jueves, 22 de marzo de 2012

La hora de las palabrotas


Nadie sabe cómo ni por qué, pero una de las primeras cosas que aprenden los niños al hablar, mucho antes de que sean capaces de pronunciar correctamente su nombre o de que logren terminar una frase con algo de sentido, son las temidas palabrotas, las peores del mercado, los tacos más chungos que nadie sabe quién les ha enseñado o dónde los han oído pero que les salen un día por las que fueran sus incólumes boquitas como si tal cosa, mientras tú, ingenua y feliz, haces la compra o te pruebas los its de la nueva colección de Inditex. A bocajarro.

Lo curioso del asunto es que a pesar de sus lenguas trabadas y sus balbuceos habituales entre palabra y palabra, los pequeños malignos son capaces de pronunciar las palabrotas a la perfección, con todas sus letras bien vocalizadas y siempre con la entonación adecuada, para que no haya inducción posible a error, dejando claro qué han querido decir y eliminando así cualquier posibilidad de excusa materna frente al siempre sorprendido y ofendido público.

“¡Coño, Kitty, que comas!”. Escuché un día atónita mientras le daba de comer una tarta de plástico a su Kitty hinchable. Y el mundo, junto a las aspiraciones de convertirla en una niña bien, se me vinieron abajo. “No le regañes que es peor”, me dijo mi hermana que, además de madre agotada, es maestra y entiende de estas cosas y así lo hice, fingí durante semanas que sólo era una palabra más pero aquello iba a peor. “Se me ha caído el yogur, coño”, “Coño, no quiero domir” o “Coño, quiero que venga el abuelo” y así todo el día.

Así que finalmente decidí regañarle, por lo menos así la gente que nos miraba atónita por la calle pensaría que soy una buena madre –agotada, pero buena- que velo por los intereses lingüísticos de mi hija… pero fue peor. Mucho peor. Ya no nos librábamos del taco ni cuando hablaba en sueños, así que tras una semana de amenazas y castigos surrealistas -de ésos de última generación como el de la silla de pensar-, decidí resignarme a tener una hija poligonera y mal hablada, eso sí, oculta tras un vestido de Pili Carrerra y unos tirabuzones pelirrojos.

Y así vivimos algo más de un mes, atemorizados de que la nena soltara el exabrupto en el médico, en el mercado, de camino a la guardería, en una reunión familiar o, lo que era peor, en el encuentro cumpleañero que teníamos previsto con un buen puñado de madres entregadas y sus hijos perfectos –ésos que nunca se despeinan, ni se rompen los leotardos, ni se arrancan los lazos ni las horquillas y ni mucho menos dicen palabrotas-.

Y lo soltó, digo si lo soltó. Cuando un rubiales de flequillo intacto y pantalón corto con calcetín alto al estilo ‘Florido Pensil’ la cogió del vestido, se lo escupió a la cara.

Y hasta el ruido infernal de la fiesta pareció atenuarse para que todos pudieran escuchar que, efectivamente, mi niña era una ordinaria. Y justo cuando yo me disponía a darme un chute de mi fabuloso inhalador Foster rosa fucsia para recobrar el aliento y recuperar de paso algo de la dignidad perdida, escuché que el rubiales le decía “Tú lo que eres es una tonta y una hija de puta”.

Y entonces todo fue felicidad y sonido de violines –para mí, no para la madre entregada de uñas esculpidas que también quedó, pobre, al borde del colapso- porque comprendí  que es cierto que la pelirroja tiene muchas papeletas para convertirse una auténtica poligonera, pero tantas como probablemente tienen el resto de los mocosos. Y eso es un alivio. Un gran alivio.

14 comentarios:

  1. No se cuantos meses tenía mi niña, cuando le salió el primer diente, ni cuando empezó a hablar, ni en el momento de sus primeros pasos (con tacones casi seguro). Igualmente ignoro su edad al pronunciar su primer “taco” pero recuerdo con exactitud la siguiente escena: íbamos en el coche, yo al volante y ella detrás en su “Silla Auto Play Xtrem Isofix” (¿qué sería de nosotras sin el Isofix?) y de repente me preguntó ¿mami, puedo decir joder? y yo en plan taxista por el espejo retrovisor con mi mejor sonrisa le solté el rollo madre “guay” –mira cariño no se deben decir palabrotas porque está muy feo- pero como existía la remota posibilidad de que la hubiera aprendido escuchándola en un mal momento de una servidora, intenté mejorar imagen y le dije que las palabras grandes eran para bocas grandes y no para su preciosa boquita de piñón. Se mantuvo pensativa un momento y me amenazó -¿y si te pego un moco en el pelo?- he de confesar que la vida me ha regalado una melena estupenda que no suelo adornar con accesorios de ningún tipo, por tanto, obvia decir que le di el ansiado consentimiento para soltar por esa “bocachancla” todo tipo de improperios y hasta ahora.

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    1. jajajajajajjajajaja, cómo te entiendo! Y eso que yo tengo una pobre melena... Creo que sus amenazas surten más efecto que las nuestras, pero claro, nosotras no incluimos mocos en la ecuación y eso baja el nivel!! jajajjaja. Genial!

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  2. No fue tanto una palabrota como un fallo humano, pero cuando mis padres y mis tios (con un pequeñuelo de no recuerdo edad) decidimos ir al Coto de Doñana, ocurrió que vivimos uno de los momentos más bochornosos de nuestras vidas. Resulta que al enano, en lugar de aprenderse bien la palabra coto, le dio por decir coito. Tontos de nosotros, la primera vez que lo escuchamos, en soledad familiar, nos reimos. La vergüenza vino cuando al chiquillo le dio por gritar a los cuatro vientos, en plena barquichuela que nos transportaba al susodicho lugar, estas preciosas frases:
    -hemos llegado al coito ya?
    -mama, quiero llegar al coito con los ciervos.
    - por favor, me aburro, vamos al coito!

    Y un sin fin de variaciones más. Poco más he de decir, salvo que mi padre, la persona más pudorosa que conozco, decidió de inmediato exiliar a mis tios de las excursiones familiares. Reme

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    1. jajajajajjajajajajjaja, qué gran historia!!!!!

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  3. Excelente Post y justo estos dias tiene la palabra puta, tiene 3 años y medio ;) su padre, el sábado conduciendo nos salvo ;) por ponerlo como héroe, porque mi hijo cree que es James Bond! pues James Bond perdió la clase y solto el taco en frances que suena a Putaaaaa... no se ni como se escribe la palabrita, en fin... mi hijo es bilingüe y medio ;) pero el frances y el español son sus principales idiomas y esta mañana no paro de decir Puta! Puuuta! puuutaaaaa! CANTANDO! en fin, que tu escrito me ha caído como anillo al dedo, que no son diferentes nuestros nenes, son solo unas esponjas absorbiendo cada milímetro de nuestras acciones!

    Me gusta mucho tu blog!
    http://1hoochie-mama.blogspot.fr/

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    1. jajajajajjajaja, mucho peor bilingüe!!! Así puede decir las palabrotas en varios idiomas!!! Aunque la suerte es que a lo mejor no lo entienden... jajajjaja

      Gracias por pasarte!! Me pasaré por tu blog!

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  4. Lo mejor son las frases que les enseñan los abuelos: 'Como come el mulo, caga el culo!"
    Sonsoles

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    1. Bueno, bueno... los abuelos (que tienen lo suyo) merecen un capítulo en exclusiva!!

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  5. Gran emplazamiento de producto si señor, eres lo siguiente a buenísima, gracias jejeje

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  6. Jajajajajajajajaja. ¡Qué bueno!
    Mónica

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  7. jajajajajajajajajajajajajajaja Querida;;;; nos hemos hecho muy fanfrikitaun de tu blog! Nos encanta. Besos

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  8. Coño Kitty que comas me lo quedooooo ja ja ja

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  9. Lo de Kitty que comas, coño, seguro que lo escuchó en la cola del carrefour cuando hacías cola para pagar mientras unas señoras hablaban de Belén Esteban jajaja. Estos pequeños.... :) Me encanta tu blog!

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