Como primer paso de nuestro yunquerismo fraudulento, el sábado
nos fuimos al campo. A lo loco. Me llamó mi hermana que está loca por trincar
un rayo sol y me lo propuso esperando de mí un grito de horror pero como ahora
soy slow y me debo al mundo rural, dije que sí, total una debe acostumbrarse al
senderismo y a las alimañas del bosque si va a hacerse ermitaña un día de
estos, así que me tiré al armario en busca de algún atuendo adecuado para la
ocasión.
Yo no tengo chándal por principios, ni pitillos ni nada
ligeramente deportivo que no sean los culottes que me compré cuando me dio por
el spinning y que tienen culo propio, como si no tuviera una suficiente con el
suyo, y poco más. Los vaqueros estaban descartados porque los míos son más bien
estrechos tirando a “en realidad usted tiene una talla más” y no era plan de
perforarme la pleura frente a un olivo y darle un mal rato a los domingueros. Pero
por suerte descubrí un pantalón de H&M de esos que una nunca sabe si es un
pijama o un chándal y me lo coloqué con una camiseta de leopardo que es la
única cosa de manga corta que tenía a mano y que me daba un aspecto muy de extrarradio
o de simpatizante de Camela, pero mire usted, en el campo todos los gatos son
pardos.
Y allá nos fuimos, todos disfrazados, porque en esta casa
éramos muy urbanos y no teníamos fondo de armario campestre, a tirarnos al
monte como los maquis, eso sí, previa hora de carretera por los montes de
Málaga con el estómago en la nuca. La primogénita preparada con dos litros de
Biodramina en sangre, pero el aspirante, que nunca se había mareado, iba a pelo
y se tornó verdoso a mitad del camino, vomitando todo lo que tenía que vomitar.
Y un poco más.
Pero aquello no nos iba a amedrentar con lo contenta que iba
yo con mi gorra y mi cara de campestre novata, aunque como somos unos gafes,
cuando llegamos a la zona de ‘esparcimiento’ en lugar de las mesas habituales,
sólo estaban las patas porque al parecer estaban desmantelándolas para
cambiarlas así que no había donde sentarse más que tirados en el suelo en plan 15-M
o sobres las futuras patas para perder la virginidad o tontear con un
desgarramiento anal.
Así que improvisamos un campamento horrible, con tablones
llenos de hormigas que colocamos sobre las patas y que cuando nos sentábamos se
torcían cual balancín y acababan lanzando la tabla por los aires para terror de
los otros campestres que vieron amenazada su integridad física como quince
veces, dieciséis si contamos cuando Cigoto lanzó un tarugo de leña contra el
campamento colindante para desfogar su lado pandillero para terror de una
señora que casi se cae en su propia paellera.
Por supuesto, allí de slow no había nada o igual sí lo había
antes de llegar nosotros, quién sabe, con tanto niño corriendo, la parrilla
lampona por achicharrarnos la cara, el pantalón pijama arrastrando una hilera
de piñas y la pelirroja con su agilidad limitada mordiendo el polvo por todos
los terraplenes con cara de horror.
Pero en el mundo rural, el ánimo nunca decae y mi hermana
nos llevó de excursión a coger piñas y madroños, donde estuve a punto de
encontrar la muerte clavándome una rama en la sien, pero emocionada con los
bolsillos de la parka llenos de madroños y una bolsa llena de setas preciosas
que nos encontrábamos por el camino junto a flores espantosas y restos de lo que
parecían piñas devoradas por un jabalí que me iba dando el niñerío a modo de
trofeo campestre mientras se daban leñazos contra todo arbusto existente y yo
me infartaba por las esquinas.
El único que parecía haberse criado en el campo era el
aspirante, mire usted, qué clase para apartar matojos, agacharse en el momento
justo y hasta rodar cual croqueta para evitar un peligro mayor. Hasta que en un
traspiés se desolló toda la barriga con las hojas secas y le vio los ojos a la
muerte y yo para rescatarlo, también, con el consecuente despachurramiento de
madroños bolsilleros que se convirtieron en una masa amarillenta y pegajosa que
acabó traspasando la parka y el pantalón pijamero y haciéndome una especie de
mascarilla natural sobre la pistolera derecha para cachondeo general del
personal, sobre todo del pater, que encima me tiró las setas con la ilusión que
yo tenía en el cuerpo, porque al parecer no eran aptas para el consumo.
Con estas y otras magulladuras más, llegamos a casa siete
horas después de haber salido, con los pelos foscos y semicardados de los
enganchamientos sorpresa con la arboleda, con suciedad para repellar dos casas, con olor
a candela en las entrañas, tres madroños pegajosos que sobrevivieron a la
masacre, un puñado de aceitunas verdes en un vaso de Peppa Pig y la certeza de
que en esta casa necesitamos más cultura campestre.
Y un euromillón, claro,
pero ésa es otra historia.