
chuches, que si como eso me duele la barrigota o simplemente que no tengo ganas
y aún así tener a la niña dándome la vara, insistiéndome, pobrecita mía con
este afán de compartir que Dios le ha dado, y refregándome las monedas de
chocolate por la cara –que un día de estos voy a sacar la lengua como una rana
de charco y le voy a jalar hasta los dedos- me vi obligada a decirle la verdad.
Es que mami no quiere
comer chuches para no ponerse gordita / Pero zi tú no eztás goldita, mami / Cómo
que no! Mira que culete tan grande se me ha puesto / Entonces ¿nunca máz quierez
chuchez? / De momento, no, guapita, pero gracias. Ya si yo quiero, te las pido.
Y parece que la cosa funcionó o al menos dejó de
martirizarme unos días, cosa que una agradece que entre la poca paciencia que
una gasta y la falta de voluntad frente a las chucherías aquello era una muerte
en vida que diría mi madre y su amor por el dramatismo.
Pero
claro, todo en esta vida tiene un precio y hace unos días me la llevé
al cine y mientras compraba palomitas –porque las palomitas
son sagradas- y la niña miraba el merchandaising de Lluvia de Albóndigas
2, el
chico del bar me regaló un bombón y puestos a que iba a comer palomitas y
por
aquello de ‘de perdidos al río’ y por ser educada, lo cogí y justo
cuando me lo
iba a meter en la boca, la niña vino corriendo como si el edificio
estuviera en
llamas gritando ‘Noooooo, mamaaá, no te lo comaaaz, que te ponez golditaaaaa’.
Y justo cuando ya estaba al borde la muerte por vergüenza suprema, el muchacho
que además de ser un encanto estaba ciego le dijo ‘Pero qué dices, si tu madre es guapísima
y tiene un tipazo’ / ‘Zí, ¿pero no haz vizto el culete tan grande que ze le ha
puezto? Dízezelo tú, mamá’.
Sobra decir que salí corriendo a esconderme en la sala y que
me tuve que comer todo el paquete de palomitas para aliviar el disgusto,
mientras la pelirroja me miraba triunfante esperando mi agradecimiento por
haberme apartado del camino de la perdición.
Cría cuervos.